España contiene la respiración y celebra al fin tras apagar la voz del espacio belga | Mundial 2026 de Fútbol

La rendición de Breda de Diego Velázquez reposa monumental, inquietante, muda como lleva haciéndolo desde hace más de 200 años en las paredes del Museo del Prado. Las lanzas victoriosas en el lado de los tercios españoles, la zozobra de la derrota en la sumisión del gobernador Justino de Nassau, que entrega las llaves de la entonces ciudad flamenca de Breda. Bélgica todavía no había sido inventada. La sala, silenciosa y discreta, parece ajena al partido de cuartos de final. Al poco, un argentino con la albiceleste del D10S Messi anudada a la cintura comienza a pasearse por la sala. “Nada, hoy ganáis seguro”, pronostica con las lanzas del cuadro sobre su cabeza. La sonrisa se le va abriendo hasta zanjar: “Nos vemos en la final”. Mensaje de optimismo para quien crea en la palabra de un argentino.
Ese Dios redondo del que habló Juan Villoro quizás sirva para los argentinos que se lanzaron en su fervor a fundar una religión, la maradoniana, con sus templos y su día de Navidad. En la Basílica de Jesús de Medinaceli, en Madrid, hay camisetas de la selección española y un goteo constante de personas. Salvo algún curioso, la mayoría sube circunspecta hasta el cristo protegido por un ciborio. Le besa los pies y pide un deseo. Aquí, a pesar de las camisetas y la afluencia de gente, nadie piensa en España. Un parroquiano lo explica: “Dicen que de cada tres deseos te otorga uno”. Solo se piden cosas importantes de verdad: amor, salud, dinero o que desaparezca la soledad. En este lugar no hay sustitutivos: Dios solo es Dios.
En las calles, las despedidas entre amigos se reducen, si uno pone el oído, a un “nos vemos y que gane Españita”. El Mundial rezuma por el asfalto hasta para los más despistados. Tanto que uno puede encontrarse con apariciones del espíritu del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, como ejemplifica la mutación de la calle de Lavapiés en unos Campos Elíseos improvisados. El artífice, el dueño de tres bares indios. “Hablamos mañana, hoy hay mucho lío”, responde a la velocidad de una estrella fugaz. El hombre ha plantado una bandera rojigualda en cada árbol de su jurisdicción, otras dos custodiando la puerta de cada negocio, grandes pantallas dando a la terraza y a cada camarero le ha calzado una camiseta de la Selección. En los momentos de decaimiento, aplausos y ánimos de esos mismos empleados, reconvertidos en una especie de cheerleaders. Entre los clientes, dos camisetas españolas, una mexicana, inmensa mayoría de neutrales y mucho inglés. Un hombre que conoce la prestidigitación del fútbol.
A punto de dar las 21.00, hora del comienzo del partido, varios niños optan por el balón en vez de la pantalla. Los pelotazos y los gritos propios del esfuerzo físico lidian en la Plaza Lavapiés con los aplausos lejanos de los que celebraban el pitido inicial. A unos cuantos metros, un bar rebosa hasta tal punto que por primera vez en años en Madrid se permite estar sin consumir. Camareros con la indumentaria del bar aledaño, paseantes, turistas, un vendedor callejero de rosas, todos juegan con sus cabezas para encontrar el ángulo diminuto por donde ver el televisor. La verdadera magia del fútbol.
El gol de Fabián Ruiz, el primero de la Selección, deja una reacción típicamente española. La efervescencia primero, el comentario después: “Hay que celebrar mucho, con lo que nos cuesta meter un gol”. Celebración más retranca. Con el del empate de De Ketelaere, primero silencio. A los pocos minutos, risas nerviosas ante un centro de Álex Baena que se pierde por el campo. Un hombre tira su cerveza por la barra. La inquietud penetra en el local sin disimulo.
Con el paso de los minutos los viajes del camarero del bar de al lado se hacen más y más frecuentes. Las manos en los bolsillos más y más profundas, también su gesto de preocupación. “Está complicado”, dice en el 70 con el gesto torcido. Silencio nervioso hasta el 88 y de nuevo Mikel Merino salvador para poner el 2-1. Un gol chivado por los vecinos de arriba, que tendrán contratada una mejor señal que los del bar. Hasta para esto hay clases. El camarero vuelve a su bar con tres golpes secos al aire con el puño. Hasta el paso del camión de la basura resulta en celebración. “¡Mucho España!”, suelta el mozo a la corrida despertando el júbilo del bar. A la camiseta belga que homenajea el cuadro de Magritte, La voz del espacio, se le acaba el tiempo.
Perder es un pañuelo, ganar una ilusión. El truco es no dejar de creer. Y hoy, España cree más que nunca.
