Pogacar se redime ensangrentado y gana, al fin, la ansiada Milán-San Remo | Ciclismo | Deportes
Siete veces lo logró Eddy Merckx, cuatro Gino Bartali y otras tres Fausto Coppi, vueltómanos todos ellos en las arenas movedizas de la primavera, pero Tadej Pogacar, el ciclista más grande de la actualidad, quién sabe si ya, a sus 27 años, el más grande de todos los tiempos, no había encontrado hasta este sábado la fórmula para descifrar la impenetrable Milán-San Remo, el monumento más largo de la temporada: 298 kilómetros de puro nervio y colocación que se resumen en la media hora final, la más frenética de la temporada, de la Cipressa a San Remo pasando por el Poggio, pulsaciones por las nubes bajo el sol y la brisa húmeda del Mediterráneo.
Tras sufrir una caída en la antesala del frenesí, a 32 kilómetros de meta, enganchón inoportuno cuando el pelotón volaba agrupado por las calles de Imperia, el esloveno logró redimirse y, con abrasiones en el muslo, rodilla ensangrentada, conectó con la cabeza en plena ascensión a la Cipressa, donde también llegó cortado Mathieu van der Poel.
El nieto de Raymond Poulidor, porte de vigente campeón, siempre sin guantes, mechones al viento en la nuca, llegaba como favorito y, más importante aún, como el ogro de las clásicas que más se le resisten al maillot arcoíris, rubio platino y cuerpecillo ligero, 66 kilos, apenas 64 durante el caluroso Tour, que pierde fuelle en la Classicissima y rebota sin control sobre el salvaje adoquín de la París-Roubaix. Así lo dicta la ciencia. El esloveno brilla en la generosa abundancia de desnivel, allí donde los vatios por kilo (w/Kg) que solo él es capaz de mover lo elevan sobre el resto del pelotón. En el llano, sin embargo, se imponen los vatios absolutos, esto es, la fuerza bruta, materia que transforma como nadie Van der Poel.

En esas, Pogacar buscó, analizó y revisó cada recoveco de la Classicissima durante años, pero no encontró dureza suficiente para soltar la rueda de su mayor rival. Hasta este sábado.
A apenas dos kilómetros de coronar la Cipressa, McNulty y Del Toro, secuaces del UAE, lanzaron a Pogacar como quien envía un misil a la luna, y el de Komenda, humilde pueblito de verdes praderas al norte de Liubliana, dejó sin respiración a todos salvo a dos, Van der Poel y Tom Pidcock, quien solo tres días atrás había alzado los brazos en la Milán-Turín, y quien, alejado del equipo Ineos, donde se definió como incomprendido, presume ahora de espléndido momento de forma en Pinarello, conjunto que lo envió en pleno invierno a los Alpes chilenos, lejos de Europa, para prepararlo en altitud.
Llegaron los tres, Pogacar, Pidcock y Van der Poel, con ventaja al Poggio, la ascensión que se incorporó al recorrido de la Milán-San Remo en 1960, cuando el lombardo Vincenzo Torriani, capo de la prueba, se hartó de encadenar ediciones sin vencedores locales y con llegadas masivas, dolor de muelas para identificar ciclistas con las herramientas de la época. Desde entonces, la subida, y muy especialmente la bajada del Poggio camino a San Remo, se han convertido en diferenciales para dirimir el desenlace del primer monumento de la temporada. Más aún desde la irrupción de Pogacar, que desde 2022 ansiaba la gloria en Via Roma.
Tal era su obsesión —“creo que me iré a la tumba sin haber ganado esta carrera”, reconoció en una entrevista en 2024—, que en febrero del pasado año, el esloveno pidió ayuda a Niccoló Bonifazio, sprinter italiano que acababa de colgar la bicicleta. Quinto en la San Remo de 2015 tras un descenso vertiginoso de la Cipressa, aún hoy recordado, Bonifazio, residente en Imperia, conoce las carreteras de la carrera como la palma de su mano. Pogacar se lo encontró entrenando el pasado curso. Ambos rieron. Y el maillot arcoíris le propuso algo: “¿Por qué no me enseñas las mejores líneas para trazar el descenso de la Cipressa y el Poggio?”. Bonifazio accedió siempre y cuando Pogacar no lo soltara en las subidas. Y así, ambos entrenaron durante horas, una y otra vez, hasta memorizar cada curva del recorrido.
Le sirvió al esloveno para llegar con Pidcock a Via Roma, la avenida de la ciudad de las flores, la del festival de música, en la que ya había frustrado sus pretensiones de gloria en cuatro ediciones consecutivas. Pero esta vez sí. Esta, épica mediante, era la buena. Pogacar miró a Pidcock, luego a su manillar, al frente, y de nuevo a Pidcock, y aceleró, fuerza atómica, hasta cruzar la línea de meta un palmo por delante de su rival tras seis horas y media de esfuerzo. Y entonces sí, gloria. Gritos de incredulidad, lágrimas asomando en los párpados y su equipo, tenso tras la caída que pareció destrozarlo todo, lo abraza, como también lo hace Carlos Sainz, vecino y amigo del mejor ciclista del mundo, residente en Mónaco, a apenas 40 minutos de San Remo.
“Cuando me caí, por un momento pensé que se había terminado todo”, resume Pogacar tras la conclusión, campeón ya de 11 monumentos, los mismos que Roger de Vlaeminck, solo Eddy Merckx por delante. “Me fui al suelo justo antes de arrancar la parte más importante de la carrera, pero por suerte me subí rápido a la bici y no me había hecho mucho daño. Había un poco de viento de cara, no era lo ideal, porque lo hacía todo más difícil, pero en la subida al Poggio el viento era más favorable, así que he dado el máximo para irme solo, pero Tom [Pidcock] estaba fortísimo. He tenido suerte de batirlo al sprint, porque me daba un poco de miedo, pero al final lo he conseguido. Ha estado muy apretado, pero lo he logrado”.
