Un Giro de doble filo para Jonas Vingegaard: superar a Pogacar o caer en la autodestrucción | Ciclismo | Deportes
De un zapato a una bota. Del Mar Negro a Italia. Así se presenta este sábado el recorrido del Giro, la gran vuelta más romántica de la temporada. La de Dino Buzzatti, Coppi y Bartali. La de los Dolomitas, Binda y Merckx. La autoproclamada más dura del calendario es, además, la carrera que aúna mejores dotes de márketing, cualidad inherente al gen italiano, capaz de venderle hielo a un esquimal y de convencer al entregado aficionado ciclista de que la ronda por etapas con menor desnivel del curso —49.150 metros acumulados, por los 54.450 del Tour y los 58.156 de la Vuelta— es, a su vez, la más brutal y despiadada.
De entre los casi 200 ciclistas que se agrupan este viernes en el istmo de Nessebar (Bulgaria), punto de partida fundado por tracios y desarrollado más tarde por griegos, romanos y bizantinos, sobresalen por encima del resto los mechones dorados de Jonas Vingegaard. El danés, vencedor ya del Tour de Francia (2022 y 2023) y de la Vuelta a España (2025), tiene a tiro un pleno de grandes vueltas que no se registra desde 2018, cuando Chris Froome puso la guinda a su trayectoria precisamente en Roma. Solo seis ciclistas habían logrado el triplete antes que el británico: Jacques Anquetil, Felice Gimondi, Eddy Merckx, Bernard Hinault, Alberto Contador y Vincenzo Nibali. Con Pogacar aún en espera —el esloveno ha ganado el Tour y el Giro, pero no la Vuelta—, Vingegaard tiene ahora la oportunidad de sumar su nombre a la prestigiosa lista y, de paso, superar al esloveno. “Es una cuestión de tiempo que él lo logre”, asume el danés. “Tadej es probablemente el mejor ciclista de todos los tiempos”.
La grandeza del registro parece, sin embargo, el único gran aliciente al que puede aferrarse el líder del Visma. Su favoritismo resulta tan aplastante, al menos sobre el papel, que todo lo que no sea un paseo triunfal con la maglia rosa en torno al Circo Máximo el próximo 31 de mayo será un bofetón de realidad difícil de asimilar para el único ciclista que ha sido capaz de noquear a Pogacar en la alta montaña.

Sin el maillot arcoíris, ocupado estos días en reconocer los finales en alto del próximo Tour antes de recluirse en Sierra Nevada, y sin Joao Almeida, Richard Carapaz ni Mikel Landa, retirados antes del pistoletazo de salida por diversos problemas físicos, Vingegaard otea un horizonte sin rivales de enjundia en el Giro. Giulio Pelizzari confía en tener piernas para sostener el ritmo del danés en las rampas de los Alpes, pero, como Gall, Storer, Arensman, Ciccone o Gee, el italiano del Red Bull Bora, aún 22 años, no posee ningún podio en una grande. Solo Adam Yates, Egan Bernal, Jai Hindley, Ben O’Connor y Enric Mas tienen algún cajón en su haber. Ninguno parece sin embargo, tener el nivel para plantarle cara a Vingegaard durante tres largas semanas.
“He entrenado bien y he mejorado mi forma física, así que empiezo a acercarme al punto que quiero de cara al Tour”, advierte Vingegaard, que se recluyó en Tenerife junto a Kuss, Campenaerts, Piganzoli y otros compañeros para mirar a Italia sin perder de vista París. “Durante años, mi calendario ha sido prácticamente calcado. Ahora necesitaba un cambio”, añade el danés, que fue 46º en su primera grande, la Vuelta a España de 2020, y desde entonces no se ha bajado del segundo escalón del podio en cinco ediciones del Tour y dos de la Vuelta: 2º, 1º, 1º, 2º, 2º, 2º y 1º. “Tadej y yo mantenemos una bonita rivalidad. Él ha ganado [el Tour] los dos últimos años, así que ahora me toca a mí. Creo que lo haré. Tengo buenas sensaciones. Estoy convencido de que será nuestro año”, señaló en la TV2 danesa.
Nadie esconde en la escuadra amarilla que el Giro, el 109º de la historia, se entiende como una jugosa parada hacia el verdadero objetivo del curso. “El año pasado, cuando Jonas encadenó el Tour y la Vuelta, nos dimos cuenta de que sus números mejoraron en su segunda grande, es decir, en España”, explicó a Domestique Marc Reef, director deportivo del Visma, un equipo tan obsesionado por las ganancias marginales como capaz de triturar por el camino a sus mejores hombres: engullió primero a Tom Dumoulin, y este mismo año, a Tim Heemskerk, entrenador de Vingegaard —“había perdido toda mi creatividad”, lamentó—; y a Simon Yates, el último portador de la maglia rosa, retirado del pelotón en la cresta de la ola, de forma inesperada y con la pretemporada ya en marcha.
