Las claves: la situación en torno al diésel se enfría un poco, pero sigue estando muy caliente

El diésel (y los derivados del petróleo en general) está afrontando una tormenta perfecta de dificultades que ha disparado su precio. Se supone que Donald Trump debía haber tenido eso en cuenta al lanzarse a la guerra con Irán, pero el caso es que, a un mes de las elecciones legislativas de medio mandato en Estados Unidos, amenazó con prohibir las exportaciones de refino si Europa no liberaba 100 millones de barriles de sus reservas. La UE valoró resistirse, pero finalmente aceptó en la reunión del G7 del viernes. Es verdad que el bloque no había cumplido con lo acordado en ese sentido en marzo con la Agencia Internacional de la Energía, pero también que Washington ha arrastrado a otros en su conflicto (que se suma al de Rusia y Ucrania), y ahora logra que sean los demás los que le saquen las castañas del fuego. De una forma u otra, el precio de los combustibles está disparado, lo cual se suma a los problemas de deuda soberana de países clave, y al malestar general de la población con los precios de los productos básicos y de la vivienda. Liberar reservas puede servir de parche temporal, pero no va a enfriar demasiado la situación.
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