Odegaard se queda frío en el imperio del riesgo cero
Olía a azufre el estadio Metropolitano. Una espesa nube de residuos de la pólvora impregnaba el aire de sustancias picantes, señal de la proximidad de bengalas y auspicio de una tarde de inflamaciones que solo tuvieron expresión en aquello que hacía la gente en la grada y en la calle. Pocos estadios en Europa son más emotivos que este cráter del extrarradio madrileño, y la hinchada hizo lo posible por fijar esa impresión para recibir al líder de la Premier. Todo fue muy pasional hasta que el árbitro ordenó que comenzara el partido. Entonces rodó la pelota y una sensación de frío se apoderó de lo que ocurría en la cancha. Ahí, sobre la hierba brillante, el gran Arsenal, el famoso Arsenal, apareció metido en su campo. Por no presionar, no presionaban ni al tembloroso Johnny Cardoso —el estadounidense vivió más tranquilo que en un partido de la Liga—. Cerrándose, a la espera, los jugadores visitantes se desplazaban como autómatas midiendo cada distancia en una sincronización perfecta de pasillos que se estrechaban según Griezmann y Julián intentaban aproximarse al área. Magalhaes, Rice y Saliba, fumigaban todas las malas hierbas del jardín. Más que jardín, la zona de influencia de Raya parecía un laboratorio de análisis clínicos.
