Europa: vivir bien hoy no garantiza prosperar mañana | Negocios

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Europa se enfrenta a una paradoja interesante. Mientras Paul Krugman sostiene que los europeos apenas han perdido bienestar frente a Estados Unidos, Philippe Aghion, Luis Garicano y Antonin Bergeaud —en línea con el informe Draghi— advierten de que la pérdida de productividad amenaza el futuro del continente ¿Quién tiene razón?

Probablemente ambos. No solo por la indudable talla intelectual de los autores, sino, sobre todo, porque responden a preguntas distintas.

Krugman mira al presente. Recuerda que el objetivo último de una economía no es producir más, sino vivir mejor. Si se compara el PIB por habitante de ambas economías utilizando la paridad de poder adquisitivo, Europa apenas ha perdido terreno durante las últimas décadas. Los europeos trabajan menos horas, disfrutan de más tiempo libre, viven más años y cuentan con sistemas de protección social más amplios. Cuesta conciliar estos hechos con la imagen de un continente en decadencia.

Aghion, Garicano y Bergeaud miran, en cambio, hacia el futuro. La paridad de poder adquisitivo resulta útil para comparar niveles de vida entre países, pero no siempre es la mejor medida de la evolución temporal de la productividad. A partir de datos de contabilidad nacional, concluyen que Estados Unidos ha ampliado de forma sostenida su ventaja desde mediados de los años noventa, impulsado sobre todo por la revolución digital. Si esa tendencia continúa, Europa perderá capacidad para sostener el bienestar del que hoy disfruta.

Ambas visiones son, en realidad, complementarias. Europa sigue siendo una de las regiones más prósperas del mundo porque dispone de un enorme patrimonio económico, institucional y social acumulado durante décadas. Sus infraestructuras, universidades, empresas, instituciones y capital humano sostienen elevados niveles de bienestar. Como ha señalado Sami Mahroum, Europa funciona en buena medida como una economía apoyada en un gran stock de riqueza acumulada, mientras que el dinamismo estadounidense descansa mucho más en un flujo continuo de innovación, emprendimiento y creación de nuevas empresas.

Hay, además, otra razón que refuerza la tesis de Krugman. Buena parte de las innovaciones desarrolladas en Silicon Valley benefician también a los consumidores europeos. El comercio, la competencia global y la difusión tecnológica permiten disfrutar de innovaciones que Europa no necesariamente ha generado. Pero beneficiarse de la innovación ajena no equivale a disponer de la capacidad productiva que la hace posible.

Y ahí reside el riesgo. La inteligencia artificial, la computación avanzada y otras tecnologías de propósito general marcarán el crecimiento de las próximas décadas. Europa sigue mostrando en estos ámbitos debilidades persistentes: mercados fragmentados, escasez de capital riesgo, dificultades para que las empresas innovadoras alcancen dimensión global y una difusión demasiado lenta de las nuevas tecnologías. A ello se añaden las limitaciones internas señaladas por el informe Draghi: el problema no es solo que Europa innove menos, sino que también tiene más dificultades para reasignar capital y trabajo hacia las empresas y sectores más productivos, así como para transformar el conocimiento científico en actividad empresarial a gran escala.

Paradójicamente, algunos de los activos que hicieron fuerte al continente dificultan hoy su renovación. Las empresas consolidadas, determinadas regulaciones y las rentas asociadas al poder de mercado favorecen la estabilidad, pero pueden frenar la destrucción creativa que Schumpeter identificó como motor del crecimiento. Para Aghion, este proceso resulta especialmente importante en las economías próximas a la frontera tecnológica: cuanto más cerca se está de ella, más necesario es innovar para seguir avanzando.

La solución no consiste en copiar a Silicon Valley. Europa cuenta con instituciones sólidas, una excelente base científica, capacidad industrial, y un enorme volumen de ahorro. El reto es transformar esos activos en nuevas empresas, tecnologías y líderes globales, convirtiendo un extraordinario stock de riqueza en un flujo renovado de innovación.

Krugman tiene razón: Europa no es pobre ni está condenada al declive. Pero Aghion, Garicano y Bergeaud también: la productividad determina a largo plazo los salarios, la sostenibilidad del Estado del bienestar y la capacidad para afrontar los grandes retos estratégicos.

Europa vive bien porque disfruta de una herencia excepcional. La pregunta relevante es si será capaz de transformar la prosperidad heredada en prosperidad futura. Ninguna sociedad puede vivir indefinidamente de las rentas del pasado.

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