El belga Tim Merlier se impone en Burdeos, la capital del ‘sprint’ en el Tour de Francia | Ciclismo | Deportes
Entre power points, presentaciones en pantallas, análisis de excels, consultas a las IA que inventan la historia al gusto de quienes las solicitan, directores con anteojeras al volante, y caprichos, nadie del Tour recuerda a los viejos en Hagetmau, entre las Landas de Darrigade y el Armagnac de Ocaña, a tiro de piedra de Mont de Marsan donde acogedor Cescutti asilaba refugiados. Una plaza de toros —la puerta llamada Joselito, justo detrás del podio de firmas— y ni siquiera una referencia a Indurain, quien como Pogacar dejaba sonado al Tour con una exhibición, y a los rivales buscando recompensas en otros objetivos menores, etapas, podios, lunares, lo que sea, quedaran una dos o tres semanas de carrera, y aún solo se ha pasado un aperitivo con un Madiran ligerito y queda la grande bouffe de los grandes platos alpinos, tan indigestas sus salsas, tanta grasa.
Calima, humedad, casi 40 grados irrespirables. Una media de casi 47 kilómetros por hora normalita para esta década. Cuatro kilómetros clavados, desde el puente de Simone Veil adorada, la recta de la 82ª llegada en la que la pareja Van der Poel-Philipsen, terrible antaño, se deshace en los últimos metros para permitir que Tim Merlier, el rubito belga que sería el yerno de Frank Vandenbroucke y que sabe lo que es ganar etapas rápidas (50 por hora, la segunda de la historia, la media de la del año pasado en Châteauroux), se toque los por delante de todos los imaginarios galones de sus hombros.
De Darrigade, vecino en Dax, el mejor sprinter francés de la historia, y aún vivo (acaba de cumplir 97 años) deberían haberse acordado todos sabiendo que la etapa terminaba en Burdeos, la ciudad que más finales de etapa ha presenciado (82 con este), y casi todos ganador al sprint en las largas rectas que bordeando el Garona tan caudaloso y marrón cargado de barros y tierras de los vecinos Pirineos desembocan ante las columnas rostrales de la explanada Quinconces. Ganó 22 etapas en sus Tours, la última, justamente, en Burdeos: no se podía retirar sin honrar al Garona. Era el quinto en el ranking hasta el viernes del Tourmalet, cuando Pogacar, que nunca gana al sprint, le adelantó con 23.
Nadie ha destrozado a un pelotón del Tour tan completo —no falta este año ni uno, salvo viejas glorias, no falta ni un joven del futuro ni del presente— como Pogacar entre La Mongie y la brecha del circo del Gavarnie, pero la sencillez quirúrgica con la que se manejó el esloveno, lejanas las huellas del martirio, el sacrificio, la pizca de sal del heroísmo, la sangre, y la facilidad con la que cada uno de sus rivales –el derrotado en soledad Vingegaard; el grupito pre y adolescente, Ayuso, Seixas, Evenepoel, Lipowitz—asumió los hechos y la sumisión con la que lo aceptaron, convirtieron la hazaña en algo no mucho más complicado que una visita al dentista para un empaste. El dictador dictó sentencia, amén. Todo el honor para el ogro del pelotón y sus secuaces. Toda la gloria. “No soy malo, soy así”, se defiende Pogacar, “soy hijo de la genética de mis padres, que me han educado muy bien, y del buen rollo que he encontrado en el ciclismo desde niño, desde el equipo infantil de Liubliana. Ahí nacen la mentalidad, el carácter, el deseo, todo…”
Ocaña, que alimentó su rabia, su rebeldía ante cualquier poder, en las orillas del Adour por Mont de Marsan, su ataque en Orcières-Merlette que hizo doblar la espalda al ogro Eddy Merckx —“me ha matado como el torero mata al toro”, dijo el belga—, comparte con el de Pogacar la falsa inconsciencia de quien dice, qué es lo peor que puede pasar, y se hace gritar por el director desde el coche, adónde vas, loco, que lo vas a pagar. Quedan 70 kilómetros para la meta, el sol de los Alpes le abrasa la espalda, y Merckx está vivo persiguiendo, y enfadado. Ocaña pudo haber dicho, triunfante con 8m 42s sobre Merckx, que había ido más allá de la muerte y había regresado, no que se había jugado una cerveza con los amigos.
Merckx no aceptó la derrota. Hostigó a Ocaña todos los días, y este, nunca el mejor manejador de la bicicleta, sucumbió en un descenso de un pequeño col de los Pirineos una tarde que se hizo noche de repente, nubes negras apagaron el sol, y el granizo inundó la carretera, y el barro. Ocaña regresó a las puertas de la muerte. Otros llaman al timbre del dentista.
Solo Evenepoel podría hacer de Ocaña en este Tour del conformismo anunciado. Solo la rebeldía da vida y alimenta la fe en los sueños. Solo Remco levantó la voz en la balsa salvavidas en que se convirtió el grupo de jóvenes hundidos por Pogacar cuando comprobó que en vez de remar para acercarse a Vingegaard o Pogacar, los compañeros hacían cuentas, pensaban en cómo harán para derrotarlos en la lucha final por un puesto en el podio. El belga no se cayó y atacó a quien mejor podía atacar, a su compañero en el Red Bull Florian Lipowitz, tercero el pasado Tour. Le acusó de no colaborar en los relevos, de no trabajar bien. Lipowitz no abrió el pico, y el director de ambos, Patxi Vila les llamó a su habitación. “A ver, ¿quién es el primero que se disculpa?”, les urgió. Los dos se dieron la mano y casi un beso, y los viejos del ciclismo tiran de cultura y sabiduría y recuerdan que ninguno de los dos, el ególatra Remco, el callado Lipowitz, ha mamado precisamente la cultura ciclista como lo han podido hacer Van der Poel, nieto de Poulidor, o Merlier, las leyes de la convivencia entre celosos o el modo de comportamiento educado. Su pasado les disculpa. Evenepoel llega del fútbol (llegó a ser capitán del equipo juvenil belga y quizás, si no se hubiera cruzado la bici en su vida, se habría alineado contra España en el Mundial), y Lipowitz hace cuatro años aún estaba esquiando con una carabina al hombro y pegando tiras. Organismos de hierro, cabeza por rellenar, con historias, con memorias.
