El futuro de Marc Murtra al frente de Telefónica si Feijóo llega a La Moncloa | Opinión

Telefónica apenas atisba el top diez de empresas más valiosas del Ibex, muy lejos de días más gloriosos en los que rozaba los 107.000 millones de capitalización. Corría el año 2007 y la gobernaba César Alierta. Era, sin discusión, la primera corporación del país. Hoy no llega a los 20.000. Paradójicamente, el declive experimentado por la empresa en estas décadas no la ha borrado del primer plano mediático ni la ha convertido en caza menor. En primer lugar, por su carácter icónico. Desde 1967 y hasta su definitiva privatización 30 años después, se convirtió en un referente del capitalismo popular, a lomos de las famosas matildes, las acciones que salieron al mercado popularizadas en televisión por el actor José Luis López Vázquez. Alcanzaron de inmediato la condición de activo refugio. En segundo término, porque en el accionariado figuran o han figurado grandes pesos pesados del establishment nacional, como La Caixa o BBVA. Pero, sobre todo, porque Telefónica acaricia ya las tres décadas de idilio, en forma de puertas giratorias, entre el poder corporativo y el político. Aun hoy, no es difícil rastrear cargos con vínculos partidistas, de diferente signo, en el estructura. No se salvan de ese estigma las designaciones de los presidentes. El 10% del capital que desde esta legislatura atesora la pública Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI) acentúa la capacidad -y la tentación- de nombrar perfiles a dedo, incluidos consejeros. Controlar Telefónica desde La Moncloa supone, por tanto, poner una pica en Flandes. Y de paso, mandar un mensaje al entramado corporativo.

A partir de aquí, es fácil inferir que, si en las próximas elecciones generales convocadas este lunes, Alberto Núñez Feijóo confirma las encuestas y se convierte en el nuevo inquilino de la avenida de Puerta de Hierro, el futuro del actual presidente de Telefónica, Marc Murtra, estará en el alero. El ejecutivo de 54 años y nacido en Blackburn carga con dos pecados, uno original y otro sobrevenido. El primero enlaza con su adscripción histórica al PSC, relación que es fácil ligar a la decisión del Ejecutivo de otorgarle el timón de empresas tan codiciadas como Indra o, sin solución de continuidad tras prescindir de José María Álvarez-Pallete, de la propia Telefónica. La mancha sobrevenida enlaza con que su gestión no ha conseguido en ningún momento levantar el vuelo. Murtra accedió al cargo con la acción de la compañía en 3,97 euros; los títulos cerraban este lunes en 3,43. Durante sus casi dos años de gestión, los accionistas no solo no han notado para bien el cambio de guardia, sino que han visto esfumarse unos 3.000 millones extra. Si el drama de la cotización fue una coartada válida para que el Gobierno socialista enseñara la puerta de salida a Pallete -que se puso al frente de la firma en abril 2016 con los títulos en 9,50 euros y 47.000 millones de valor-, no sería menos legítimo que el PP lo utilizará como excusa para ejecutar el adiós de Murtra.

Más allá de los números, como en la célebre película La regla del juego de Jean Renoir, “lo verdaderamente terrible en el mundo, es que cualquiera tiene sus razones”. No hay buenos y malos. Murtra puede argumentar, no sin cierta razón, que necesita algo más de tiempo. En efecto, y para empezar, habita un sector endiablado que no facilita la operación corporativa que la empresa demanda desde hace años. “Primero, ganaría tamaño mediante la compra de una firma más pequeña, y luego buscaría un gran acuerdo con Deutsche Telekom”, aseguraba Alierta en sus últimos años, consciente de la necesidad de fortalecer la empresa y de blindar su futuro con una operación europea de campanillas, fruto de un gran acuerdo político. Aunque ninguno de los dos ha dado muestras de tener el coraje de pensar en grande, ni Murtra ni Pallete son dos advenedizos: saben que hacen falta fusiones. Hoy, sin embargo, no hay transacción en el entorno internacional que cree valor y no implique un desembolso inferior a los 4.000 millones, lo que obligaría a la compañía a acometer una ampliación de capital y diluir todavía más al accionista. El sueño húmedo que recorre la casa, el asalto de Digi, implicaría una larga travesía por los procelosos caminos de competencia. En todo caso, podría acogerse Murtra a que ni el flamante plan estratégico Transform & Grow ni los recientes cambios organizativos han tenido margen para despegar. Ahora bien, ¿cómo conseguir ese tiempo? Y sobre todo, al margen de su faceta como gestor, ¿cómo superar el factor político, que solo atiende a razones de conveniencia?

