España desde el año 2000: cambiar todo para no movernos | Economía nacional e internacional
En el año 2000, España y Polonia eran economías “gemelas”. No tanto en renta, pero casi en su forma. Concretamente, si desmontábamos las dos economías en sus ramas productivas y comparábamos los pesos, salía un dibujo muy parecido. Industria parecida, construcción parecida, servicios parecidos. Después de 23 años, sin embargo, no se parecían en nada.
Mientras el acceso del país del este europeo a la UE y su cercanía a Alemania le ofrecieron la posibilidad de acceder a inversiones industriales, España dedicaba buena parte de su esfuerzo a levantar viviendas. Aquello, sin duda, será una de las grandes explicaciones de por qué, en dos décadas y media del siglo XXI, nuestra productividad apenas si se movió mientras los salarios reales hacían lo propio.
A modo de análisis de datos, en estos días de verano he realizado una serie de ejercicios que me han permitido, siempre sin demasiada profundidad, tratar de encuadrar a las economías europeas por su grado de similitud. Para hacer esto hay varias técnicas, pero en esta ocasión he preferido comparar el “ADN” productivo de las economías a partir del peso que 63 ramas de actividad muestran para cada una de ellas. Del mismo modo que los de IA convierten el texto en listas de números y proceden a predecir las frases y palabras que siguen unas de otras mediante el cálculo de distancias, en este ejercicio he comparado las distancias entre las economías precisamente comparando sus vectores de 63 cifras usando métricas similares.
Así, tomando las 63 ramas productivas que publica Eurostat, se calcula cuánto pesa cada una en la economía, y ya tenemos un vector, que nos habla de ese “ADN” productivo. Como España es un vector y Alemania es otro, puedes calcular la distancia entre ellos. Si fijas un país “modelo”, algo subjetivo y que debe solo indicar que este ejercicio depende exclusivamente de esta decisión, puedes computar las distancias de los países, así como sus movimientos, a quién nos acercamos o de quién nos distanciamos, siempre con los países de mayor éxito o peso de sectores de mayor valor añadido.
Así, entre 2000 y 2023 (último año con datos), España es, de las grandes economías europeas, la que más ha cambiado su estructura productiva. Nos hemos transformado casi cuatro veces más que los alemanes (eje horizontal de la figura adjunta), que es justo lo contrario de lo que dice el tópico sobre la economía española rígida e incapaz de reinventarse. Sin embargo, durante esos mismos años fuimos la cuarta economía del continente que más terreno cedió frente a la frontera tecnológica europea.

Conviene aclarar qué significa ceder terreno. El bloque de ramas tecnológicas pesa hoy en España lo mismo o algo más que en 2000. Ceder no significa desmontar.
Todo lo que se cuenta en esta columna debe considerarse en modo relativo. Lo que pasó es que en los países que marcan la frontera ese bloque creció con fuerza, mientras aquí se quedó donde estaba. Y en un ejercicio de convergencia como este, quedarse quieto es la definición exacta de perder.
Sin duda, la tesis del coste de la burbuja y su posterior ajuste explicaría bien esta evolución. Construcción e inmobiliarias llegaron a suponer el 21,2% del valor añadido español en 2008, el mayor ciclo del sur de Europa. Fue en este momento donde perdimos buena parte de nuestra posición relativa. Pero el ajuste posterior se llevó por delante 3,4 millones de empleos. Y esto, sin duda, deja marca.
Sin embargo, ese movimiento se mantiene incluso si la construcción es eliminada del cómputo. Al sacar el ladrillo del cálculo, el deterioro apenas se suaviza un 5%. El 95% restante de nuestra caída ocurrió en el resto de la economía, en ramas que nada tenían que ver con ladrillos y grúas. El ajuste posterior fue también relevante.
Cabe destacar, por relevante, que todo el retroceso se concentró entre 2000 y 2013; los 13 puntos perdidos son de esos años. Desde entonces, la posición española estuvo congelada hasta 2019, año desde el que se asiste a una tibia recuperación.
Y es que nuestra actual mayor anomalía sectorial respecto a Europa, y que explica buena parte de esta deriva más reciente, es la hostelería (sin duda, el turismo pesa en esos datos). Ninguna otra rama se desvía tanto de la media europea. Es, literalmente, la firma estadística de la economía española. Nuestro gen característico.
Pero no solo fue la hostelería. Otros servicios como los de seguridad, limpieza o las tareas administrativas subcontratadas, ramas todas ellas que dan empleo rápido y son de productividad baja, aumentaron su peso, al menos en empleo. Ahí fue a parar buena parte de la gente que salió de la obra.
Pero aquí no acaba la cosa. El avance de la construcción y la recolocación de personal poco cualificado en servicios de bajo valor añadido, a los que debemos sumar los movimientos internacionales del comercio mundial, presionó a una industria que perdía peso en fabricación de vehículos, en electrónica o en química, sectores donde aún seguimos siendo potencia global, pero que ha visto reducir su “firma” en nuestro código genético. Y son sectores de buenos salarios y alto valor añadido. Mientras lo ganamos en informática y consultoría.
Pero este trueque tiene derivadas ciertamente importantes, no solo en valor añadido y salarios. Por ejemplo, la electrónica, que perdió peso en este período, dedicaba el 30,2% de su valor añadido a investigación. Un sector que lo ganaba, como era la informática, solo el 3,6%.
Dicho lo anterior, hay dos matices que juegan a nuestro favor. El primero es de medición. Las etiquetas oficiales deben leerse con cautela. La clasificación europea de sectores de alta tecnología premia a República Checa por ensamblar productos industriales, aunque su inversión real en investigación esté por debajo de la media comunitaria. España sufre el efecto contrario. Cuando dejas la etiqueta a un lado y miras el gasto empresarial en I+D dentro de las ramas donde de verdad estamos, España aparece en 0,61% frente al 0,62% de los países frontera.
El segundo es más de fondo. Las empresas españolas que investigan son buenas de verdad; muy competitivas. El problema no es cultural o de calidad, solo aritmético. Son pocas empresas. Ninguna de las dos cosas cambia el agregado. Las dos cambian el diagnóstico.
Dado todo lo anterior, y una vez más, surgen propuestas de política que ayuden a mejorar la dirección del cambio. Cualquier política industrial que se plantee en estos años, y los fondos Next Generation nos dejan una buena lección sobre ello, debería medirse con un criterio sencillo y simple: si mueve trabajo y capital hacia ramas con más I+D por euro producido, sirve; si vuelve a generar empleo en ramas por debajo de la mediana de productividad, estamos repitiendo errores pasados con otro nombre.
España es la cuarta economía más central de Europa, la cuarta más cercana al centro de gravedad productivo del continente. Estamos en mitad de todo. Y llevamos 23 años dando vueltas sobre ese centro. Es hora de avanzar.
