mié. Jun 10th, 2026

El fracaso del caza europeo expone la debilidad de la defensa de la UE | Economía

La señal es mala: el programa europeo insignia de cazas de combate, un proyecto conjunto desarrollado por Francia y Alemania, con la participación de España, fracasa por las desavenencias entre las empresas Airbus, la representante alemana, y Dassault, la francesa. Era el proyecto europeo más ambicioso en una UE que dice querer aumentar su gasto militar y coordinarlo para desarrollar tecnología, programas y modelos de defensa conjuntos como el que ha naufragado este lunes. Lo ocurrido con el FCAS (Futuro Sistema de Combate Aéreo, por sus siglas en inglés) siembra dudas sobre si Europa podrá alguna vez reconciliar la soberanía nacional con las exigencias de construir sistemas armamentísticos complejos de nueva generación en un momento en el que la UE trata de dotarse de mayor soberanía en defensa y cuando EE UU empieza a retirar su paraguas de seguridad. Y añade más presión y lecciones sobre otros proyectos que tratan de salir adelante.

En Bruselas se confía en que el golpe —otro más a la cooperación franco-alemana en un motor cada vez peor engrasado— no desvíe a la UE del objetivo: “Aumentar las inversiones en nuestra industria y nuestras empresas de defensa. Tenemos una meta para 2030”, responde un portavoz de la Comisión Europea, en referencia a iniciativas como el desarrollo conjunto de drones, de tanques o el programa SAFE (Security Action for Europe), 150.000 millones en créditos para que los Estados miembros colaboren en este tipo de proyectos.

Varias fuentes diplomáticas y de las instituciones europeas confían en que el fracaso del FCAS —en el que participaba España a través de Indra— no se contagie a otros programas. Apuntan a las particularidades propias del proyecto. Y a la actitud de la empresa francesa Dassault, que, según el Ejecutivo alemán, no habría accedido a compartir el liderazgo con Airbus. Para Francia (potencia nuclear), la cuestión decisiva era mantener el control exclusivo sobre las tecnologías necesarias para su disuasión nuclear, lo que complicó el reparto del liderazgo y de la tecnología entre los socios europeos, señalan fuentes del sector.

La valoración más contundente y crítica de lo sucedido ha llegado desde Bruselas, pero no desde las instituciones europeas sino desde el Gobierno belga. “Me ha decepcionado leer que Francia y Alemania no logran ponerse de acuerdo en el desarrollo de un avión europeo. ¡Qué pérdida de tiempo, qué arrogancia!“, ha lamentado este martes el primer ministro de Bélgica, Bart de Wever, en declaraciones recogidas por la prensa belga. El político de origen flamenco ha llegado a hablar de ”pura estupidez”.

“Alemania y Francia pretenden desarrollar tipos diferentes de aviones. Para Francia, la capacidad de transportar armas nucleares y de aterrizar en un portaaviones es esencial”, dice Marion Messmer, directora del Programa de Seguridad Internacional en Chatham House. “Alemania, por su parte, busca principalmente un caza con armamento convencional”, señala la experta en un análisis publicado este lunes, justo después de que trascendiera el abandono del caza.

Las diferentes necesidades de los dos países ayudan a entender, en opinión de Guntram Wolff, del instituto Bruegel, que “era probable que el proyecto acabara siendo muy costoso con una eficacia en la guerra moderna cuestionable”. En su lugar, este experto propone: “Ambos países deberían dar prioridad al gasto en infraestructura moderna de inteligencia artificial y en la nube, combinada con capacidades autónomas. Esto reportará beneficios militares y beneficios sociales más amplios”.

En Bruselas insisten en que el exceso de celo y control de las capitales, situando por encima el interés nacional que el conjunto, acaba provocando este tipo de situaciones. Y eso ofrece una señal y un aviso a navegantes para otros. “Hay que definir de manera clara una política de defensa común de la UE que hoy no existe”, dice una fuente europea. “Pero todos quieren usar esta ola para impulsar y potenciar la industria nacional”.

La ironía es llamativa: el FCAS naufraga en el momento en que la UE dispone de más recursos para defensa que en toda su historia, impulsado por la guerra de Rusia contra Ucrania y el divorcio con EEUU. Sobre la mesa hay dos instrumentos sin precedentes. El Fondo Europeo de Defensa (EDF), dotado con 8.000 millones de euros para el periodo 2021–2027, que financia investigación y desarrollo, pero no cubre sistemas armamentísticos a gran escala. Esa responsabilidad sigue recayendo en los gobiernos nacionales. Más significativo aún es SAFE, el instrumento de préstamos respaldado por la UE por valor de 150.000 millones de euros, diseñado para apoyar la adquisición conjunta de equipos de defensa.

En la práctica, SAFE refleja un enfoque más pragmático: financiar múltiples capacidades, a menudo desarrolladas en paralelo y, en ocasiones, a nivel nacional. Pero tiene cláusulas que permiten a los Estados que piden esos préstamos gastarlos en industria y prioridades nacionales. Es el caso de Polonia, por ejemplo, que ha pedido 40.000 millones de euros (frente a 1.000 de España) y quiere destinarlos a drones, inteligencia artificial, infraestructuras de defensa fronteriza y movilidad militar.

A pesar de la confianza en que no haya réplicas, en la capital europea el fracaso preocupa. La atención, explican fuentes de Bruselas, se centra ahora en otros proyectos conjuntos que podrían sufrir dificultades similares. El Sistema Principal de Combate Terrestre (MGCS), destinado a sustituir los tanques Leopard 2 de Alemania y Leclerc de Francia, sigue oficialmente en marcha, aunque acumula retrasos y crecientes dudas sobre su gobernanza y liderazgo industrial. Al igual que el FCAS, reúne a industrias nacionales de defensa con prioridades estratégicas distintas y en competencia.

El programa Eurodrone —inicialmente impulsado por Alemania, Francia, Italia y España— continúa su desarrollo, aunque la participación francesa ha quedado en entredicho tras la retirada de financiación por parte de París y las crecientes dudas sobre la viabilidad operativa y económica del sistema. Berlín, Roma y Madrid mantienen por ahora su apoyo al proyecto.

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