La ‘trumpflation’ agarrota al BCE | Economía

La actual inflación pespuntea resultados tóxicos: alzas de los tipos de interés de los bancos centrales, ralentizadores o esterilizadores del crecimiento y el empleo. Pero en origen no es culpa suya, por una excesiva oferta de dinero que calentase demasiado la economía. Sino política: la desencadena sobre todo la actuación de Donald Trump.
Es, así, una trumpflation. Originada en el encarecimiento y difícil suministro energético por la guerra (y/o bloqueo) contra Irán. Su creciente coste dispara el déficit y la deuda de EEUU, desacreditando los bonos que financian esos agujeros, y forzando a elevar su rendimiento a récords superiores al 5% (a 30 años). La desorbitada ansia de capital de las tecnológicas trumpistas compite con los activos públicos y encarece aún más su factura.
Y mientras el Tesoro intenta rebajarla con juegos de magia en los plazos (reduciendo el largo y acreciendo el corto), el nuevo jefe de la Reserva Federal, Kevin Warsh, acaba de jurar que combatirá la inflación. Llegó al 3,4% en agosto, un punto más que en febrero: curva demostrativa de que la paz cercenaría el alza de precios (tras llegar al 4,2% en mayo). Veremos si cumple y sube tipos. O si se hinca ante la Casa Blanca, aplazando la decisión a después de las elecciones de medio mandato, el 3 de noviembre, para favorecer a su patrono.
En Europa, el BCE decidirá el próximo jueves, día 10, si repite o no el alza de junio, un 0,25%. Lo reclama, como siempre, la pertinaz halcona alemana, Isabel Schnabel. Con un argumento falaz: “Con el tipo de interés actual es improbable que la inflación vuelva al objetivo a medio plazo y por tanto será necesario un endurecimiento adicional”. Falaz, porque eso dependerá de la guerra.
Cierto que el dato de inflación de agosto es malo, del 3,3%. Y cierto que el objetivo del BCE consiste en que la inflación general, medida por el HICP (Indice Armonizado de Precios al consumo, por sus siglas en inglés) no desborde el 2% a medio plazo. Cuando lo supera, salta la alerta. Pero solo debe ascender a categoría de alarma si la inflación subyacente (que excluye los elementos más volátiles, como energía y alimentos) se dispara fuerte.
Al aparcar los factores más coyunturales, la subyacente (underlying: core, o supercore, esta última excluye también los precios de la vivienda) perfila mejor si la presión inflacionista va a ser solo temporal, en vez de permanente. Un elemento clave para afinar el análisis son los efectos de “segunda ronda” de las subidas de precios energéticos y alimentarios.
A saber, si se trasladan —y en qué medida y velocidad— a los salarios, por las reivindicaciones laborales para contrarrestar la pérdida de poder adquisitivo; a los márgenes empresariales; a los servicios y a otros precios… Y a la percepción del mercado para el futuro, o sea, las expectativas de inflación: si son altas, los consumidores adelantan compras; y a la inversa. Pero, ay, la subyacente europea está plana, planísima: el 2,4% en agosto. Clavado al 2,4% de febrero. Por ahora, pues, falaz peligro.
