Contra viento y marea, por fin llegó: Davidovich alza su primer trofeo en la élite | Tenis | Deportes
Nunca siguió una línea recta Alejandro Davidovich, como ese tenis suyo tan fluctuante, eléctrico, lleno de cabriolas e imprevisible que ahora, por fin, abraza lo que tanto tiempo llevaba buscando. Sucede en Mallorca, en sábado y sobre césped, después de haberlo tenido a tiro cinco veces. Se le negó primero en Montecarlo (2022) y el año pasado hasta en cuatro escenarios, de amago en amago: Delray Beach (habiendo dispuesto allí de dos bolas de partido), Acapulco, Washington (tres) y Basilea. No así en la hierba española, marco de su primer trofeo en la élite gracias a la victoria sobre el estadounidense Ethan Quinn: 7-6(4) y 6-3, en 1h 43m. Se contiene después de clavar el ace y en el instante del saludo al rival, pero al regresar al centro de la pista, el estallido sale inevitablemente despedido de su boca. Brinco, aterrizaje y grito cristianoronaldescos: “¡Síííííííííííííííííííuuuhhhh!”.
“Al principio tenía la mente en blanco, pero luego, como que he echado todos los fantasmas del pasado y toda la rabia acumulada… Estoy contento de haber roto esa barrera”, cuenta por videoconferencia a una reducida selección de periodistas, por fin liberado y muy tranquilo, con ese alarido redentor que cierra una larga etapa de intentos y expectativas frustradas. Llegó Davidovich con 18 años y ese aire vikingo, campeón entonces de Wimbledon como júnior, 2017, y de alguna forma nunca dejó de perseguirle aquella sombra. Aquel chico talentoso y heterodoxo creció y brilló rápido, pero al mismo tiempo fue adueñándose de él un estigma: destellos sin colofón. Antes del aterrizaje en Wimbledon, los triunfos ante Walton, Dimitrov, Marozsan y Quinn le guían hacia el premio que se le resistía y que, dice, en realidad no cambia tanto la historia. Su historia. Él, competidor singular.
— ¿Qué sentimiento pesa más, el de felicidad o el de alivio?
— El de felicidad. Ahora mismo no hay otro. Estoy feliz.
Habla el malagueño como el séptimo representante español que logra un éxito sobre césped —previamente lo consiguieron Andrés Gimeno, Rafael Nadal, Feliciano López, David Ferrer, Roberto Bautista y Carlos Alcaraz— y como el tercero que alza un título esta temporada después de que lo consiguieran el murciano (Australia y Doha) y Rafael Jódar (Marrakech). Lo hace Davidovich tras esa constante búsqueda de un equilibrio que se hace de rogar, porque la competición demanda una serie de cosas y por esa cabeza creativa fluyen la transgresión y los brochazos, y lo mismo se juega un saque de cuchara en una situación límite —para el recuerdo ese episodio de 2023 contra Holger Rune, en Wimbledon, “estaba cagao”— que despotrica, se viene abajo o corta la respiración con la dejada. Sin embargo, llega por fin la alineación.

Tiene el andaluz esos ramalazos de genialidad que le diferencian, un sello muy alejado del patrón tradicional: un calcetín blanco y otro negro, la forma circular del yin y el yang tatuada en la muñeca. Esos dos mundos que hacen de él estar en las antípodas de los picapedreros y aquellos amantes del método. Lo suyo es puro instinto. Sudores, también. “Hemos trabajado muy, pero que muy duro”, incide, “y sabía que bien ahora o bien en cinco años, iba a tener la oportunidad e iba aprovecharla. Sabía que podía dar la campanada y ha llegado ahora. En ningún momento he dudado de mí mismo, sentía mucha confianza. Sentía muy bien la bola. En el primer set estaba un pelín más tenso, pero en el segundo me he soltado y he planteado un partido físico”.
Artista vs. realidad
Davidovich se crio en la Cala del Moral, ama los animales y la música, y desde hace años lidia con un deporte y una mente de naturaleza complejas. “Hay que bajar al barro para saber que no quieres volver a estar ahí”, comentaba a este periódico en abril de 2025, después de haber terminado con su entrenador de toda la vida (Jorge Aguirre) y de haber dado un giro de 180 grados a su carrera, de aprender a no hacerse tanto daño a uno mismo. El tenis, o “aprender a ser un buen perdedor”. El artista tira de un extremo de la cuerda; la realidad de la élite de la otra. Y en esas sigue él, casado desde hace un año y menos revolucionado, recalca. Aun así, pimienta: el técnico Felix Mantilla abandonó el curso pasado el box en pleno partido, y hace exactamente un mes el argentino Mariano Puerta le plantó de un día para otro, en Roland Garros.
— ¿Hasta qué punto esto puede suponer un punto de inflexión para usted? ¿En qué medida puede contribuir a que reenfoque su carrera?
— He tirado abajo una barrera. Y ahora necesito estar tranquilo. Quizá deba reflexionar un poco conmigo mismo de camino a Wimbledon, de cómo quiero afrontar los siguientes pasos, pero creo que estoy bien rodeado, que me llegan buenos consejos y que yo soy capaz de escuchar. Nunca sabes qué va a pasar el día de mañana, pero ahora mismo estoy feliz. Lo que venga después, ya se verá.

Cuenta el tenista que antes de la final estaba jugando a cartas y riéndose, en vez de peleándose con la tensión, y que el respaldo de Pepo Clavet desde el banquillo y entre bastidores le ayuda a llevarlo todo un poco mejor. Davidovich ocupa virtualmente el puesto 23 del ranking y a sus 27 años confía en reforzar un crecimiento que confía en reflejar también en el All England Club, donde alcanzada la mayoría de edad enseñó la cabeza. “No voy a Wimbledon pensando que por haber ganado aquí vaya a hacer un gran torneo. Voy tranquilo, con confianza, sintiendo bien la pelota y siendo muy competitivo. Pero quien quiera ganarme tendrá que jugar a un nivel muy alto”, apunta después de haberse sacado la espina. Si a Alexander Zverev le faltaba un grande, a él se le reclamaba el bingo que ahora canta. Ya lo tiene.
— ¿Sentía que tenía algo que demostrar?
— No. Estoy en paz conmigo mismo. No necesito demostrar nada a nadie ni a mí mismo. Mi camino consiste en seguir trabajando y ser constante. Hay etapas buenas y etapas malas… y ahora estoy viviendo una buena, pero cuando llegue otra mala habrá que seguir entrenando duro para volver a las buenas.
