Olav Kooij, del equipo de Seixas, gana al sprint la quinta etapa del Tour de Francia en Pau

Parece un Quijote Baptiste Veistroffer, pero es solo inteligente, ahí solo en la carretera, combatiendo imaginarios gigantes tan fresco y el pelotón apelotonado a su espalda, qué calor se dan unos a otros, radiadores en movimiento, cuánta caloría y latido acelerado se necesitan para mover las piernas, y cuántas se desperdician en el aire y se quedan en su piel, que intentan refrescar, jorobaditos al pedal, con saquitos de hielo entre los hombros que se derrite en agua helada por su espalda y convirtiendo en aspersores sus bidones de agua fría. La pastilla termómetro que han tragado canta desde su estómago una temperatura interna por encima de los 40 grados, que no les derriba si logran reducir con sus estrategias la temperatura de su piel, y así como el café de una taza se enfría si en la habitación en la que lo tomamos está puesto el aire acondicionado y el calor puede huir del café, así sus cuerpos. Si la piel está caliente el calor interior no se disipa, y el golpe de calor dramático es inevitable.
