El Girona de Míchel: de la Champions al calvario de Segunda | Fútbol | Deportes

Hace menos de un año, el Girona escuchó su nombre en los bombos de Nyon. El PSG, el Slovan Bratislava, el Feyenoord. Una ciudad de poco más de cien mil habitantes asomada, por primera vez en su historia, al mapa grande del fútbol europeo. Los aficionados se pellizcaban porque había que pellizcarse.
Este sábado, Montilivi se llenó hasta la última localidad para vivir algo completamente distinto. No había rivales europeos ni noches de martes con olor a historia. Había miedo. Había un partido de Liga contra el Elche que valía todo, y la conciencia colectiva de que perderlo, o no ganarlo, significaba caer al pozo de Segunda División. De París al pozo en una sola temporada.
La afición llegó horas antes. Petardos, cánticos, bufandas, bengalas. Esa liturgia de los días que importan de verdad, cuando la gente no va al fútbol sino que peregrina. “Girona es de Primera”, cantaban frente al estadio con una convicción que tenía mucho de conjuro. Los jugadores se bajaron del autobús y recorrieron a pie el último tramo, dejándose tocar, mirar, abrazar por una marea que necesitaba creer en algo concreto. En ese gesto pequeño había una declaración de intenciones: estamos juntos en esto, pase lo que pase.
El himno sonó a un volumen que entraba por el pecho. Montilivi olía a todo o nada. Pero el fútbol no lee los guiones que se escriben desde las gradas. La primera parte fue la historia de un equipo que quiso y no pudo, que salió a morder y fue perdiendo el pulso del partido sin que nadie supiera exactamente cuándo ni por qué. El Elche, un equipo que apenas había ganado un partido fuera de casa en toda la temporada, no necesitó hacer demasiado. En el minuto 39 marcó, y Montilivi se quedó helado.
La afición nunca se rindió. Esa es quizá la única historia limpia de esta noche.
La segunda parte empezó con un gol del Girona que devolvió el oxígeno al estadio. Stuani entró desde el banquillo y Montilivi le dedicó una ovación que tenía mucho de ruego. El uruguayo, leyenda de este club, corrió como corre la gente que sabe lo que se juega. Un remate de Lemar se marchó al larguero y el estadio tembló, ese temblor de los que están a punto de ocurrir y no ocurren.
El tiempo se fue acabando con la crueldad metódica que tiene el tiempo cuando uno preferiría que se detuviera. Las lágrimas empezaron a asomar en las gradas antes del pitido final.
El Elche, que ya le había arrebatado un ascenso en este mismo campo en 2019, volvió a ser el verdugo. Ese detalle no es un dato menor: hay equipos que se cruzan en el destino de otros con una insistencia que ya no parece casualidad. El 1-1 definitivo mandó al Girona a Segunda División. Cuatro años después del ascenso que lo cambió todo, la caída. Y no una caída cualquiera: la de un equipo que hace apenas unos meses se midió a los mejores de Europa.
Los jugadores lloraban en el césped. La afición salió en silencio. Montilivi, que nunca les falló, se apagó esta noche lentamente, como se apagan las cosas que duelen de verdad.
