mié. Jun 10th, 2026

Annie Leibovitz echa a rodar el balón de nuevo

Uno podría preguntarse si la imagen de unos pies embarrados debe considerarse un retrato o no. La duda sobrevolaba la National Portrait Gallery en 1991, cuando la fotógrafa Annie Leibovitz (Waterbury, 76 años) realizó la primera retrospectiva de su obra, que ya entonces sumaba dos décadas de trabajo. La artista batalló por el : aquellos pies descalzos atrapaban mejor que el rostro la esencia del mejor futbolista brasileño de la historia. En aquella instantánea, argumentó ella, estaba Pelé. La galería entró en razón y Leibovitz tuvo su pequeño triunfo personal, parecido al que el propio jugador había tenido momentos antes de tomar la fotografía, 10 años antes, tras pelear con sus patrocinadores para poder posar con sus tenis viejas, como pedía la artista, en vez de con las nuevas. El delantero lo resolvió quitándoselas. “Cuando comencé a jugar de niño, no tenía zapatillas. Jugué descalzo durante años”, justificó. Aquel episodio es el que la estadounidense tenía en la cabeza cuando ideó su nueva exposición en la capital mexicana, Futbol 2026, en la que vuelve a adentrarse en ese universo 40 años después de realizar los icónicos carteles para el Mundial que hospedó el país en 1986.

Han cambiado muchas cosas desde que Leibovitz tomó las históricas fotografías. Ella misma lo ha hecho, reconoce. Más allá de los dos atléticos modelos en los que se apoyó para sus composiciones, en aquellos carteles destacaban por encima de todo los escenarios privilegiados en los que fueron tomadas. La pirámide de Chichen-Itzá es más protagonista que quien aparece sobrevolándola a pecho descubierto. En la nueva serie de fotografías, comisionada por las Fundaciones Televisa, Díaz Morodo y Coppel, la arquitectura ha sido sustituida por el movimiento de quienes protagonizan la competición deportiva. “40 años después, no me interesan las modelos, me interesan las personas. Me interesa la realidad del juego, lo que se requiere para poder jugarlo”, explica ella desde el imponente Museo de Antropología e Historia, que albergará la muestra desde este martes y hasta el 30 de agosto. “A veces simplemente quiero ver qué músculos están trabajando”, completa señalando una de las imágenes.

Cuando empezaron a hacer las fotos, cuenta, muchos de sus potenciales retratados no habían rechazado la propuesta pero tampoco terminaban de aceptarla. “Los futbolistas son personas bastante esquivas, nos costó mucho dar con ellos”, explica la prestigiosa artista. Así, las imágenes de los mexicanos Guillermo Ochoa, Edson Álvarez y Julián Quiñones, entre otros deportistas, son solo la punta del iceberg de un trabajo que continuará después, cuando acabe la competición deportiva que le ha obligado a pausarlo temporalmente. “Quise abarcar más de lo que podía”, confiesa. Le queda pendiente, por ejemplo, captar a la afición, “una parte muy importante de los partidos”, que solo están en la imaginación del que mira: ella se mantuvo lejos de los estadios y volvió a las canchas anónimas.

La conversación entre el trabajo de 1986 y el de 2026 continúa muchos años después y se extiende también hacia el pasado remoto. En la sala conviven las imágenes nuevas ―le encargaron 25― con una selección de cuatro de los 13 carteles que hizo para la convocatoria anterior. En el centro, además, ha colocado una vitrina con un conjunto de piezas prehispánicas de las propias salas del Museo de Antropología que remiten al juego de pelota que jugaban los mesoamericanos. Leibovitz fue hasta las zonas arqueológicas la primera vez y ahora son ellas las que de algún modo se han acercado hasta la artista.

Completa la exposición una pared-collage con más de 100 retratos sujetos por simples tachuelas ―una forma de evocar el entorno de un estudio― elaborados por la fotógrafa a lo largo de su carrera y que cuentan mejor que ninguna otra cosa quién es ella. Los rostros de Joan Didion, Elon Musk, Mick Jagger, Meryl Streep o Susan Sontag, quien fue su pareja durante 15 años, desfilan ante los ojos del espectador sin un orden preciso como algún día lo hicieron ante los suyos. La mirada de Leibovitz, las personas sobre las que se posó, son, como los pies de Pelé, su mayor autorretrato.

El enorme peso simbólico de la colección contrasta con el sencillísimo formato que las sostiene, y que deja todo el protagonismo a la enorme proyección con las tomas nuevas, que también incluye fotos anteriores realizadas a futbolistas como Zinedine Zidane o Cristiano Ronaldo. De ellos, es el reciente retrato del francés Mbappé, en una habitación de hotel con un balón sobre la cabeza, el que para ella da pie a ciertas conversaciones sobre “los objetivos” que tienen los jugadores hoy. “Capta algo que creo que los jóvenes jugadores pueden imaginar o aspirar a conseguir algún día”, apunta.

La última vez que la reconocida artista había viajado a México fue en 2016, y lo hizo para una exposición sobre mujeres que elaboró con la periodista Gloria Steinem, uno de los mayores referentes del movimiento feminista estadounidense de los años 60 y 70. “Esta es una ciudad fascinante y con un gran espíritu artístico. [Hay] gente increíble. Aquí las mujeres tienen mucha seguridad en sí mismas. Me encanta aquel periodo que pasamos con Gloria″, reconstruye ahora a partir de un retrato que le hizo a la escritora. Ella no ve a sus modelos como “celebridades”, señala. De hecho, detesta esa palabra. “Los veo como actores o escritores. Me centro en la esencia de lo que hacen”, defiende.

La relación de Leibovitz con México es intermitente desde hace décadas, pero siempre hay un regreso esperando en el horizonte y el siguiente será especialmente estimulante. La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, ha accedido a ser fotografiada por ella, y también prepara un proyecto en el Museo de Frida Kahlo. “Todavía estoy trabajando en qué haría [con Sheinbaum]. Mucho de lo que hago depende de lo que me dan, de lo que es posible. Me encanta que sea una mujer, que es inteligente, lista y fuerte, y que se las arregla de maravilla frente al vecino de al lado, donde vivo. Donde a veces desearía no vivir”, matiza la fotógrafa. “La admiro por todo eso”, completa.

Las palabras cambian cuando habla, justamente, de la persona con la que lidia la mandataria mexicana cada día. Annie Leibovitz fotografió al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando él todavía era solo un empresario y su esposa, Melania Trump, estaba embarazada. En la ya icónica instantánea, él aparece esperando sentado en su coche mientras su mujer posa en las escaleras de un avión. “Hace tiempo que no le fotografío y estamos intentando organizar algo. No siempre te tiene que gustar lo que vas a hacer, pero es importante en el contexto general. Si quiero completar mi trabajo sobre nuestra época… Si hay alguien que sea importante en ella, quiero fotografiarlo”, argumenta la retratista, que se considera afortunada por haber podido fotografiar a mucha gente que admiraba y que le importaba. “Pasé mucho tiempo en la Administración Obama”, ejemplifica. Con independencia de los personajes a los que retrata, Lebovitz ama algo por encima de todo ello, y ese algo es su trabajo. “Voy a morir con las botas puestas”, sentencia, y su pisada sobre el cemento hace que suene tan simbólico como literal.

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