La quiebra económica de la xenofobia | Economía
Unanimidad. Ningún estudio sobre el balance del Brexit, diez años después de iniciado, le anota ningún logro. Todos certifican el desastre que allegó.
Un retroceso en la economía, de entre el 6% y el 8% del PIB. Una mayor brecha de prosperidad relativa (PIB per capita), de unos ocho puntos, entre España-Italia-Países Bajos, que aumentaron en torno a un 112%, y Reino Unido (104%) (Financial Times). Y una huida de 900.000 millones de libras (más de un billón de euros) en activos financieros de la City, al continente.
En política, la autodestrucción del partido tory que lo propulsó, y su trasvase a la ultraderecha más chovinista y agresiva, amén de la alteración de todo el sistema institucional.
Históricamente, restalla ahora el desencaje de una nación —que aún influía hace diez años— en el mundo del desorden internacional y de la agónica pelea por la hegemonía entre las dos grandes superpotencias, EEUU y China. De “país referente de la UE”, que afianzaba su “especial relación” con EE UU, pasó a erial prescindible, salvo por su potencia militar y atómica.
El lector atento lo palpó, aquí se subrayó año tras año. Y se ha corroborado estos días al publicarse los resultados de distintos trabajos académicos. Todos concuerdan y convergen: del Global Trade Policy Observatory (GTPO) al NBER, pasando por el Center for European Reform (CEP), la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria (OPBR), el Centre for Economic Policy Research (CEPR), o en demoscopia, el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores: dos tercios quieren volver. Nunca hubo un episodio suicida así, el “primer caso” de desmantelamiento, aunque limitado, de “una integración económica” (GTPO, 18 de junio). Romper Europa lleva al abismo… a quien lo intenta.
Para evitar disparates parejos, es clave identificar su causa principal. La operación fallida se presentó como un plan para mejorar el nivel de vida ciudadano, tras años de declive. Su fundamento doctrinal se forjó en una fe nacionalista exacerbada, autosuficiente, supremacista: ellos solos lo harían mejor, recuperarían el control de sus viejas leyes, y sin el corsé de la Unión multiplicarían las ventajas de su influencia individual: el Global UK. El banderín de enganche, o combustible propagandístico y amoral del Gran Engaño fue el recelo al Otro (sobre todo, europeo; incomodaban menos los criados coloniales), una “prioridad nacional” xenófoba a tope: sajar el número de extranjeros.
Así ocurre con las recetas imbéciles, todo falló. Empeoró el nivel de vida. No logró en muchos años reducir las llegadas de inmigrantes, en 2022 y 2023 llegaron a ascender a un millón (de no europeos): urgía mano de obra, no destruirla. No amplió la red comercial que tenía desde la Unión, apenas logró reengancharse a sus tratados previos, y cuatro propinas, frente a los de la UE con Canadá, Mercosur, India, México, Australia… Jibarizadas la anterior ventaja comercial global y su exportación al continente, la economía encogió.
Last but not least. La UE había retrasado su declive postimperial. Al cortar amarras por su patología reaccionaria, Reino Unido perdió el ancla que le vinculaba al mundo presente. Y que actualizaba su potencial en un marco más amplio, fuerte y eficaz. ¿Quién defiende ahora su cheddar?
