mié. May 13th, 2026

Una economía mundial atrapada por los cinco ‘outsiders’ nucleares | Opinión

El 28 de agosto de 1947, Islero, un morlaco ligero de manto negro y bragado de la enseña de Miura, mató a Manolete en el albero de Linares, aunque en la conversación popular ha sido muy socorrido imputar a todo el mundo la muerte del maestro cordobés. Este quite taurino solo viene a cuento de que Islero fue también el nombre del proyecto industrial secreto para dotar a España de bomba nuclear durante la Guerra Fría, cuando el país era el apestado de Europa y buscaba autonomía defensiva, y que fue abandonado por su elevado coste y dificultad tecnológica, y enterrado definitivamente tras la entrada en la OTAN y la adhesión al consenso del Tratado de No Proliferación Nuclear.

Un acuerdo internacional del que han renegado, y reniegan todavía, los países outsiders que, como la España de posguerra, quieren disponer de armamento nuclear, con justificación geoestratégica o no, para ser alguien en el mundo. Entre los que se encuentra, con otros pocos, la República Islámica de Irán, por cuyo asunto se ha desa­tado un conflicto bélico con EE UU e Israel, que empieza a enquistarse con duración indeterminada, y que empuja al mundo al borde de una recesión económica.

Dos meses largos de guerra abierta y con expectativas poco claras sobre su final, con el estrangulamiento de las cadenas de suministro energético por el cierre de Ormuz, empiezan a hacer mella explícita en todas las economías avanzadas. La mayoría de los países europeos han rebajado su crecimiento, con Alemania abonada al estancamiento por cuarto año consecutivo, y España, que parecía flotar en las nubes al margen del ruido externo, limitada a avanzar menos del 2% con una inflación muy superior al 3%. Los mercados de deuda han endurecido las rentabilidades como anticipo al nuevo ciclo inflacionista y como reacción lógica al deterioro de las cuentas de los emisores. Europa calcula que su factura energética se ha elevado ya en cerca de 30.000 millones de euros en solo dos meses.

La génesis declarada de esta guerra es acabar con la capacidad iraní de desarrollar el arma nuclear, aunque con Trump al mando y vista la operación de Venezuela, nunca estaremos del todo seguros de ello. Una génesis que puede replicarse en otras muchas zonas del planeta, todas ellas con capacidad de generar una espiral destructiva de la economía global.

Al menos cinco países disponen de capacidad militar nuclear sin el plácet de la ONU, que sí concede a los otros cinco países que manejan desde su nacimiento la organización y que se autoproclaman garantes de la seguridad nuclear. Pero los cinco adicionales que tienen el arma letal que ya mostró al mundo su capacidad aniquiladora en 1945 son ahijados rescoldos de la propia guerra fría, que permitió a los dos bloques que dominaron ideológica y militarmente al mundo en la segunda mitad del siglo XX prolongar sus tentáculos, permitiendo la capacidad atómica a unos, y negándosela a otros.

Espantados por la capacidad destructiva de los dos hongos sembrados en Japón con más de 200.000 personas abrasadas, y esto no es otra cosa que divulgación de la historia conocida, el presidente americano Dwight Eisenhower lanzó en 1953 el programa Átomos para la Paz, con el patrocinio de la Agencia de Energía Atómica de la ONU, cogobernada por los cinco países que se adjudicaron el control de la organización como miembros permanentes del Consejo de Seguridad y con capacidad de veto sobre todo lo que se movía. Se pretendían dos cosas: una primaria, encauzar la capacidad y el conocimiento atómicos hacia usos energéticos pacíficos, y una secundaria, blindar la exclusividad del invento para quienes tenían arsenal nuclear: EE UU, la URSS, Francia, Reino Unido y China.

Se activó el Tratado de No Proliferación Nuclear, al que se adhirieron la mayoría de los países; pero unos pocos outsiders, por libre o manejados a distancia, iniciaron su propia carrera atómica, y a resultas de aquello hoy el mundo sigue pendiente de conflictos geopolíticos latentes o explícitos, como el desatado en Oriente Próximo. El primer gran choque se produjo en los años 60 con la crisis de los misiles en Cuba, satélite soviético. Pero el primer país que se declaró silenciosamente en rebeldía fue Sudáfrica, que desarrolló su plan atómico y que abandonó solo cuando cayó el régimen esclavista del apartheid. Declinaron también en los 90 al uso de las armas nucleares Ucrania, Bielorrusia y Uzbekistán, alojadas allí, en el perímetro del telón de acero, por el régimen soviético.

Pero las primeras iniciativas que prosperaron y desequilibraron las supuestas buenas intenciones de los capos del invento surgieron ya en 1952, cuando Israel, país alumbrado por la Segunda Guerra Mundial, inició su programa nuclear con la ayuda técnica de Francia primero, y de EE UU, después. En 1986 la prensa británica publicó que Tel Aviv tenía la bomba atómica y, como nadie lo confirmó ni lo desmintió, es de común conocimiento que Israel tiene capacidad nuclear no autorizada.

Oriente Próximo

Israel, aliado preferente de EE UU, ha neutralizado desde entonces todos los intentos de sus vecinos musulmanes por igualar las fuerzas en la zona más caliente del planeta. Siempre para impedir el enriquecimiento de uranio, Tel Aviv atacó instalaciones de Irak en 1981, de Siria en 2007, y de Irán en 2025 y otra vez en el conflicto de este año. El régimen judío considera un pilar de su existencia la incapacidad nuclear de sus vecinos, especialmente del controlado por los ayatolás desde 1979.

Persia dispuso desde 1967 de un reactor nuclear donado por los norteamericanos para uso civil en el programa Átomos para la Paz. Pero en los primeros años de este siglo EE UU descubrió instalaciones secretas de enriquecimiento de uranio, tal como constataron los inspectores de la ONU ya en 2025; tras los ataques de EE UU e Israel, Teherán suspendió la entrada de la inspección, y lo que ocurrió después lo tenemos delante de los ojos.

Arsenales atómicos tienen también dos antiguos parientes, India y Pakistán, que hoy son enemigos íntimos por la disputa nunca resuelta de Cachemira. India contó con ayuda de EE UU y Canadá a la sombra del programa de aprovechamiento pacífico, y en 1970 disponía ya de la dichosa bomba. Pakistán, con la colaboración de China y la sustracción de información a Holanda mediante espionaje industrial, igualó la apuesta, y es público desde 1998. Y el último socio no adscrito del club es el régimen totalitario de Corea del Norte, protegido de Rusia y China, y una de las manos más enigmáticas e imprevisibles con botón nuclear a su alcance, tal como el mundo pudo comprobar con sus ensayos nucleares desde 2006.

La historia concederá a cada uno de los cinco outsiders su turno, con dimensiones desconocidas. El de ahora se alarga en un inquietante punto muerto, y las urgencias americanas por cerrar el conflicto, aunque sea en falso, dejan abierta la puerta a su réplica más pronto que tarde. Comprobar el desmantelamiento nuclear de Irán es tan poco verificable como su existencia previa, y será trabajo de los servicios de inteligencia israelíes y estadounidenses concluir una cosa u otra. Teherán no renunciará al enriquecimiento de uranio y a unirse al club nunca reconocido de países con bomba atómica no autorizada, y lo que diga hoy el armisticio sobre la materia, si los ayatolás siguen al mando, será papel mojado mañana. La Historia nunca termina.

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