Wimbledon 2026: Serena Williams cae, pero de pie. Ella siempre de pie | Tenis | Deportes

A última hora de la tarde, Wimbledon sufre una convulsión y todo el mundo se frota los ojos al ver una de las siluetas más reconocibles en la historia del tenis ascendiendo la escalinata que da acceso a la Centre Court. Sube una vez más a los altares Serena, a rebufo de una jugadora a la que hay que reconocerle todo el mérito. Hasta hoy, muy poca gente había reparado en Maya Joint, una discreta jugadora nacida en San Francisco y que compite por Australia a la que le ha tocado el honor y, al mismo tiempo, el engorro de coprotagonizar esta cita hasta hace nada insospechada. ¿Williams compitiendo a los 44 años de nuevo? Así es. Ahí abajo está, otra vez, contoneando las caderas al resto y rugiendo.
Imposible olvidar ese gruñido a la hora de atizarle a la pelota, ese dramatismo a la hora de afrontar cada punto y esa forma única y orgullosa de reaccionar ante la adversidad. Porque la hay. Quien esperase un cuento de hadas en este regreso, se da de bruces con una realidad exigente; la lógica, siempre dispuesta a poner las cosas en su sitio: 6-3, 6-7(6) y 6-3, tras 2h 21m. No jugaba un partido individual la norteamericana desde hacía cuatro años —el adiós del US Open, cuando se retiró— y al peso de la edad —24 años de brecha— se añade la escasez de rodaje; en la mochila, tan solo un par de partidos de dobles (baremo corto e irreal) y una intensa puesta a punto durante los meses previos que le ha devuelto una figura atlética. Sin embargo, en cuestión de continuidad ya es otra historia.
Williams sigue desenvolviéndose más o menos sobre esas ocho losetas del fondo desde las que ejercía en los tiempos previos al adiós, consciente de que cualquier aventura en otros ángulos de la pista puede costarle muy caro en cada punto. Repele orgullosa las direcciones que propone de lado a lado la rival, pero si el punto se alarga y debe correr más de lo deseado, se le ven las costuras. Esos pulmones son los mismos de 2022. Ahora bien, no hay caducidad alguna para una serie de básicos del argumentario de una leyenda como ella; es decir, la fuerza, el tacto y la muñeca —se infravaloró más de lo debido su calidad— siguen perfectamente blindados. Por ahí, un delicioso viaje al pasado.
Hay probablemente en esta vuelta más dignidad, romanticismo y nostalgia que opciones reales, dado que Joint, a lo suyo, intachable, se sobrepone a todo lo que puede aturdirla (a ella y a cualquiera a la que le hubiese correspondido el episodio): la inmensidad de la adversaria, la combustión emocional y esas réplicas tan corajudas de la heroína, aferrada con todo lo que hoy tiene. Hasta donde le alcanza. Que no es poco. Con todo el oficio y la escuela del mundo, aprieta al resto —bolazos inteligentes a los pies— y cuando ya se ha decantado el primer set y parece que está a punto de hacerlo el segundo, se revuelve. Marca de la casa. No hay ni habrá años, edades, generaciones ni ciclos que borren ese instinto ni esa lucha. Esa eterna insurrección.
Lo graba todo sin perder detalle su hermana Venus (46 años) y empuñan los móviles quienes lo ven: reels e instantáneas sin parar, porque nadie lo hubiera imaginado. El aroma de los mitos nunca se va. Saques cercanos a los 190 km/h y esos c’mon! rebeldes cada vez que asoma el peligro. La cubierta está cerrada, hay luz artificial y una caña despide la pelota hasta tocar con los tubos metálicos de la estructura, mientras la temperatura ambiental va ascendiendo. Williams en acción, así que, ¿y por qué no? La espigada y pelirroja Joint actúa templada bajo la visera porque, al fin y al cabo, con ella no va la fiesta. Esto es la competición, esto es el primer nivel. Y cuando de ello se trata… Serena.
Con 5-5, la de Compton salva un 0-40 y después, en el desempate, se permite el lujo de anular un punto de partido. Fue, es y será. Así se las gasta ella. Así siempre. El mazo no olvida —“esto es como montar en bicicleta”, decía— y esa bendita desobediencia que le empujó hacia el infinito se hace sentir otra vez: refunfuña y reclama una bola que la tecnología valida, y en uno de los intercambios se da un paseo por el costado opuesto al que marca el protocolo. Y ahí está, erre que erre. Embrujo sinfín. Presionando como siempre, con toda su expresividad: “Nooooouuuu!”. Pelín largo el tiro, pero se apropia finalmente del segundo set y a Joint, imperturbable hasta ahí, se le agolpa encima esa fuerza misteriosa. Respeto, se le llama.
Ni siquiera había nacido Joint, de 2006, cuando Williams ya había conquistado (US Open de 1999) el primero de sus 23 grandes. “Y ella es una de las mejores deportistas de todos los tiempos, ya sea hombre o mujer y de cualquier disciplina”, recordaba estos días el célebre John McEnroe. Y así es. Grandeza para dar y regalar, de modo que solo así se entiende la reacción —rotura para 2-1 en el parcial definitivo— y esa bravura de siempre que terminan de encender a La Catedral. ¿Y si…? Pero lo aborta la aplastante fuerza de la lógica. Por ahora, demasiado para ella. El reloj sigue estirándose, el físico va menguando y Joint continúa dándole le vuelta hasta que lo consigue. Ya lo tiene. Lo guardará como oro en paño: yo vencí a Serena.
Lo celebra con discreción la australiana, rebota por las tribunas el grito de guerra de un paisano —Aussie-aussie-aussie! Oi-oi-oi!”— y habla la ganadora emocionada: “Anoche no dormí mucho. Y al salir al calentar, mis piernas no se movían. El inicio ha sido muy estresante y el final del partido, también. Definitivamente, ahí ella ha elevado el nivel”. No podía ser de otra manera, la especialidad. Le queda darse el gusto del dobles. Cae Williams, pero de pie. Ella siempre de pie.
