La crisis energética que no fue para tanto | Opinión
El petróleo está ya más barato que antes de que Estados Unidos e Israel iniciaran los masivos bombardeos contra Irán en la noche del 27 al 28 de febrero de este año. Hay muchos matices sobre esta referencia de 72,5 dólares: el mercado ya anticipaba entonces un posible ataque, y el exceso de oferta acumulada en el Golfo ha podido desequilibrar los precios a la baja. Con todo, la señal es potente. El parón en el suministro ha sido tan brutal como inesperado: los analistas esperaban que Estados Unidos doblegara la resistencia de Teherán y el parón en el estrecho durara unas semanas. Fueron cuatro meses de bloqueo, un escenario de pesadilla, calificado por la Agencia Internacional como la mayor crisis energética y con obvias similitudes con los embargos de los años 70.
El impacto económico final no ha tenido nada que ver. La economía mundial es mucho menos dependiente de los combustibles fósiles que entonces, y el suministro de estos es a su vez mucho menos dependiente de los países del golfo Pérsico. Pero el mundo perdió el 20% del suministro global de crudo, y en algunos casos (como en el flujo de gas natural licuado o de combustible para aviones), los mercados asiáticos perdieron todavía más. Sin embargo, las economías han demostrado su resiliencia. Estados Unidos, ya el primer productor petrolero del mundo, ha incrementado el bombeo y la extracción de gas, la subida de precios ha contenido la demanda, y la liberación de reservas, junto con el reajuste en las refinerías, ha impedido cuellos de botella del suministro físico. Y China, primer importador del mundo, ha dispuesto incluso de margen para ralentizar las compras de crudo.
La crisis energética deja un poso de inflación y dudas económicas, pero lejos de los panoramas más agoreros. Y no es la primera vez. La crisis de Ucrania, que dejó a Europa sin el crítico suministro ruso de gas natural, y la provocada por la pandemia, que dejó casi a cero el comercio mundial, castigaron con dureza las economías, pero estas se pudieron recuperar con relativa solvencia: el tejido económico es flexible, y la arquitectura financiera y la fiscal parecen engrasadas para absorber estos shocks externos. El problema viene, no obstante, porque la factura de esta acumulación de sustos termina aflorando en el coste de la vida, y al consumidor (con razón) no le preocupa el IPC interanual, sino el nivel de los precios. Ni sabemos, casi dos décadas después de Lehman, cuán preparadas están las economías ante un choque financiero.
