La vendimia sufre la falta de mano de obra: “A mí los extranjeros me salvan el culo” | Economía

Ya no se lleva agachar el lomo en septiembre. La vendimia, que durante décadas supuso interesantes ingresos para los jóvenes rurales o arribados desde la ciudad, padece la despoblación y el desprestigio de las actividades del sector primario. Los viticultores sufren cuando madura la uva porque no queda mano de obra para recogerla y solo mediante la ayuda de trabajadores migrantes consiguen recoger el fruto de las vides que durante décadas o siglos nunca vieron esa escasez de personal. Los distintos estamentos del sector en Castilla y León, emblema del vino, coinciden en que, aparte de algunas ofertas casi esclavistas, las condiciones son buenas, con casa y coche para los trabajadores, además de un sueldo superior a 12 euros la hora, pero que la propia irregularidad del mercado y el desprestigio generacional del campo llevan al abandono primario.

Donaciano Dujo, del sindicato Asaja, dibuja el escenario: “Más de la mitad de los trabajadores por cuenta ajena del sector agrario son inmigrantes”. “Nos hace falta mano de obra, desearíamos cualificada porque la maquinaria o la ganadería requiere conocimientos y no la encontramos en las comarcas”, destaca. Se ofrecen sueldos superiores al salario mínimo, casa y coche para los extranjeros que lo precisen. Aunque Dujo reconoce que algún agricultor se propasa, considera que en general “el campo trata bien a la gente”. Este profesional explica que la sangría demográfica priva de juventud para estos empleos temporales y lamenta que estos “se vayan a las oficinas y dejen los trabajos manuales”.

Daniel Maestre, bodeguero burgalés de 41 años, atiende desde el tractor en sus tierras en la prestigiosa Ribera del Duero durante esta adelantada vendimia por los calores históricos. “Estoy encantado, la gente siempre habla de extranjeros dando problemas pero a mí me salvan el culo”, valora. Él cuenta con una cuadrilla fija de unas 15 personas, con solo dos nacionales y el resto africanos, ya sea para la complicada poda o en la actual vendimia. Maestre comenta que quienes hacen horas extra en campañas buenas se llevan “1.800 euros limpios que mandan a sus países” porque él les da casa, coche, combustible, agua y luz. El agricultor reflexiona sobre cómo en las ciudades se gana menos dinero y se paga más alquiler por trabajar en “oficinas sin ventanas y jefes gritando”. Y le “cuesta entender” que se quejen del “trabajo físico” pasando en cambio jornadas en una silla y yendo luego al gimnasio.

“La culpa muchas veces es de la gente que decía ‘estudia y márchate’, si trabajabas en el campo eras un fracasado. Los que trabajan en Telepizza ganan parecido y van allí; aquí ganan mucho dinero en poco y nadie quiere venir más que extranjeros, que luego se les persigue”, zanja. Una de sus trabajadoras es Raquel González, profesora de 35, que gana un extra estas semanas también gracias a que en su familia siempre se ha vendimiado. “Ribera ha sido siempre muy familiar o de amigos, mi experiencia es bastante buena”, indica, triste ante la “tónica general” de jóvenes desdeñando el campo: “Antes íbamos todos los del pueblo”. Ella, por cuatro días y asegurada y con comida, se ha levantado casi 500 euros y tampoco se ha herniado o agotado físicamente. No ayudan ofertas como las que se ven en portales de anuncios laborales, como este anuncio de agosto u otros similares: “Se necesita gente para vendimiar en Toro; 60 euros el día, 8 horas de trabajo, gente con papeles y coche. No hay alojamiento”. Maestre se sulfura ante ofertas de este tipo. “Si no puedes ser rentable, no puedes explotar y volver al látigo”, protesta.

Juan Príncipe, de 29 años y bodeguero de Cigales (Valladolid), lamenta esas propuestas injustas y apostilla que el gremio suele cuidar mejor de su gente, aunque cueste encontrarla, con comidas grupales y buenas maneras. Los precios pírricos que encuentra a veces los achaca al mercado, que más que regularse solo exprime a algunas comarcas: hay uvas que se venden a 55 céntimos el kilo, pero que en Albacete cuestan 20 céntimos, así que el comprador acude al ahorro sin importarle la calidad y todo el sector lo sufre. Juan Ruiz, de la Denominación de Origen Rueda, comenta que en zonas como esas “el 98% se recoge a máquina” pero que para lo poco restante también hay dificultades para encontrar trabajadores; Alicia Vidal, bodeguera de ese entorno, ratifica esa situación y valora la importancia de tener “un equipo todo el año”, cuadrillas que hacen distintas labores y que se mantienen en picos como la vendimia.

Un habitante de Ribera que pide anonimato evoca que hace solo 20 años él y sus colegas se afanaban entre las vides para obtener esa propina: “Cuando yo hacía vendimia, eran épocas de mucho estudiante que se sacaba una pasta; venían autobuses todos los días desde Valladolid a muchas bodegas”. El perfil ha cambiado, añade, pues “la gente que va ahora ya es gente muy obligada por la situación de cada uno, te encuentras el 80% o 90% de extranjeros y a veces incluso personas mayores que llevan tiempo en paro y que no les contratan en ningún sitio”. Algo más de éxito hay en las bodegas como tal, no a pie de campo bajo el sol, con tareas más mecánicas y menos duras: “Yo hace muchos años que no sé de ningún chico joven que diga ‘voy a vendimiar al campo’, sí a la bodega, pero al campo no va ninguno. Ya son generaciones”.

Con una visión algo distinta, el veterano viticultor vallisoletano Ramón Sanz lamenta que quien viene de fuera a trabajar a la vendimia, “salvo honradas excepciones, no tiene hábito de vendimia, no lo ha hecho antes”. Frente a las críticas a los colegas que plantean condiciones leoninas, se limita a contestar: “En esta vida hay de todo”. En su opinión, “las condiciones las marca el mercado; se pagan unos 14 euros la hora o la poda a unos 16 a empresas de servicios; a partir de ahí ya no es rentable”. Este profesional también apunta a la brecha generacional: “Todos los que tenemos una edad hemos vendimiado, ha habido un cambio tremendo y nadie quiere ese trabajo”. Y sentencia: “Del campo ha huido todo el mundo y se ha criminalizado al agricultor; no hay buena publicidad”.

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