sáb. Sep 12th, 2026

Bulgaria declara la guerra al aceite de rosa falso | Carta del corresponsal

Cada primavera, antes de que el calor apriete, miles de manos recorren los campos del centro de Bulgaria para recoger una flor aparentemente frágil. Detrás de sus pétalos se esconde un negocio millonario y uno de los aromas más reconocibles del mundo. Es la rosa búlgara; y su aceite, elaborado a partir de millones de hojas, es tan preciado que una pequeña cantidad puede formar parte de un perfume de lujo. Grandes marcas como Dior, Kenzo, Chanel, Paco Rabanne o Boss apuestan por el denominado oro líquido para sus fragancias. También se emplea en cosmética y aromaterapia, medicina y cuidado de la piel.

Pero hay un problema: las falsificaciones. Estas amenazan el prestigio internacional de este país de 6,4 millones de habitantes. Para asegurarse de que aquello que se vende bajo su nombre sea realmente lo que dice ser, el Gobierno ha destinado medio millón de euros a crear un laboratorio especializado en verificar la autenticidad del aceite de rosa búlgaro. Su cometido no solo pasa por combatir las falsificaciones, sino también por evitar que aceites sintéticos o mezclas de menor calidad se comercialicen como producto genuino. La preocupación no es menor. Bulgaria es una de las grandes potencias mundiales de este producto. Su aceite llega a mercados como EE UU, Japón, Francia o China y se usa en sectores donde la procedencia y la calidad pueden marcar una enorme diferencia.

Hasta ahora, las autoridades búlgaras no disponían de capacidad para distinguir el aceite natural de las imitaciones. Esa carencia dejaba un resquicio para que productos falsificados pudieran aprovechar el prestigio construido durante décadas por sus productores. “Hasta la fecha, el Estado no ha garantizado la capacidad necesaria para diferenciar el aceite de rosas natural del artificial. Esto da pie a que productos artificiales sean presentados como búlgaros”, explicó el ministro de Agricultura, Plamen Abrovski.

Las flores se recolectan entre mayo y junio y se trasladan a las destilerías donde las hierven mediante una técnica de extracción que se practica desde hace más de 350 años. Para obtener un kilo se necesitan al menos 3.500 kilos de pétalos. Según datos del Festival de la Rosa, Bulgaria produce entre 2.000 y 3.500 kilos de aceite de rosa al año. Y valen su peso en oro: los fabricantes de perfumes pueden pagar hasta 10.000 euros por un kilo de este líquido.

Pese a ser uno de los principales productores, Bulgaria importa considerables cantidades de aceite de rosa, sobre todo de Azerbaiyán y Turquía, lo que incrementa la posibilidad de falsificaciones. “El problema radica en la falta de trazabilidad: no se sabe adónde va el aceite importado, en qué se utiliza ni qué producto final se obtiene; si lleva la etiqueta ‘hecho en Bulgaria’ o si se etiqueta como de producción azerbaiyana o turca”, lamenta Petar Simeonov, presidente de la Asociación Profesional de Cultivadores de Rosas.

Cambio climático

Buena parte de esta producción procede del célebre Valle de las Rosas, una zona situada entre las cordilleras de los Balcanes y Sredna Gora, a 200 kilómetros de Bucarest. Allí, la combinación de clima, suelo y tradición ha convertido el cultivo de la rosa damascena en una auténtica seña de identidad nacional. Sin embargo, no es ajena al cambio climático. En la pasada primavera se recogieron entre 6.000 y 7.000 toneladas de flor de rosa, una cifra similar a la de 2025 y casi la mitad que el año anterior (10.300 toneladas), el peor dato de las últimas tres décadas. “Un invierno cálido y suave, seguido de una primavera fría, provocó que más del 50% de las plantaciones se congelaran”, recalca Simeonov.

El Ejecutivo prepara cambios legislativos para reforzar la trazabilidad y permitir una certificación más precisa de la calidad y el origen de cada lote producido en el país. Al final, la batalla se libra por algo aparentemente invisible: el aroma. Pero detrás de cada gota hay miles de kilos de flores, agricultores, destilerías y una tradición que Bulgaria considera parte de su patrimonio. Ahora quiere añadir una última pieza a esa cadena: un laboratorio capaz de demostrar que, cuando una botella indique “aceite de rosa búlgaro”, realmente lo sea.

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