Una pregunta sin respuesta | Deportes

Lo mejor de las aventuras es, sin duda alguna, contarlas. Más que nada porque eso significa haber sobrevivido. Cuando alguien está en medio de una peripecia, no lo disfruta. Ni tan siquiera cuando está a punto de empezarla. Por ejemplo: no parece el plan más apetecible del mundo estar a los pies del Eiger, una montaña de los Alpes suizos, esperando para iniciar la ascensión hasta la cima. Y no es el más apetecible porque, de los 3.970 metros que hay hasta lo más alto, casi 2.000 son de caliza frágil y hielo negro —fina capa de hielo que permite ver lo que hay debajo—. Pero es que más allá incluso del futuro inmediato, hay un pasado que abarca décadas y décadas que pesa más que cualquier mochila. El del Eiger, en concreto, habla de un montañero italiano cuyo cuerpo inerte colgó durante tres años a la vista de todo el mundo, pero inalcanzable para recuperarlo; también de avalanchas de nieve o de piedras; o de violentas tormentas —de esas que el cine ubica en las películas de terror— que asolan el monte mientras en el resto de Europa luce un esplendoroso cielo azul.
Bueno, pues aún teniendo todo eso en cuenta, hay un importante número de personas que deciden intentar el ascenso del Eiger —se calcula que más de 700 personas lo han logrado a través de la ruta más complicada— y que no lo pasarán bien durante la subida y mucho menos en el descenso. Pero que, por alguna extraña razón, repetirán la experiencia en algún otro lugar del mundo.
La maldita obsesión de subir montañas (geoPlaneta) es el libro en el que Jon Krakauer —referencia internacional del periodismo sobre alpinismo—recopila 12 artículos publicados en medios especializados. La mayoría de ellos son experiencias límite que el autor vivió en su permanente búsqueda de la aventura. Ya fuera en el Eiger, en el K2, en el McKinley o en Chamonix, en algún momento se preguntó por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo. Y al final, parece que la respuesta más coherente es la que George Mallory le dio a un periodista de The New York Times cuando le preguntó por qué quería escalar el Everest: “Porque está ahí”. Y punto.
