Carney hace bien en no pisar el fertilizante | Opinión

Estados Unidos y su vecino del norte seguirán compartiendo la frontera terrestre más larga del mundo incluso después de que el presidente Donald Trump abandone el cargo en 2029. Es una restricción inmutable sobre la capacidad de presión del primer ministro canadiense, Mark Carney, en una guerra comercial, pero también una ventaja duradera. Tras rechazar la última propuesta estadounidense, la paciencia parsimoniosa resulta más astuta que la presión extrema.
La Casa Blanca respondió, como era previsible, a la ruptura de las negociaciones del fin de semana con aranceles del 50% sobre 17.100 millones de euros en bienes canadienses. Carney, que calificó las exigencias de Washington de “antieconómicas” e “injustas”, prometió devolver el golpe “dólar por dólar”, lo que llevó a Trump a amenazar con extender esos mismos aranceles del 50% a la totalidad de los automóviles, camiones y componentes de automoción que entran en Estados Unidos.
En la interpretación de Carney, Trump quiere restringir la capacidad de Canadá de comerciar con otros países, además de plantear exigencias sin especificar relacionadas con la cultura, la lengua y la soberanía canadienses. El representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, afirmó que Canadá pudo haber rechazado el acuerdo “quizá por razones políticas”.
Canadá dispone de una opción nuclear que los dirigentes de Ontario y de otras provincias están dispuestos a activar: cortar el acceso estadounidense a los fertilizantes y a la energía del Gran Norte Blanco. Alrededor del 85% de la potasa que consume Estados Unidos, esencial en la agricultura, procede de Canadá, igual que unos cuatro millones de barriles diarios de crudo, el 60% de sus importaciones. Hacerlo dejaría claro que las dependencias van en ambas direcciones y añadiría presión económica sobre Trump.
Los riesgos, sin embargo, superan a las recompensas. Las materias primas, en particular, dependen de la fiabilidad del proveedor. Una vez que se encuentran nuevos suministradores, el negocio no suele regresar. La soja estadounidense resulta ilustrativa. En cuanto se convirtió en un arma de la guerra comercial con China, los acuerdos de compra para los agricultores estadounidenses se secaron. Incluso después de sellarse una tregua, Pekín solo se comprometió a adquirir 12 millones de toneladas métricas a Estados Unidos el año pasado, menos de la mitad que en 2024.
Lo lento y constante es el mejor camino. Carney tiene buenas razones para desdeñar cualquier limitación a la capacidad de Canadá de comerciar sin trabas con otros países. Su tarea prioritaria consiste en diluir el 70% de las exportaciones que se dirigen a Estados Unidos, como viene haciendo con la energía en India, China y la UE. La popularidad de Carney en casa le concede tiempo y capital político, mientras que el índice de aprobación de Trump, en torno al 35% con las elecciones de mitad de mandato a la vista, eleva las probabilidades de que Washington revise su política. No hay motivo para pisar el fertilizante.
