Odio eterno al parón de selecciones | Fútbol | Deportes
Hace tres semanas que no sé quién soy. El 20 de septiembre por la tarde el árbitro pitó el final del partido y también el de la Liga hasta nueva orden. Fue entonces cuando comenzó el vacío. Desde ese día he continuado avanzando como se avanza por la monotonía de los actos cotidianos que se suponen correctos: sin pena ni gloria. Hice lo que se supone que había que hacer —trabajar, comer, dormir— y no fue suficiente para estar bien ni para estar mal. La monotonía es como el arnés para un funambulista que camina sobre el alambre: te da la seguridad de que no vas a morir en el intento pero no te enseña nada sobre ti mismo. Solo en la posibilidad de caer al vacío está su verdadera razón de ser.
El mundo ahí fuera ha ido rápido en estas tres semanas. Maricarmen, Sol, decretos, elecciones, huelga general y, nuevamente, Maricarmen —esta vez muerta—. Todo esto en tres semanas. Mientras tanto, en paralelo, hace tres semanas que no tengo noticias de mi equipo y ya no recuerdo si estaba triste o contento la última vez que nos vimos. Ya no recuerdo el resultado de nuestro último partido ni si jugamos en casa o a domicilio. He vivido con un arnés impuesto por el calendario de la FIFA. He sido desahuciado a la fuerza de lo único que me importa más allá de lo que me importa de verdad: la victoria o la derrota de mis jugadores —sí, mis jugadores son tan míos como mi hija— y la inmortalidad que me proporcionan sus goles cada fin de semana. Es una farsa labrarse una vida para ser inmortal una vez muerto. La inmortalidad radica en los momentos en los que el tiempo se detiene porque deja de existir. Ese momento son los goles de tu equipo. Esos momentos están ahí para soportar esta realidad incomprensible.
En mi caso, el caramelo del parón de selecciones deja de tener gracia un minuto después de que termine el desfile de los jugadores franceses a su llegada a Clairefontaine. Desde ese momento, todo es vacío. He intentado sumarme a la prioridad nacional de la Selección española en estas tres semanas, pero no va conmigo. He llegado a la conclusión de que una pachanga entre los suplentes de mi equipo en el metaverso me importa más que casi cualquier partido de La Roja. No es antipatriotismo, ni animadversión hacia la bandera. La cuestión es que, elegir un equipo es una decisión muy personal, casi espiritual, que nace de las entrañas de tu ser —o eso nos gusta creer—. No es, en ningún caso, una decisión impuesta por tu lugar de nacimiento.
El parón de selecciones se parece bastante a un guitarrista al que le silencian las cuerdas de su guitarra. La emoción no está en el movimiento en sí sino en el sonido que produce en ti el movimiento. La emoción en el fútbol va siempre de dentro hacia fuera, nunca en sentido inverso. Todo —la felicidad o la tristeza, el fracaso o la gloria— parte de lo que un día elegiste ser. La UEFA y la FIFA nos dan partidos y más partidos de los que no recordaremos ninguno porque están vacíos, no suenan a nada que nos emocione. Las cuerdas de la guitarra siguen moviéndose, pero están mudas. Aleksander Ceferin y Gianni Infantino se inventan cada año nuevas competiciones de las que ni los jugadores que las disputan saben el nombre. Cada año la travesía por el desierto del parón de selecciones es más larga, más insufrible, hasta el punto de que ahora da tiempo a jugar dos veces contra el mismo equipo.
El fútbol, ya sé, no sirve para nada. Sin embargo, la banda sonora que lleva sonando de fondo en el salón de nuestras vidas es desde que uno tiene uso de razón un tipo corriendo detrás de una pelota. Tu equipo de fútbol es la monotonía interrumpida, la tierna ilusión de vagar por los actos cotidianos que se suponen correctos, quitarte el arnés y abandonarte a la posibilidad de caer al vacío o conquistar de nuevo la inmortalidad con los tuyos, los que en ese momento del gol, al igual que tú, creen saber quiénes son. Todo eso y mucho más nos roba de tres semanas en tres semanas Ceferin e Infantino.
