El oviedismo despide a Cazorla, el futbolista infinito: Gracias por tanto, mago | Deportes
Hay historias bonitas en el fútbol y luego está la de Santiago Cazorla, que además de bonita, es una epopeya. El 8 del Oviedo ha anunciado este jueves, a los 41 años, que cuelga las botas. Lo hace en su casa, de la que tuvo que salir a los 18, rumbo a Villareal, tras constatar que el equipo de sus amores, recién descendido a Tercera División, no podía pagarle. Su madre, Loli, limpiadora en un colegio, lloraba en el coche. Su padre, José Manuel, uno de esos hombres que tuvo muchos trabajos, el último, de conductor de ambulancias, iba al volante. Llegó a ver a su hijo jugar en Primera y ganar 0-3 con el Recre al Madrid de Ronaldo y de Beckham. “Pero se perdió lo más bonito”, explicaba a este diario Nando Cazorla, hermano de Santiago. José Manuel Cazorla falleció a los 48 años de un infarto de miocardio. No llegó a ver su hijo ganar dos Eurocopas ni el regreso del Ulises de Lugo de Llanera (3.400 habitantes) a Ítaca, con 39 años y ocho centímetros menos en el tendón de Aquiles por una lesión en el campo de batalla para intentar devolver a su Oviedín a la Primera División.
El vídeo en el que Cazorla anuncia su retirada juega con el dorsal de su última camiseta, el 8, un infinito en vertical. “Pensamos que la vida da vueltas”, dice, “hasta que entendemos que algunas historias no terminan, solo te devuelven al principio, como un ocho. (…) Y ahora, cuando todo se apaga, cuando las botas se cuelgan y el ruido se convierte en silencio, todo encaja. El final no estaba en cualquier sitio, estaba en mi casa, en el mismo lugar donde empezó la magia. Porque hay historias que no se cierran, se quedan para siempre. Como un ocho, como el infinito”. Los oviedistas hubiesen deseado que fuera eterno. El entusiasmo de la voz de Carlos Martínez recogida en ese vídeo de despedida al narrar sus goles de museo y el aplauso del público rival que se llevó Cazorla en la última temporada en cada uno de los estadios de Primera división que pisó son la prueba de que ningún aficionado le había olvidado y de que costará mucho olvidarle. Cazorla ya encarna, por méritos de sobra demostrados, esa palabra tan manoseada para describir, a menudo, a quien no lo merece: es una leyenda.
Su historia, explica el propio Cazorla, “no empezó en un gran estadio, ni bajo los focos. Empezó en Fonciello, en un campo cualquiera, con un balón y un niño que solo quería jugar al fútbol”. Tenía siete años cuando su padre llevó a su hermano mayor, Fernando, a hacer una prueba para el Covadonga. El entrenador hizo entonces una pregunta inocente: “¿Y el pequeño también juega?”. La respuesta mereció, con el tiempo, una de las páginas más brillantes de la historia de equipos españoles, ingleses, y de la propia selección española. Vaya si jugaba. Y daba igual la pierna. Sorprendido con aquella rara habilidad para colgar balones al área con precisión de francotirador tanto con la izquierda como con la derecha, el fútbol buscó las palabras para definirlo en lo que no tiene explicación. Así fue como a Santiago Cazorla empezaron a llamarlo “El mago”.
Paseó su magia por el Villareal, el Recre, el Málaga y el Ársenal, la etapa donde el mercado decidió que aquellas piernas mágicas valían 30 millones de euros. Y llegó la lesión. Un médico le dijo que se olvidara de jugar al fútbol y se centrara en recuperar la movilidad suficiente para poder caminar por el jardín con su hijo. “Bajaba al quirófano”, recordaba su hermano mayor, “como quien baja a comprar pipas. Una vez y otra vez… No parecía un futbolista, sino alguien que acaba de salir de un accidente de tráfico, con el injerto de la piel del brazo en la pierna. Cualquier otro jugador, a la cuarta o quinta operación habría tirado la toalla y más aún si todo eso le hubiera pasado después de haber ganado dos Eurocopas. Yo le decía que no tenía que demostrar nada, que lo más importante era su salud, pero no había manera. Se fue dos años solo a Salamanca para recuperarse, y se rompía una vez y otra vez. Sufrió mucho por estar ese tiempo lejos de los niños y de Úrsula [su mujer]. Imagínate las vueltas que daría esa cabeza, pero hasta que no consiguió volver no paró”.
El médico miraba las radiografías, abría, veía la infección, identificaba el problema, ponía nombre al origen del dolor y, basándose en los antecedentes y la ciencia, descartaba lo imposible, el regreso a la élite del fútbol. En la facultad había aprendido todo lo que hay que saber de anatomía, conocía los límites de la carne herida, la importancia de un tendón que lleva el nombre de un dios: Aquiles. Pero no había sido instruido en el factor mágico, el poder de la determinación. Cazorla se recuperó y volvió a ser convocado para jugar con la Selección española. El injerto que necesitó trasladó el tatuaje con el nombre de su hija, India, del brazo a la pierna. Como todos los guerreros, el 8 del Oviedo, el jugador infinito, acumuló una buena colección de cicatrices.

Hace poco más de un año, en un Tartiere abarrotado de niños, adolescentes y jóvenes menores de 25 que solo conocían a su equipo en segunda y tercera división, Cazorla anotó el gol de la final del play off contra el Mirandés que hizo creer a una ciudad entera que la epopeya era posible. La temporada siguiente, ya en Primera, no le hizo justicia. La primera rueda de prensa del tercer entrenador del Oviedo en apenas unos meses, Guillermo Almada, puso los pelos de punta a una afición fiel a su leyenda. Cuando le preguntaron qué rol le gustaría que tuviese Cazorla dentro del campo, respondió: “Es un referente dentro del club. Y más allá de que juegue mucho o poco, es un aporte como conductor de grupo, por las experiencias vividas”. Había degradado a un mago a la categoría de coach de Instagram, de póster en el vestuario. Los pocos minutos de juego que le concedió confirmaron el peor de los presagios, añaden hoy una amargura innecesaria a la despedida y explican por qué Oviedo no levantó una ceja cuando Almada anunció que no continuaba como entrenador del equipo, ahora en Segunda.
Almada hizo, consciente o inconscientemente, todo lo que pudo por ensombrecer el gesto del bicampeón de Europa que renunció a los millones que ganaba en Qatar, el país hasta el que le había llevado en 2020 otro de los grandes bajitos del fútbol español, Xavi Hernández, para ganar, en Oviedo, el sueldo mínimo de la categoría, 93.000 euros, cediendo sus derechos de imagen al equipo a cambio de que el 10% del dinero generado por la venta de su camiseta se destinase a la cantera azul, la misma de la que él había salido dos décadas antes. En la presentación del documental de Movistar sobre el centenario del Real Oviedo, su presidente, Martín Peláez recordó que Cazorla se había ofrecido a jugar gratis. Pero a estas alturas, la inquebrantable afición oviedista sabe que los entrenadores y las directivas pasan, mientras que sus leyendas permanecen porque son eternas, infinitas. Gracias, Santi.
