mié. Jul 22nd, 2026

Jasper Philipsen gana al ‘sprint’ una etapa del Tour de Francia convertida en una clásica | Ciclismo | Deportes

Por allí resoplan los Alpes y por aquí, en Voiron, a las puertas de Grenoble, se disputa una clásica, como todos los días del Tour: los nombres de la primavera se hacen con la carrera siempre, Pedersen, dinamitero combativo, nitroglicerina vestida de verde; Jasper Stuyven, viejo peleón inteligente que intenta repetir su Milán-San Remo victorioso de hace cinco años; Van der Poel, un anillo para dominar a todos, generoso compañero como solo los grandes maestros pueden serlo, y Philipsen, el otro Jasper, que se lleva por fin la victoria tan esquiva el 26 de las canículas, la undécima de todos sus Tours.

El calor retorna en el horno de Chambéry, donde el Tour vive una clásica mañana de transición. Pelean en los pensamientos de los seguidores el anhelo de adicto por los Alpes que vuelven a respirar bien cerca y prometen un fin de semana inolvidable con la resaca gustosa de la contrarreloj entre las estaciones termales tan modernistas, esa que al pasar la lengua por los labios resecos la mañana siguiente se recuerda lo bien que estuvo la noche. Se mezclan las promesas de la pelea que se avecina entre Del Toro y Seixas tres días seguidos —jueves, la Orcières-Merlette de Ocaña derrotando al dragón caníbal Merckx; viernes y sábado, el Alpe d’Huez que estrenó Coppi cosecha 52, mitificó Hinault y tiñó de amarillo a Perico— con el recuerdo de la embriaguez por la belleza que genera Evenepoel, una gota de agua su cuerpo ovillado en la bici, sus cortos antebrazos permitiendo que su cabeza se acomode entre ellos, su naricilla, y sus piernas ligeras sobre los pedales, y tanta potencia, 430 vatios durante casi 20 minutos, siete por kilo, extraordinario; y el extrañamiento admirado por la doble personalidad de Pablo Castrillo, un Jano absoluto siempre en pie de guerra. Sereno, inmóvil, potente, sobre la cabra mientras asciende sobre el lago Léman el martes tan rápido casi como Seixas y Del Toro en la contrarreloj; inquieto, revuelto, bamboleo imparable de cabeza, ding-dong, ding-dong, cuando, al día siguiente, tránsito molecular instantáneo, ataca bravo a cuatro kilómetros, en el repecho final hacia Voiron. La misma fuerza, la misma potencia extrema, el mismo deseo, una sed inextinguible, y el mismo resultado: la promesa de volver a intentarlo el día siguiente.

Los del Caja Rural debutantes aparcan su autobús al lado de sus vecinos navarros del Movistar, el equipo más veterano del Tour (presencia ininterrumpida desde 1983, 44 ediciones, cuando eran Reynolds debutantes) y hablan con ellos. Oye, qué razón teníais, les dicen, el Tour es mucho más aún de lo que imaginábamos y temíamos, es como un hijo, hasta que no lo tienes no sabes lo que es. No solo toda la liturgia, la importancia ritual de cada gesto, cada detalles, también la carrera, imparable, sin pausa. Más de 47 por hora, 174 kilómetros resumidos en poco más de tres horas y media, en una etapa tan dura como la que llega a Voiron, donde el boticario maestro de las hierbas de un monasterio cartujo inventó el Chartreuse, y una fuga de 47 que se divide en mini pelotones, varios corredores por equipo, cada uno con su sprinter, su gregario, su escalador, su líder, y todos los mejores del ranking mundial. Así son las fugas del Tour, donde una victoria de etapa vale por todo un año de trabajo de todo un equipo, y la misma felicidad. Y los Pablo Castrillo, Movistar y Caja Rural que intentan asomar la cabeza, aun a riesgo de perderla.

Juan Ayuso sigue quinto, esperanzado, pese a dos días malos (en Solaison y la contrarreloj) que le alejan del podio. Sus padres hablan con él en la puerta del autobús entrecerrada, persianas bajadas de confesionario. “¡Fuerza, hijo!“, le dicen, y su motivación se exalta, y los de su equipo, dinero y estructura germánica, alma italiana aún, confían en que el sábado sea Sábado Santo, como tantos del Giro, mueran unos, resuciten otros, y el suyo en lo más alto. La gente del Lidl achaca lo de la contrarreloj a que aún no saben cómo organizarle perfectamente los lunes de descanso para que los martes no sean dolorosos, aunque va mejorando. Salió atrancado en la subida, y entre 20 vatios menos que dio y 20 menos que tiene, se le fue el minuto con el dúo de niños —el francés y el mexicano— y los dos con los monstruos que le esperan en Alpe d’Huez, viernes por las 22 curvas, sábado por el inédito en ascenso col de Sarenne, un descubrimiento que no alcanza por un metro los 2.000 de altura. “Hay subidas más duras en el Tour, pero, sí, supongo, que las más icónicas son el Mont Ventoux, el Tourmalet y Alpe d’Huez”, dice el esloveno que sigue proclamando su insaciable sed de victorias y solo lamenta los dolores de tripa de su fiel Adam Yates, que salva el día en un mini grupeto de agotados. “Y el sábado será más icónica que nunca, ¡es la etapa reina!”.

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