Lo que enseñan las revoluciones sobre la inteligencia artificial

En mayo harán 232 años de que fuera pasado por el vertical filo de la guillotina Antoine Laurent de Lavoisier. Juzgado y condenado a muerte por el Terror Revolucionario de Robespierre, no le libraron de la cuchilla sus múltiples aportaciones científicas, esgrimidas en las peticiones de clemencia de última hora: “La República no necesita sabios ni químicos”, sentenció Jean-Baptiste Coffinhal, un abogado arribista que presidía el tribunal sin más mérito que compartir amistad con los jacobinos más sanguinarios. A fin de cuentas, a Lavoisier no le juzgaban por ello, sino por supuestas prácticas contrarrevolucionarias, por haber trabajado como recaudador de impuestos para la Ferme Générale, la empresa privada que funcionaba como agencia tributaria de la dinastía Capeto. Pero sí está aquí por ser el creador de la química moderna y formular la teoría de la conservación de la masa, que viene a decir que “la materia ni se crea ni se destruye; simplemente, cambia de estado y se transforma”.
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