Por fin, Zverev ya tiene un grande: el maleficio termina en Roland Garros | Tenis | Deportes
Termina este Roland Garros retorcido con él, hombre de negro, brazos en alto. Por fin, Alexander Zverev triunfa y engarza ese grande que seguramente le debía su deporte y que se le había negado hasta aquí, a las puertas de la treintena. Tres opciones se le habían esfumado, pero no así esta cuarta en la que Flavio Cobolli, consumido de tanto esprintar de un lado a otro, acaba desinflándose en la recta final: 6-1, 4-6, 6-4, 6-7(5) y 6-1, tras 4h 16m. El alemán, pues, ya tiene ese ese trofeo que le faltaba y le correspondía, habiendo resistido durante una década al empuje de dos fuerzas generacionales supersónicas, una por delante y otra por detrás: de Djokovic, Nadal y Federer a Sinner y Alcaraz. Demasiado para él, demasiado para cualquiera. Tiene 29 años, ahora 25 títulos y suceda lo que suceda, morirá tenísticamente en paz. Con un palmarés de campanillas.
Zverev se desploma en el mismo costado de la pista en el que hace cuatro años caía, con el tobillo derecho hecho papilla. Logra lo que en su día no pudo conseguir el mismísimo Boris Becker, coronarse en París, y pulveriza finalmente ese estigma de ganador inacabado, cuestionado e insatisfecho, pese a los laureles ya recopilados: ahora sí, lo tiene en las manos. Lo abraza en el regazo. No triunfaba en un gran escenario un compatriota suyo desde el 96. Y se expresa, protocolario y educado. Se acabó la maldición: “Esta pista es muy especial para mí por muchísimas razones. He vivido aquí los mejores momentos de mi vida, pero también el peor. Hace cuatro años [2022, cuando competía contra Nadal en las semifinales] estaba tumbado en aquella esquina con siete ligamentos rotos y dos huesos fracturados. También perdí una final aquí hace dos [contra Alcaraz, en 2024]. Ahora, por fin, hay un final feliz”. Antes del parlamento, una final realmente emocionante.
Se golpea las sienes Flavio Cobolli, fustigándose: ¡Qué haces! ¡Pero qué haces! “Non così!”. El italiano ha entrado al partido nervioso, procesando por primera vez qué significa jugar una final de estas características. Palabras mayores, lógicamente. La Chatrier, perfecta siempre y soleada, lo abraza y lo empuja, pero ni aun así logra desestabilizar o comprometer en el primer set al larguísimo Zverev, quien va gestionando el partido más o menos como a él le conviene: todo a su debido ritmo. A su antojo. Si hay que apretar, se hace, y si hay que contemporizar y esperar, se espera. Tiene el Zverev tantas heridas como vivencias, de modo que pilota ese tramo con la suficiencia que tantas veces echó en falta. Hasta ahí lo disfruta, está en su salsa.

Tradicionalmente, cada vez que el alemán encaraba una ronda final solía partir a remolque, entre agobios y cercado emocionalmente por la teórica superioridad del rival de turno. Sin embargo, en esta ocasión no hay en él signo alguno de estrés, de frustración ni de urgencias. Es otro jugador. Gobierna y suelta el brazo, encontrando además una oportuna aliada en la confusión del italiano, quien extrañamente carga una y otra vez sobre su revés; si hay una herramienta que domine Zverev es esa, de modo que este abre la pista, angula y profundiza, dibujando enseguida un abismo. Ese tiro inerme le rebota como los aviones a King Kong. Cobolli todavía no ha terminado de aterrizar y para cuando lo hace, ya se ha llevado un revolcón importante.
