La inflación, el déficit y la fiebre por la IA disparan el interés de los bonos a máximos de dos décadas | Economía

Si el mundo es un lugar cada vez más imprevisible, con una energía más cara y cada vez más gobiernos y empresas buscando capital para financiarse, los inversores exigen una rentabilidad cada vez más alta para prestar dinero a largo plazo. Esa es la conclusión a la que parecen estar llegando estos días los poderosos inversores del mercado de bonos, donde los intereses se están disparando a niveles de hace más de veinte años. Los denominados vigilantes de los bonos (bond vigilants, en inglés), grandes instituciones que abren y cierran el grifo de la financiación y pueden llegar a convertirse en la pesadilla de los gobiernos que descuidan sus cuentas públicas, están recordando al mundo que prestar dinero tiene un coste más alto cuando la incertidumbre es mayor. Su advertencia no ha desatado aún el pánico vendedor, pero sí evoca momentos del pasado de gran tensión para la deuda y riesgos para la estabilidad financiera.
El bono de EE UU a 30 años cotiza al nivel más alto desde mediados de 2007, en el 5,3%; el alemán al mismo plazo alcanza máximos de 2011, el británico de 1998 y el francés, de 2008, un 4,9%. La deuda española muestra un comportamiento algo mejor, con el bono a 10 años en el 4,4% y el de 30 en el 3,7%. La piedra angular del sistema financiero mundial, el bono de EE UU a 10 años, alcanza el 4,7%, niveles de 2023 que superan los alcanzados con la declaración de guerra comercial de Trump o el ataque sobre Irán.
Ese conflicto y el shock energético que ha causado el cierre del estrecho de Ormuz están en el origen del ascenso actual del coste de la deuda: una energía más cara trae más inflación, subidas de tipos y unos inversores que no quieren perder poder adquisitivo. La frágil tregua entre EE UU e Irán ya ha finalizado y no hay visos de volver a las negociaciones. Es más, Donald Trump declaró este martes el estrecho de Ormuz “nuevo territorio de Estados Unidos”, un anuncio que contribuyó a encarecer el petróleo —el brent, de referencia en Europa, suma un ascenso del 30% desde que comenzó la guerra y está en 90 dólares— y a debilitar a la Bolsa mientras las rentabilidades de los bonos seguían al alza. “Normalmente, cuando el rendimiento del bono estadounidense a 10 años supera el 4,65%, le han seguido unas palabras tranquilizadoras por parte de la Administración de Trump, que suelen centrarse en una resolución inminente de la guerra con Irán. Esta vez no estamos escuchando lo mismo”, reconocen los expertos de ING.
Sin una solución a la vista para Ormuz que permita abaratar la energía, la perspectiva inevitable es más inflación, escenario que los inversores creen que está para quedarse. A esa escalada de precios impulsada por la energía se suman factores estructurales latentes y que se reactivan en momentos de máxima incertidumbre, como sucede con el elevado déficit y gasto público de las grandes economías occidentales. Los elevados déficits fiscales son motivo de preocupación para los inversores y un mayor coste de la deuda se puede convertir en un problema para la financiación de ese déficit y para la sostenibilidad del endeudamiento soberano. La semana pasada, EE UU vendió bonos del Tesoro a 30 años al tipo de interés más alto en un cuarto de siglo y pagó el mayor coste desde 2007 por la deuda de referencia a 10 años. Este martes, Alemania vendió 4.000 millones en bonos a 30 años, al mayor coste desde 2011. “Las tensiones en los mercados financieros, la incertidumbre política o una posible crisis de liquidez podrían provocar un aumento de las rentabilidades de los bonos soberanos, lo que, a su vez, elevaría los costes por intereses incluso en el muy corto plazo”, señala Eiko Sievert, director ejecutivo del sector público y soberano de Scope Ratings.
En este sentido, si bien el mercado no está poniendo en cuestión la sostenibilidad de la deuda soberana estadounidense, sí aprecia debilidades y lo refleja en esa mayor exigencia de rentabilidad para sus bonos. “Las finanzas públicas estadounidenses son ahora significativamente más vulnerables a futuros shocks que durante la crisis financiera mundial, cuando la ratio deuda sobre PIB se situaba en el 65% en 2007, prácticamente la mitad del nivel actual”, añade Sievert.
Su previsión es que la deuda pública estadounidense aumente desde el 124% del PIB en 2025 hasta el 138% en 2030, un nivel que sería superior al de todos los países de la zona euro —con Italia a la cabeza, con un 136%—, aunque seguiría por debajo del 200% de Japón. Y el enorme gasto militar de la Administración de Trump no apunta precisamente a una reducción de ese endeudamiento. Tampoco las elevadas inversiones que se prevén en Europa para elevar el gasto en defensa o afrontar la transición energética. Alemania, inmersa en un ambicioso plan de gasto público, no dudó este martes en lanzarse al mercado a captar financiación a 30 años en una emisión sindicada, ajena a las subastas marcadas en el calendario, a pesar de que su coste fue el mayor desde 2011.
En definitiva, la perspectiva es de más endeudamiento, acompañado de más déficit, de modo que las ventas de los inversores se están concentrando en los plazos más largos, donde se hace notar más la desconfianza hacia las políticas fiscales. Las rentabilidades en los plazos más cortos también suben, pero con mucha menor intensidad. “Lo único que podría cambiar eso es un repentino debilitamiento de los datos económicos o algún tipo de perturbación externa. Lo segundo parece más probable que lo primero”, explica Chris Iggo, director de inversiones de AXA IM, en declaraciones a Bloomberg.
A la perspectiva de más inflación y más endeudamiento se suma la fiebre inversora en la inteligencia artificial. El ingente coste de los centros de datos está llevando a los gigantes tecnológicos a emitir deuda a unos niveles sin precedentes, y esa irrupción en el mercado de capitales supone competencia para los gobiernos que también buscan financiación. En EE UU, la emisión de bonos con calificación de grado de inversión acaba de alcanzar un nuevo récord para el mes de agosto, con 145.000 millones de dólares. Así, hay más deuda disponible para comprar —de calidad y no solo de gigantes tecnológicos— y los inversores están por tanto en condiciones de exigir más rentabilidad a los emisores, también al Tesoro estadounidense.
“Una fuerte ola de ventas en el segmento a largo plazo del mercado de bonos del Tesoro de EE UU suele ser una mala noticia para las divisas de los mercados emergentes y para el riesgo en general. Aún no hemos llegado a ese punto, pero una nueva subida de los rendimientos podría aumentar la presión sobre la Fed para que actúe”, concluyen en ING.
