sáb. Sep 26th, 2026

El curioso caso de los barrios con nombres inventados por las inmobiliarias en México | Carta del corresponsal

Una imponente escultura metálica circular recibe a los visitantes del Cuadrante Polanco, un conjunto residencial de imponentes torres de departamentos en una zona de rápida transformación de Ciudad de México. En la acera de enfrente se construyen dos edificios más. Las torres del otro costado también aparecieron en los últimos cinco años. La grama (césped) está bien cuidada, los locales comerciales son prístinos y los guaruras (personal de seguridad privada) hacen sus rondas. Lo único que parece fuera de lugar es que, en realidad, no estamos en Polanco: las inmobiliarias que han levantado este nuevo barrio ostentoso han tomado prestado el nombre de la colonia de lujo por excelencia de la ciudad, con la que colindan.

La megalópolis de Ciudad de México, dividida en sus variopintas colonias —o urbanizaciones—, atraviesa una transformación acelerada y nada discreta. New Polanco, como se le dice con sorna, se asienta sobre manzanas que hasta hace pocas décadas constituían un parque industrial. En las inmediaciones conviven sedes de multinacionales, museos y concesionarios de Ferrari con fábricas de harina, estaciones eléctricas y hasta una planta cervecera que llena el aire con olor a cebada. El barrio, como otros similares en la ciudad, también es una expresión de los factores que están cambiando la cara a las zonas tradicionales y desplazando a las comunidades en las principales ciudades del país.

Los expertos lo han definido como una doble crisis en el mercado: de oferta y de asequibilidad, traducida en el alza sostenida de los precios de compra y renta y en la inclinación del portafolio hacia unidades de mayor valor. La gentrificación se come los barrios populares y obliga a los habitantes que han convivido durante generaciones a buscar nuevos rumbos, muchas veces en las periferias. También produce barrios que no existen en los mapas o demarcaciones oficiales: “Condesa Sur”, “Roma Oriente” y “Reforma Norte” se apropian de los nombres de las urbanizaciones de mayor plusvalía con las que limitan, en un intento por justificar los altos precios.

“Pero esto no es Polanco. Lo quieren hacer para atraer más gente para vender sus departamentos”, corrige Alfredo Sánchez, funcionario público retirado que ha vivido toda su vida, 68 años, en la “Cerrada de Andrómaco”, un pasillo angosto que recorre la distancia de una cuadra y alberga coloridas casas de dos o tres pisos a ambos lados. El contraste es tangible. El vecindario popular, un vestigio de lo que fue la zona, se ha quedado atrapado entre un centro comercial y un parque infantil que, detrás de altas murallas, forma parte de las áreas comunes de un conjunto de torres residenciales.

Algunos habitantes de las casi 60 familias que viven ahí dicen que sienten la presión de las inmobiliarias para vender sus casas y ceder el espacio a nuevos complejos. Y aunque pueda parecer una oferta tentadora, aceptarla no les permitiría seguir viviendo en su zona: las propuestas rondan los 2 millones de pesos (unos 115.000 dólares), mientras que un departamento en el área cuesta más del doble, cerca de 350.000 dólares.

En las principales ciudades —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey—, cerca del 78% del inventario digital de vivienda corresponde a propiedades de alto valor, según una radiografía del sector elaborada por Propiedades.com, un sitio web inmobiliario. “Esta configuración refleja una brecha importante entre la oferta digitalizada y las necesidades de vivienda asequible para una gran parte de la población”, agrega el estudio del segundo semestre del 2025.

La empresa, que rastrea aumentos de hasta 180% en las rentas en zonas de la capital, detalla que el encarecimiento ha desplazado a residentes hacia áreas aledañas con precios más accesibles, aunque estas “zonas de contención” comienzan a registrar un aumento en la demanda e indicios de revalorización. La Condesa y la Roma, donde palpita el corazón de la gentrificación de la capital, han empezado a desbordarse hacia otras comunidades, donde las fachadas art déco, que florecieron desde 1925, dan paso a edificios con gimnasio, terrazas y áreas infantiles.

En agosto de 2026, el precio promedio por metro cuadrado de vivienda en Ciudad de México se elevó un 4,4% y alcanzó cerca de 3.500 dólares, consolidándola como el precio más alto del país, de acuerdo con el seguimiento del banco Banorte. Según estudios académicos, es también la segunda ciudad más costosa de Latinoamérica, solo por detrás de Montevideo, en Uruguay, según el Relevamiento Inmobiliario de América Latina (RIAL) de la Universidad Torcuato Di Tella, en Argentina.

La Administración de la presidenta Claudia Sheinbaum ha reconocido el problema estructural, que también golpea el desempeño de la economía, y anunció el año pasado la meta de edificar y financiar 1,8 millones de viviendas populares, para beneficio de 12 millones de familias. En paralelo, el partido gobernante Morena promueve iniciativas legislativas en Ciudad de México para evitar que las desarrolladoras se asimilen a colonias de mayor plusvalía, en un intento que han denominado de publicidad engañosa y voracidad inmobiliaria. “Cuando cambia el nombre de un barrio, cambia quién puede vivir en ese barrio”, ha dicho la diputada local de Morena Cecilia Vadillo, quien promueve la propuesta.

Sin embargo, en la Cerrada de Andrómaco, que se ha hecho viral en redes sociales como reflejo de la disparidad, se quejan del abandono mientras temen por lo que pasará en los próximos años, mientras los servicios de electricidad y agua se han encarecido y han empezado a presentar fallas, dicen, ante el alto consumo de los vecinos. “Los políticos vienen, toman nota y se van. Nos preocupa que llegue un presidente al que se le bote la canica y nos diga que nos vamos porque nos vamos, con una indemnización que no nos alcance para vivir en la ciudad”, se queja José Mendoza, de 63 años. Su familia ha vivido en este pequeño vecindario durante tres generaciones. “Los de allá”, dice señalando los edificios en la otra acera, “quisieran que desapareciéramos”.

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