“¡Fla-vio! ¡Fla-vio! ¡Fla-vio!”. La central de París, al rescate. La treintena de personas que ocupan su palco y visten de azurro se ponen en pie y echan mano del desfibrilador. “Sarà perché ti amo!”, le dedica una persona del público, mientras la señorita de verde manzana y la mujer rubia que la acompaña en el anillo superior lo comentan: o espabila o nada. Asienten a su lado la chica del sombrero y su chico, de pulcro blanco: esto irá rápido. Así lo parece, pero hay trampa. Señoras y señores, esto es Roland Garros, el paraíso giratorio. Viéndose con pie y tres cuartos del otro en la penumbra, y como ese que no tiene nada que perder, Cobolli rompe por fin los grilletes y se envalentona; al fin y al cabo, es su primera vez y la presión se dirige hacia la otra orilla.
Fantasmas desde el bosque
Ahí, Zverev se atrapa. Toda la calma y la quietud se resquebrajan. Entonces, ¿Hay final? Efectivamente, hay final. “¡Nooooo!”. El gigantón se encasquilla con el saque, y un par de dobles faltas y un envío al pasillo muestran a su adversario una vía hasta entonces insospechada. Así es, Cobolli está vivo. Así, prácticamente de la nada, su confianza se dispara y la imprecisión de antes se transforma en la convicción del momento. Ahora sí, luce su tenis: brega, piernas, defensa y el puntito que le faltaba; no hay virtuosismo ni elementos excesivamente seductores, pero sí el método que se le presupone a la combativa escuela de su país. Más templado, con más empaque, el italiano contragolpea y Zverev se mosquea al dirigirse a su banquillo, ganándose la desaprobación de la Chatrier: “Buuuuhhh!”.
El desequilibrio ha derivado en fuerzas muy parejas, pero uno y otro se autosabotean. Cuando estaba más asentado, a Cobolli le da por retroceder con un par de errores que le cuestan el tercer parcial y, conforme recibe el regalo, el de Hamburgo patina nada más comenzar el cuarto. Muy entretenido, oscilante y tenso, el duelo responde ahora más a deméritos propios que al acierto ajeno, pero igualmente sigue muy abierto. Zverev recupera el terreno perdido, pero a continuación lo vuelve a perder y al décimo de juego hace una demostración de facultades, porque los gemelos le advierten, la musculatura se retuerce y aun así, se repone: tres bolazos a las líneas y Cobolli, que servía para cerrar el set e igualar, pone cara de circunstancias.

¿Qué estará pasando por una y otra cabeza? Un millón de fantasmas escapan del Bois de Boulogne y revolotean por la central, con ganas de marcha, así que Zverev, temeroso de que lo atrapen otra vez, pide una tregua y recibe la medicación. Ruge Cobolli, clavado frente a la tribuna. Entero, firme, retador: “Sono qui!”. No me sacarán ni a tiros. Esa sangre caliente vale oro. Y encuentra de nuevo la correspondencia que lo eleva: “¡Fla-vio! ¡Fla-vio! ¡Fla-vio!”. El desempate es una concatenación de indefiniciones, de resbalones varios, pero aun fallando clamorosamente una volea en suspensión, poniendo mal la raqueta, acaba saliéndose con la suya. Bravo por él, teniendo en cuenta que el alemán había ganado 21 de los 22 últimos tie-breaks que había dilucidado en París.
En cualquier caso, la tarde continúa retorciéndose, en consonancia con este torneo zigzagueante que ha ofrecido bandazos de inicio a fin. Inimaginable. O sí. El tenis funciona así. Por muy previsible y lógico que parezca casi todo, siempre quedará el enésimo pellizco, así que muy digno y muy resiliente Cobolli, sí, pero finalmente penalizado por ese mismo ímpetu que le había permitido antes reengancharse. En la franja terminal, su lucidez y la determinación se evaporan, mientras Zverev pega con el aplomo que demanda la situación. En realidad, no le queda otra al grandullón, quien contra viento y marea, después de cuatro negaciones y de correr a por esa pelota que le amenazaba y le perseguía hasta el infinito, salva el pescuezo y eleva los brazos: yo, campeón.
Flavio Cobolli
vs
Alexander Zverev
Sets:
