Jon Rahm lidera la escalera española en el ardiente Royal Birkdale | Deportes

Aquel verano de 1976 no solo alumbró el mito de Seve, el rebelde de 19 años que fue segundo en el Open Británico de Royal Birkdale. La fecha quedó grabada como el periodo de más calor en la historia de Inglaterra: 14 días alcanzaron o superaron los 30 grados, un horno en esas latitudes. El registro se ha mantenido intacto hasta ahora, medio siglo después, precisamente cuando el Open ha vuelto a Southport. Según la Universidad de Reading, el pasado domingo fue el decimoquinto día del año en que el termómetro tocó o rebasó esa cifra.
La canícula que azota al planeta, y aplasta contra el asfalto a los ciclistas en el Tour de Francia, también golpea al Open Británico. Ni un soplo de viento, ni una gota de agua. Más de 25 grados. No parece el British del frío y la lluvia, y una imagen aérea del campo lo muestra amarillo y seco, casi un desierto, en lugar del fresco verde que lucía en la última ocasión en que acogió el torneo, en 2017. La organización recomienda el uso de crema solar y la continua hidratación, y alerta ante cualquier acción que pudiera ocasionar un incendio, como ya pasó en el ardiente 1976.
Los mejores golfistas del mundo acaban con la piel tostada, aunque lo soportan bien los seis españoles en liza, acostumbrados a veranos al rojo vivo, y que curiosamente forman una escalera de resultados en la primera jornada: Jon Rahm (-1), Eugenio Chacarra (par), Josele Ballester (+1), Ángel Ayora (+2), Alejandro de Castro (+3) y David Puig (+4). En lo alto de la tabla manda el estadounidense Jackson Suber con -5, por el -4 de Sungjae Im y Daniel Brown. Con -3 anda Bryson DeChambeau y con -2 Scottie Scheffler, y Rory McIlroy sufre con +2.
Rahm parte con Spieth, triunfador en ese verde 2017, y con Fleetwood, el chico de casa, nacido en Southport. El vasco patea para birdie en los 13 primeros hoyos pero solo emboca en el 3 y el 11. Su golf es de manual: tiros a mitad de la calle y dardos a bandera. Solo le falta el remate, y el putt le enseña la lengua una y otra vez. Son muchas ocasiones creadas y muchos tiros al palo tras una larga colección de calles y greens en el bolsillo, hasta que carga con dos bogeys en el 14 (un doble paseo por el rough) y el 15 (green fallado en el par tres) y se repone en el 17. “He jugado muy bien, muy cómodo con los hierros, muy ordenado, pero no ha entrado una, y el campo se va a endurecer si dejan que los greens se quemen”, analiza.
A Chacarra, con la flecha hacia arriba tras ganar en Holanda e Italia, el par le sabe a poco, y lamenta que a sus cinco birdies los tapen cinco bogeys. “He jugado un golf perfecto, así que me voy frustrado y con rabia. He merecido acabar bajo par, ganarle al campo”, comenta, y así se despide: “Creo que soy el mejor aquí. Si no pienso que puedo ganar, ¿para qué vengo?”.
El golf es un estado de ánimo, y si Chacarra se siente destinado al olimpo, también Josele Ballester piensa a lo grande, y antes de cada golpe, para animarse, se dice a sí mismo: “Este va a ser el mejor del día”. Ayora termina con un doble bogey en su estreno en el Open, aunque el malagueño se queda con las buenas sensaciones del día. Igual que Alejandro de Castro, el primer zurdo español en un grande, tan nervioso en el tee del uno que no sentía “ni las manos ni los pies” y tuvo que “hacer respiraciones para darle a la bola”, hasta que se calma y vuelve a ser él, interactúa con el público y disfruta.
Una parte de ese optimismo lo necesita David Puig, con la confianza perdida desde hace un mes, cabizbajo al cerrar la ronda con un bogey en el 17 y un triple bogey en el 18. Al catalán se le amontonan las dudas y los malos pensamientos y así el swing deja ser fluido. “Pero en algún momento le daré la vuelta”, se convence.
