Las rutas que hacemos más probables | Opinión

La física lleva siglos intentando explicar por qué las cosas suceden como suceden. Una de sus ideas más fascinantes es el principio de mínima acción: entre las múltiples trayectorias posibles de un sistema, unas resultan mucho más probables que otras.
La teoría cuántica llevó esta idea todavía más lejos. En la formulación de Feynman, una partícula que viaja de A a B no tiene una única trayectoria predeterminada. Para explicar su comportamiento debemos considerar todas las posibles. Cuando pasamos del mundo microscópico al macroscópico, sin embargo, esta incertidumbre individual da lugar a las regularidades de la física clásica.
La economía, evidentemente, no es física cuántica. Pero la analogía puede ayudarnos a entender algo importante sobre cómo funcionan las sociedades. Que una decisión no esté determinada no significa que todas sus alternativas sean igualmente probables.
Cada día tomamos millones de decisiones económicas. Trabajar más o menos. Contratar o automatizar. Emprender o permanecer en una empresa. Invertir o ahorrar. Madrid o Londres. España o Portugal. Ningún impuesto determina por sí solo ninguna de estas decisiones. Las personas valoramos nuestra familia, nuestro entorno, las oportunidades profesionales, el clima o nuestra vinculación con una ciudad. Las empresas incorporan igualmente decenas de variables antes de invertir. Pero las reglas del sistema modifican las probabilidades. El tax wedge ofrece un buen ejemplo. Mide la distancia entre el coste total que supone un trabajador para una empresa y la renta que finalmente recibe ese trabajador después de impuestos y cotizaciones.
España presenta además un caso particularmente interesante. Estamos incrementando progresivamente las cotizaciones sociales de las rentas más altas mediante el aumento de las bases máximas y la nueva cotización de solidaridad. Y lo hacemos sin un incremento proporcional de los derechos futuros.
Esto supone un cambio relevante. Una parte creciente de la cotización deja de comportarse económicamente como una aportación contributiva y se aproxima a un impuesto sobre el empleo.
La cuestión no es si esto hará que una empresa deje mañana de contratar en España. Probablemente no. La cuestión interesante es otra: ¿Cómo modifica las probabilidades de los millones de decisiones que tomaremos durante los próximos 20 años?
Un directivo puede elegir Madrid aunque obtenga un salario neto inferior al que recibiría en otra ciudad. Una empresa puede crear aquí su próximo puesto directivo aunque tenga un coste superior. Un emprendedor puede contratar a una persona más aunque fiscalmente le resulte menos atractivo.
Individualmente, somos extraordinariamente difíciles de predecir. Pero los países no son una decisión. Son millones de decisiones acumuladas. Y ahí aparece algo parecido al paso del mundo microscópico al macroscópico. Es imposible anticipar el movimiento de una molécula de aire, pero podemos predecir con extraordinaria precisión la presión de una habitación que contiene billones de ellas.
En economía sucede algo parecido. No sabemos qué hará cada profesional o cada empresa. Pero cuando agregamos millones de decisiones empiezan a aparecer patrones. Por eso importan tanto los sistemas.
Fiscalidad, regulación, educación, infraestructuras, vivienda, instituciones, acceso al capital o seguridad jurídica configuran conjuntamente el terreno sobre el que personas y empresas toman sus decisiones. Ninguna variable determina el resultado, pero todas contribuyen a hacer unas rutas más atractivas que otras.
Esto también explica por qué el debate sobre impuestos resulta con frecuencia excesivamente simple. Los impuestos altos no implican necesariamente menor prosperidad. Los países nórdicos son una buena demostración. Una mayor fiscalidad puede convivir con extraordinarios niveles de competitividad cuando viene acompañada de buenas instituciones, educación, infraestructuras y servicios públicos. Pero concluir por ello que los incentivos no importan sería igualmente equivocado. Lo relevante es el sistema en su conjunto y la dirección en la que cada nueva decisión lo desplaza.
Además, las economías acumulan sus ventajas y sus desventajas. El talento atrae empresas. Las empresas atraen capital. El capital genera innovación. La innovación crea oportunidades y estas vuelven a atraer talento. Es lo que observamos en las ciudades más dinámicas del mundo.
Una pequeña ventaja inicial puede acabar siendo una diferencia estructural. Un 51 frente a 49 puede parecer irrelevante. Pero repetido durante años y reforzado por efectos de red puede convertirse en 60 frente a 40. Por eso quizá deberíamos cambiar también la forma en la que evaluamos las políticas públicas.
Preguntamos constantemente qué efecto tendrá una determinada medida. Pero en sistemas complejos rara vez existe una relación tan sencilla entre causa y efecto. Una pregunta mejor sería: ¿qué decisiones estamos haciendo más probables?
España tiene un problema real de financiación de las pensiones y una sociedad progresivamente más envejecida. Reforzar su sostenibilidad es imprescindible. El debate no debería ser, por tanto, solidaridad sí o solidaridad no. Debería ser cómo financiamos esa solidaridad y qué incentivos introducimos al hacerlo. Si incrementamos progresivamente la diferencia entre el coste que soporta una empresa y la renta que recibe un trabajador, quizá no observemos ninguna consecuencia espectacular mañana.
Pero esa no es necesariamente la medida correcta. Porque los países no cambian normalmente como consecuencia de una gran decisión. Cambian como consecuencia de millones de pequeñas decisiones que, acumuladas durante décadas, terminan definiendo una trayectoria.
La política económica no determina nuestro futuro. Pero sí modifica constantemente las probabilidades de llegar a uno u otro. Y quizá esa sea una de sus mayores responsabilidades: entender qué rutas estamos haciendo más probables.