Un plan alternativo

El amplio círculo de asesores que -previo pago de su importe- se mueve en torno al presidente de Telefónica desliza desde hace semanas una tesis que abriría un haz de luz para la continuidad de Murtra. Hace hincapié este heterogéneo grupo en la debilidad del PP en dos feudos que, llegado Feijóo a La Moncloa, necesitaría pacificar o, al menos, que no se echen al monte en la próxima legislatura. Se trata de los frentes vasco y, sobre todo, catalán. Y en este último, el garante de la estabilidad en tanto freno de cualquier deriva soberanista es Salvador Illa. Una forma de tejer una entente cordiale que satisficiera al president y, al menos, amansara por ahora a esas huestes pasaría por que el presidente popular ponga paños calientes al desmantelamiento del entramado de cargos ligados al PSC que se han hecho fuertes en el sector público empresarial. Se trata de primeros espadas -de Maurici Lucena (Aena) a Murtra, pasando por Ángel Simón (Indra)-, pero también de bien remunerados segundos niveles.

Para forjar esa eventual liason, no falta quien ya busca correas de transmisión en el mundo económico. En suma, ilustres -y útiles- intermediarios. Se da la circunstancia de que, para jugar ese partido entre bambalinas, tanto José María Álvarez-Pallete -ahora más ocioso- como el propio Murtra forman parte del patronato de la Fundación La Caixa, alma y espíritu del imperio industrial forjado desde las Torres Negras de la Diagonal. Sería mala idea ir por libre. No está claro que Isidro Fainé, en plena forma pese a sus 84 años, esté listo para abdicar de ese poder en la sombra que ha ejercido durante tantos años. Tampoco sería inteligente minusvalorar su visión estratégica. Si bien durante la primera parte de la legislatura el holding de La Caixa apoyó al Gobierno en operaciones delicadas, como el refuerzo del bloque nacional en el accionariado de la propia Telefónica tras la irrupción en el mismo del capital saudí, desde entonces se ha afanado en poner distancia de forma evidente. El despido fulminante de Ángel Simón como consejero delegado de CriteriaCaixa, el holding inversor del grupo, y su nombramiento poco después como presidente de Indra, con la intervención activa del Ejecutivo, terminó de escenificar un distanciamiento que ya se observó con el relevo de Pallete. Fainé tuvo que ver cómo el ejecutivo madrileño, a quien nunca retiró su apoyo y al que ayudó de todas las formas posibles -incluso con un generoso respaldo a la acción-, recibía el finiquito en el Palacio de la Moncloa con absoluto desprecio a las prácticas de gobernanza propias de una firma cotizada.

El guiño De Paz

En ese juego de poder, los gestos importan. También cuándo se implementan. Llama la atención que Telefónica e Indra, las dos empresas más señaladas por su vinculación al Gobierno a través de la SEPI, hayan acometido en los últimos días sendas renovaciones de sus cúpulas. En el caso de la teleco, resulta llamativo el desmantelamiento del consejo de administración de Movistar Plus, un movimiento que, básicamente, supone sacar a Javier de Paz de uno de los escaparates más lujosos de la corporación. Adjunto a la presidencia, directivo con casi dos décadas de trayectoria en Telefónica y de larga relación con el PSOE y con José Luis Rodríguez Zapatero, De Paz aparece en la investigación judicial sobre la consultora Análisis Relevante, sociedad instrumental del expresidente. Fuentes próximas a Murtra aseguran que éste ha sido siempre reticente a tomar cualquier decisión que menoscabara su peso en la estructura. No es casualidad que, como premio de consolación y tras el paso atrás en la plataforma digital, le haya otorgado un puesto de nueva creación como encargado del desarrollo de negocio en el ámbito europeo, atribución que se suma a su responsabilidad en el negocio inmobiliario y en Telxius, la filial de cables submarinos que preside. Se trata, en todo caso, de una función de menor alcurnia, acaso un revés medido que avala la tesis del guiño al nuevo tiempo que asoma y que, de fraguar, no tiene sitio para el otrora secretario general de las Juventudes Socialistas.

Cualquier alternativa, no obstante, topa con la voluntad de Feijóo, si finalmente llega al poder. Está por ver hasta dónde quiere llevar su promesa de “derogar el sanchismo” y, sobre todo si, como ha esbozado hasta ahora, esa laminación alcanza de lleno al mundo corporativo. También es relevante descifrar qué plazos maneja Génova y si, a la hora de verdad, afloran viejos complejos al reconfigurar el entorno empresarial, sobre todo el público. Recuerdan los viejos del lugar que Alierta continuó al frente de Telefónica con Zapatero. Desde luego, el día después una eventual victoria electoral, la cola de postulantes esgrimiendo el qué hay de lo mío dará la vuelta a la vetusta sede del PP en Chamberí. Una presión que sumar, si sus escaños importan, a la de un Vox ávido por desbaratar todo lo que huela a Ferraz. A primera vista, poco espacio para la realpolitik entre tanta fiera.

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