La vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial | Mundial 2026 de Fútbol

Mientras llega la hora de la final contra Argentina me ha dado por ponerme trascendente y pensar por qué nos altera tanto el fútbol, por qué nos consumimos por dentro de una manera tan irracional. Quizás sea porque del fútbol no depende nuestra vida pero sí gran parte de nuestra felicidad. Y no me refiero a esos hinchas argentinos que son capaces de hipotecar o incluso vender su casa para acompañar a su selección en un Mundial. No llego a tanto, sobre todo porque mi mujer no me dejaría. Una vez escribí en un artículo que nunca había sido tan feliz como jugando al fútbol y aún me recuerda de vez en cuando si el día de nuestra boda o el nacimiento de nuestros hijos están por debajo de ese grado de felicidad. No he acertado aún a explicárselo. He llegado incluso a desear que me gustase un poquito menos el fútbol para poder disfrutar más de él, sin sentir esa angustia que te encoge el estómago en cada jugada de peligro. Sobre todo cuando llega un mundial. Por ello quizás sea capaz de recordar los anuncios del descanso de un partido jugado hace más de medio siglo, como aquel épico España-Yugoslavia del 74 en Frankfurt del que les hablé hace unos días: “¿Quiere saber cómo quedará el España-Yugoslavia?. Léalo en Barrabás, la revista satírica del deporte”. Luego venían las repeticiones más interesantes del primer tiempo ofrecidas por la red de asistencia SEAT, pero allí solo salía el puto gol de Katalinski que nos dejó sin el mundial de Alemania.

Yo le digo a mi mujer a modo de consuelo que no es para tanto, que los hay mucho peores, como los hinchas argentinos, o como sucedió en un hospital de México en el mundial del 86 que se disputó en su país. Recuerdo una foto en la portada de este periódico. Sobre una mesa de operaciones un grupo de cirujanos intervenía a un paciente, no recuerdo si por una apendicitis o una rotura de menisco. Tanto da. El caso es que allí estaba tendida sobre un quirófano una persona anestesiada, que puso su vida en manos de unos tipos que habían hecho un juramento hipocrático, con la carne abierta por la cintura o la rodilla. Junto a los equipos electrónicos para comprobar el pulso cardiaco del paciente alguien había puesto un televisor. Jugaba México a la hora programada para la intervención. En la foto el grupo de médicos y enfermeros salían más atentos al partido que a no extirpar una apéndice sana o no confundir la rodilla buena con la mala. Me imagino al cirujano principal con el escalpelo en la mano justo cuando el mexicano Negrete marcó de media chilena uno de los goles más bellos y decisivos de la historia. La información no contaba cómo acabó aquella operación.

Si han seguido esta serie de columnas mundialistas que hoy concluye, habrán podido apreciar que a veces las profecías se cumplen, también en el periodismo. No siempre íbamos a ser especialistas en predecir el pasado. Uno empieza a escribir sin tener claro qué contar, y luego ya el teclado te va guiando, como siguiendo un sendero. Así se me ocurrió ir narrando mis neuras futboleras, los recuerdos tejidos desde aquel gol de Katalinski que martirizó a nuestra generación. Son los únicos que no se borran de mi disco duro cerebral. Están a prueba de virus. Luego por probar suerte he ido uniendo presente y futuro en cada crónica. La primera vez salió bien, apeamos a Austria tomándonos cumplida venganza de nuestra derrota en Argentina 78. A partir de ahí ya estaba obligado a doblar la apuesta en cada columna. Así vencimos a Bélgica en cuartos de final (nuestros verdugos en México 86) y a Francia en Semifinales (nos dejaron en la cuneta en Alemania 2006). Para cumplirse la profecía era necesario por tanto que nuestro rival en la final fuese Argentina y no Inglaterra. A los británicos ya les habíamos derrotado con el famoso gol de Zarra en el mundial de Brasil 50, nuestra mayor hazaña hasta el reciente ciclo de éxitos. Las señales eran claras, tenía que ser Argentina. Solo nos hemos medido una vez contra la albiceleste, en el mundial de Inglaterra 66, y nos mandaron para casa. También allí fuimos como campeones de Europa, igual que ahora. Solo queda pues cruzar los dedos y confiar en que se cumpla el vaticinio.

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