Cucarachas en el sistema financiero | Economía

Hay un nido de cucarachas en el sistema financiero. Así las bautizó Jamie Dimon, CEO del banco de inversión JP Morgan, porque “cuando aparece una, es que generalmente hay más”. Son banca en la sombra dedicada al “crédito privado”, el no institucional de bancos y otras entidades reguladas, sometidas a supervisión más estricta (en Europa) o decreciente (en EE UU).
Ese nido se genera en el otorgamiento de préstamos directos a empresas, por grandes fondos o vehículos de inversión, menos controlados.
Al aumentarse las exigencias normativas tras la Gran Recesión de 2008 —para evitar nuevas crisis tipo hipotecas-basura—, las empresas más endeudadas, volátiles, o de crecimiento acelerado como las tecnológicas y después las de IA, acudieron a financiarse a estos fondos.
Y es que, morosas en potencia, se les había entornado o cortado el grifo del crédito bancario, al incumplir los nuevos baremos, más estrictos. Así que al entrañar más riesgo, pagan más caro el crédito que reciben. Y el fondo puede retribuir mejor a sus propios bonistas, muchas veces a dos dígitos, más del 10%.
Además, a estos fondos se les permite el pecado del onanismo, vedado a la banca convencional: prestan a las empresas como financiadores comerciales e invierten en ellas adquiriendo paquetes de su capital (o todo) como socios industriales. Y pues, tienden a sobreponderar el valor de sus clientas/participadas, círculo vicioso típico de las burbujas. Y atávico conflicto de interés por situarse en los dos lados del negocio.
Más trucos. Como gancho para colocar sus propios bonos a inversores particulares –muchas veces menos listos de lo que se creen— los emparentan a líquidos mediante el espejismo de la “semiliquidez”: podrán retirar parte de su inversión (normalmente un máximo del 5%) durante breves y escasas ventanas en el calendario. Al suscitarse episodios de caída de rentabilidad, como la inflación desatada por la guerra de Irán —que dispara el gran rival, los bonos públicos—, los incautos corren en estampida a hacer caja. Y los fondos se retranquean.
Es lo sucedido en el primer trimestre de este año, cuando los grandes vehículos norteamericanos Blue Owl, Apollo, Ares o Blackstone han visto duplicarse y hasta cuadriplicarse las peticiones de reembolso. Cegándolo o retrasándolo como en vulgar corralito, para irritación del respetable.
Y para inquietud de los reguladores. Esta misma semana el BCE ha alertado del fenómeno. Al tiempo que acotaba su alcance directo. En EE UU el crédito privado roza los dos billones de dólares (quizá el doble o el triple, porque al ser opaco no hay registro exacto posible), o sea en torno a un 10% del crédito bancario (25 billones).
Pero en Europa la exposición es inferior a 325.000 millones de euros. El problema no es tanto cuantitativo como cualitativo: las cucarachas se han infiltrado en la banca, las compañías de seguros y los planes de pensiones. Y luego está el impacto indirecto para los patrimonios europeos que picotean en el mercado de EE UU. Recuerden cómo las hipotecas basura inflaron el balance tóxico de portaaviones como el Deutsche Bank.
