La revolución tranquila de Pellegrino Matarazzo en la Real Sociedad: un tipo sin estridencias, que pasea por La Concha y ama los ‘pintxos’ | Fútbol | Deportes
En un fútbol que suele vivir del ruido, de los gestos exagerados y de los entrenadores que ocupan tanto espacio como sus propios equipos, Pellegrino Matarazzo ha hecho exactamente lo contrario en la Real Sociedad: reducir el volumen. Desde que aterrizó en San Sebastián, el técnico nacido en Nueva Jersey ha impuesto una manera de liderar que se apoya más en la calma que en el espectáculo. Y en pocos meses ha cambiado el clima del equipo y la percepción que lo rodea. Tanto lo ha hecho que las dudas y el ambiente enrarecido del arranque de temporada han dado paso a la felicidad absoluta, traducida en la consecución de un nuevo título de Copa.
Cuando llegó a San Sebastián en diciembre lo hizo sin grandes focos. Para muchos era un técnico casi desconocido en el contexto de LaLiga, un perfil más asociado al fútbol alemán que al ecosistema emocional de Anoeta. Pero lo que encontró al llegar, y lo que él mismo reconoce haber descubierto, encajó con su forma de entender el fútbol. “Este lugar es especial”, suele repetir cuando se le pregunta por su adaptación. “La Real es un club muy emocional. Hablamos mucho de eso y vivimos aquí muy fuerte el fútbol. Para mí hay una cierta pureza en las emociones”, no se cansa de repetir.
Esa palabra —pureza— resume bastante bien la conexión que ha establecido con el entorno. Matarazzo habla de conversaciones sobre fútbol con gente en la calle, con jugadores, con dirigentes. De un ambiente en el que el fútbol se vive sin artificios. “Con gente buena puedes conseguir cosas”, dice. Y añade que se siente “agradecido todos los días de poder trabajar con este staff y este equipo”.
Su impacto, sin embargo, no se explica solo desde el tono humano. También desde las decisiones. Los entrenadores, suele decir, están ahí para tomarlas aunque no sean cómodas. “A mí me pagan para ganar”, resume con naturalidad. En ese sentido, su paso por los banquillos ya ha dejado episodios que retratan su manera de actuar. Antes de su arriesgada apuesta por Unai Marrero en lugar de Alex Remito para la final de Copa, hubo un día en el que Matarazzo introdujo a Thomas Delaney en la segunda mitad de un partido que su equipo dominaba por 0-2 y, al percibir que el centrocampista estaba completamente desubicado en el encuentro, decidió retirarlo pocos minutos después. Sin dramatismo, pero sin dudar. Para Matarazzo, el fútbol exige intervenir cuando algo no funciona. “Álex Remiro tiene un pie fantástico para salir de la presión del rival, pero hoy no queríamos correr riesgos y Unai es fantástico en el juego aéreo, dominando los centros del rival”, analizó en su comparecencia tras la final ante los medios. Alto y claro.

Ese equilibrio entre tranquilidad exterior y determinación en las decisiones ha sido una de las claves para reconectar a un vestuario que atravesaba un momento de incertidumbre. La plantilla necesitaba aire. Y él se lo ha dado. “Los jugadores están contentos”, explica. “Siento que esto tal vez sea el inicio de algo bueno para ellos. Hemos tenido unos meses muy buenos y llegar a una final en los años pasados no se hizo. Tal vez este era el cambio que estaban buscando”. Ese cambio ha terminado por cristalizar en una cita grande: la final de Copa ganada ante el Atlético.
Fuera del campo, su adaptación a la ciudad ha seguido la misma lógica. Matarazzo se mueve por San Sebastián con una naturalidad que sorprende a quienes esperan un entrenador encerrado en la burbuja del club. El sábado por la noche, en la fiesta privada que se vivió en el hotel donde se alojaba la Real Sociedad, él fue uno de los más aclamados. Todo el mundo quería hacerse una foto con el héroe tranquilo, que no perdió la sonrisa en ningún momento.
Es habitual verlo caminando por la playa de La Concha con su perro o recorriendo el Paseo Nuevo por la mañana. Y, como casi todos los recién llegados, ha descubierto pronto uno de los rituales locales: los pintxos. Después de clasificar al equipo para la final, mientras los jugadores disfrutaban de un día de descanso tras el intenso partido contra el Athletic, el técnico pasó por Zubieta para seguir trabajando. Pero también se permitió un pequeño gesto de celebración muy donostiarra. “No tuve día libre —explicó después en rueda de prensa—, pero sí que me tomé una o dos copas de vino y dos pintxos en la Parte Vieja con mi staff”. Nada más. Sin grandes festejos. Porque al día siguiente tocaba volver al trabajo. Ese tipo de escenas ayudan a entender por qué la figura de Matarazzo ha crecido tan rápido en San Sebastián. No solo por los resultados. También por la sensación de coherencia que transmite.
Pellegrino Matarazzo también encuentra en la música otra forma de desconectar del fútbol, aunque en su caso desconectar no significa dejar de pensar. Su gusto musical es tan amplio como su manera de entender el juego. Escucha jazz, rap y rock. Entre sus grupos favoritos aparecen nombres como Radiohead o Coldplay, bandas que, como él, combinan calma aparente y profundidad emocional. Hace poco incluso compartió con su hijo de 16 años una experiencia poco habitual para un entrenador de élite: acudir juntos a un concierto de Linkin Park. Esa mezcla de estilos, de generaciones y de ritmos distintos encaja bastante bien con su personalidad. Matarazzo no parece un técnico de una sola nota. Prefiere escuchar, observar y encontrar armonías donde otros solo perciben ruido.
En un fútbol que muchas veces vive de la exageración permanente, él ha convertido la normalidad en su marca personal. Quizá por eso su historia con la Real conecta tan bien con el entorno. Un entrenador que llegó casi en silencio y que, sin levantar demasiado la voz, ha devuelto al equipo la confianza, la dirección y la sensación de que algo importante puede estar empezando. Y en una ciudad que vive el fútbol desde lo emocional, esa calma también puede ser una forma de liderazgo.
