Argentina se vuelve a ilusionar: Así vivieron los argentinos en Madrid el triunfo de los de Scaloni | Mundial 2026 de Fútbol

Llenaban la Puerta del Sol. El metro escupía multitudes celestes y blancas que iban colmando la plaza en Madrid este miércoles, hasta convertirla en las avenidas 9 de Julio y Corrientes. Llegaban ecos de los compatriotas celebrando en el obelisco en el centro de Buenos Aires. Y en las 23 provincias argentinas. También de quienes tienen el lujo de haber visto la semifinal del mundial de fútbol en vivo desde Atlanta, Estados Unidos. En Sol se iban juntando “los que viven afuera”, los que, si pueden, vuelven para las fiestas, los que se pierden cumpleaños, bodas y nacimientos. Los que esta noche mueren por abrazar a los suyos.
Era claro que había que ir. ¿A dónde, si no? No importa con quién hubieran visto la semifinal agónica, había que compartirla. Con tener un argentino al lado, estás en casa. Los cantos empezaban diez estaciones atrás y cobraban nueva fuerza cada vez que se subía otro grupo de pasajeros con la albiceleste. Los demás compañeros de vagón filmaban o lamentaban su suerte, acercándose a la medianoche. “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, entona el himno que más éxito tuvo esta copa.
Una vez ahí, los argentinos se subían a todo. A abrazar al oso, a las rejas de la Real Casa de Correos y a ondear banderas desde la punta de las farolas. También a saltar junto a Carlos III y su caballo. Celebran desde lo más alto que consigan estar. En las esquinas destellaban las luces azules de la policía, como caimanes que solo dejan ver sus ojos sobre el agua.
Había hinchas de todas las edades y estaturas. Los más altos se llevaban una brisa de premio, que corría por encima de la multitud. También los que tenían la dicha de admirar la escena desde los hombros de un amigo. Cuidado de no pisar los vidrios de las cervezas, y de no empaparse con la espuma que revoleaban los más enérgicos.
Desfilaban camisetas de todas las eras, Maradona en 1986, la de Messi en la final perdida, algunas pocas de Rusia sin esperanzas, la última en Qatar y la de tres estrellas. Sin lavar desde que empezó la copa del mundo, por supuesto. La cábala, ante todo. Hasta el corte de pelo se posterga, nada puede cambiar hasta que termine y desafiar a la suerte.
“El que no salta es un inglés”, el grito que pone a todo el mundo a rebotar. Obliga a toda la marea a moverse. “No tengo un mango [un duro] y voy igual”, dice otro. Los cantos están desordenados, se van armando islas de gente que se pone de acuerdo para entonar lo mismo y va contagiando a los que los rodean. Hasta que llega alguien con un bombo a guiar el ritmo. “Vení, vení, cantá conmigo, que un amigo vas a encontrar”, corean, y no mienten.
“Malvinas, argentinas”, afirman miles de voces. Porque el partido era un partido y era mucho más que un partido. Lo sabían Mick Jagger en la platea, Liam Gallagher en Twitter y el Indio Solari desde el cielo. Esta vez no hubo alargue, pero sí una infinidad de minutos adicionados.
Enzo Fernández hizo el primero y Lautaro Martínez los coronó de gloria. Emocionado en la entrevista, después de marcar el gol que aseguró la victoria, se acordó de que su madre siempre le tendía la cama para cuando volvía de entrenar. Como a muchos que están lejos de casa esta noche. Que extrañan con más fuerza. Les guste más o menos, sepan lo que es un 4-3-3 o no, el fútbol los acerca a su tierra. Ahora solo queda la final, contra la tierra que los acoge. Y aunque intenten evitarlo, se han vuelto a ilusionar.
