mié. Jun 10th, 2026

La longitud española brilla espléndida en la reunión de atletismo de Guadalajara | Deportes

Hay quien prefiere la ópera, pasar la tarde de junio agobiante en Madrid buscando en un teatro, y encontrando, emoción en un espectáculo estudiado, mil veces representado, un millón de veces ensayado, repetible una y otra vez, pero un mitin de atletismo en Guadalajara al sol del atardecer no se le queda atrás en su dosis de tragedia, catarsis, orgasmo y clímax, y quienes lo protagonizan, entrenados un millón de horas, no actúan, no representan personajes, son ellos, y el dolor de Rocío Arroyo, una espléndida atleta de 800 metros que sufre un ataque de ansiedad por miedo a fallar a su gente y vomita y vacía sus entrañas, renuncia al calvario y pide cita para una sesión más de psicoterapia breve estratégica que la cura y le permitirá seguir compitiendo.

Es la dureza mal pagada del atletismo, que solo la pasión alimenta. De Arroyo, de 22 años, entrenada en Alcalá de Henares por Toni Fernández, todo el mundo habla maravillas. Corre los 400m en 51s y los 500m en 1m 7s. Tiene talento, pulmones, motor, tobillos y piernas para ser una de las mejores del mundo en 800 metros, pero su mejor marca en las dos vueltas (1m 59,17s) no le permite medirse con ellas en los mítines de la Diamond League donde la suiza Audrey Werro y la británica Keely Hodgkinson libran duelos épicos con marcas de 1m 54s y 1m 53s que rozan el récord del mundo y empujan a todas las que les siguen. En esa ola cerrada con un cruel numerus clausus fijado por organizadores que también son mánagers, quiere surfear Arroyo, y para ello necesita al menos una marca rondando el 1m 57s, registro que solo Mayte Zúñiga y Mayte Martínez han tocado en España, y hace mucho tiempo. El vértigo pudo con su deseo.

Hay belleza en la pista cuando calienta antes de saltar Tessy Ebosele, qué ligereza de pies, qué elegancia; velocidad en la carrera de Jaime Guerra que llega desde Cornellà con una cicatriz en el muslo por una caída de la bicicleta y salta dos veces seguidas 8,15 metros; el vuelo de Héctor Santos, de Huelva, que impulsado por el viento y su técnica pedalea en el aire y llega hasta 8,29 metros, que no figurarán en ningún ránking, más que en su memoria, el placer de haberlo conseguido, porque la velocidad del viento (2,6 metros por segundo) supera el límite establecido; la batida de Fátima Diame, y sus suspiros de alivio y un poco felicidad: salta 6,64 metros, la quinta mejor marca mundial del año, y rompe el que pensaba que era un límite fijado desde las alturas, pues la doble medallista mundial de bronce en pista cubierta nunca había pasado de 6,82m, un registro que logró por primera vez hace cinco años y repitió dos veces más, como si fuera un tope insuperable, y ya mira, más cercanos, hacia los 6,92m de su paisana Concha Montaner hace más de 20 años, la marca de referencia en España, y ese es el camino que inicia a los 24 años Carmen Rosales, la saltadora alcarreña que lleva dos meses entrenándose con Iván Pedroso y, contagiada, activada por la electricidad que vibra en el aire, la buena vibra, llega hasta 6,69m, ya su mejor marca.

Hay música silenciosa que solo oyen los atletas en su carrera, que marca su ritmo, y decide el momento precioso para el talonamiento, el impulso, el gesto técnico de la cadera elevándose, los brazos en el aire, y hay un coro en la banda que aplaude, gesticula, vocea sus consejos y sentimientos. Lo encabeza Javier Sotomayor, campeón olímpico que no volaba hacia lo largo sino hacia las alturas, y su récord mundial de 2,45 metros es una luna inalcanzable desde hace 33 años. “Y no, mi hijo no la alcanzará nunca”, dice alegre, padre único que no alienta a su hijo que quiso ser saltador también a ser mejor que él, solamente a que deje el reggaetón por la salsa, y exclama: “Qué digo mi hijo, nadie en el mundo la alcanzará nunca”. Lo compone también uno que se rompió en el pasillo hacia la arena cuando estaba cerquísima de ser campeón olímpico, Juan Miguel Echevarría, que a los 19 años ya saltó 8,68m, predestinado para ser el primer humano más allá de los nueve metros, y roto se arrodilló ante el foso de Tokio, lloró y se perdió. Estuvo tres años sin saltar, vagando, regresó y llegó pesado, pasado, su piel un tapiz de tatuajes, dos diamantes en los lóbulos, a Guadalajara, donde lo acogió Pedroso, que lo admira y lo guía. No llegará a los nueve metros ni a los 8,68m, pero quiere volver a competir con los mejores. Ya tiene 27 años. No salta porque tiene unas molestias, recuerda sin nostalgia sus años grandes y piensa en ganar casi en agosto los Juegos Centroamericanos y del Caribe en el estadio Félix Sánchez de Santo Domingo. Alma cubana que no se rinde, que encuentra el hambre, y celebra más que ninguno la tarde maravillosa y frágil.

A su lado, en la banda, dirigen a voces y con gestos de las manos y pies los entrenadores, campeones establecidos desde Cuba desde hace años, Pedroso o Luis Felipe Méliz, que trabaja a Lester Lescay otro español de la isla que también pasa de ocho metros (8,03). Y la orquesta suena fabulosa.

Quien está lejos y recibe las noticias, casi telegramas escuetos por whatsapp, lamenta su envidia, se maravilla y cruje por el drama, y así también los pocos espectadores en las gradas, que se sienten dentro de una burbuja, el exterior no existe, solo la sucesión de momentos únicos, irrepetibles, que así los viven los atletas, una vida entregada, lesiones terribles superadas, para al final brillar solo cuatro, cinco veces, espléndidos. Ebosele regresa de año y medio de rotura de tendón de Aquiles; Héctor Santos no recuerda las lesiones que ha pasado, tantas, y Jaime Guerra, tan dañino es para el cuerpo, tan agresivo, el salto de longitud, casi tanto como el triple que ha vuelto a lesionar en un tobillo a la campeona olímpica y plusmarquista mundial, la única Yulimar Rojas, dos años después de romperse el tendón de Aquiles, y también le da duro a la cabeza, como a Jordan Díaz, que sigue buscándose sin encontrarse dos años después de ganar el oro olímpico en París, y sigue, sin entrenar, en Guadalajara, donde el atletismo es, a veces, ópera, o más.

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