Alemania avanza sonámbula hacia un estancamiento permanente | Opinión

El shock energético provocado por los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán está causando un daño considerable a Alemania, pero ni siquiera es el mayor problema económico del país. Tras seis años de crecimiento plano, la economía apenas repuntará este año y el próximo, pese al programa de estímulo presupuestario de 500.000 millones de euros del Gobierno. En ausencia de reformas de calado, que Berlín parece incapaz o poco dispuesto a acometer, el país corre el riesgo de quedar condenado a un estancamiento a largo plazo.
El conflicto en el Golfo implica un golpe significativo para Alemania, ya lastrada por unos costes energéticos elevados desde que tuvo que renunciar al gas ruso barato tras la invasión de Ucrania. En un reciente informe conjunto, los cinco más influyentes institutos económicos del país redujeron a más de la mitad su previsión de crecimiento del PIB para este año. Ahora esperan una expansión del 0,6% en 2026, frente al 1,3% previsto antes. Para 2027, anticipan un crecimiento del 0,4%, menos de la mitad de su previsión de otoño, del 0,9%.
Pero el impacto del shock energético, basado en la hipótesis de los institutos de que las tensiones en el estrecho de Ormuz se atenúen en el segundo semestre, solo explica una parte de la historia del debilitamiento del crecimiento. Representa menos de la mitad de la revisión a la baja, de 0,7 puntos porcentuales, de la previsión para este año. El resto se debe a la revisión de los obstáculos estructurales.
En los últimos cinco años, el crecimiento de Alemania ha quedado rezagado respecto al de la UE en una media anual de 1,8 puntos. Y, de cara a 2030, Alemania parece atrapada en un limbo de crecimiento cero. Seguirá ahí hasta que el Gobierno sea capaz de abordar los fallos estructurales de largo plazo que durante años quedaron ocultos por el sólido comportamiento exportador de la economía, pero que ahora se hacen cada vez más evidentes. El crecimiento potencial –el nivel de actividad que podría alcanzarse para lograr el pleno empleo sin provocar inflación– se sitúa entre el 0% y el 0,4% anual en los próximos cinco años, lastrado por una combinación desfavorable de factores productivos.
Para empezar, la población en edad de trabajar se está reduciendo. De los 51 millones de personas en 2024, el número de personas de entre 20 y 66 años caerá hasta 41 millones en 2070, suponiendo una inmigración moderada, según la oficina nacional de estadística Destatis. Incluso podría descender hasta 37 millones si la migración neta es baja. Todo ello en un país que ya presenta el menor número de horas trabajadas por persona empleada de la OCDE. En 2024, esa media fue de 1.331 horas, un 22% menos que en Italia y un 12% menos que en el Reino Unido. En parte, se debe a una elevada proporción de trabajadores a tiempo parcial.
Un problema profundo
El problema se agrava por la debilidad de la inversión y de la productividad, los otros dos motores del crecimiento. Esa fragilidad implica que la economía alemana no tiene una vía evidente para contrarrestar la realidad demográfica de una fuerza laboral menguante y un número decreciente de horas trabajadas. Según el informe de los institutos, la contribución anual del capital al crecimiento potencial será de apenas un 0,1%. En otras palabras, la inversión privada no impulsará de forma significativa la capacidad global de la economía. Y la productividad seguirá disminuyendo, en torno a un 0,1% anual.
La falta de inversión, tanto privada como pública, lleva mucho tiempo siendo el talón de Aquiles de Alemania. La segunda, tras años de caída, repuntará ahora que el canciller Friedrich Merz planea gastar 500.000 millones de euros en infraestructuras y otros proyectos clave, dejando atrás décadas de extrema cautela presupuestaria. Pero el aumento será lento. Gran parte dependerá de si los poderosos gobiernos regionales y los municipios tienen capacidad para gastar, superando la actual escasez de proyectos “listos para ejecutar”. Los planes locales también corren el riesgo de perderse en el laberinto de regulaciones y burocracia que sigue atenazando a la economía. Según el Consejo Alemán de Expertos Económicos –el órgano de cinco economistas que asesora al Gobierno–, los costes burocráticos en que incurren las empresas como resultado de las regulaciones federales ascendieron a unos 65.000 millones en 2024, o el 1,5% del PIB
En cuanto a la inversión privada, tras caer un 5% el año pasado, ha vuelto a su nivel de 2015. Y una cultura del ahorro conservadora y adversa al riesgo no ayuda.
El año pasado se depositaron muchas esperanzas en el programa de gobierno de la nueva coalición, liderada por los conservadores de Merz e integrada también por los socialdemócratas de centroizquierda. En lugar de ello, se está instalando la parálisis. La última crisis energética, unida al creciente desafío electoral del partido ultraderechista Alternativa para Alemania en muchas regiones, retrasará los intentos de afrontar los retos estructurales de largo plazo de la economía.
Basta con observar el debate sobre si amortiguar el golpe del shock energético para los hogares. Profundiza las divisiones tradicionales entre los socialdemócratas, partidarios de las subvenciones, y el enfode los conservadores, más orientado al mercado. El resultado es la inacción de la coalición, que no hace sino alimentar la percepción de disfunción de los partidos tradicionales. Otros asuntos controvertidos incluyen la reforma a largo plazo del sistema de pensiones, que será más difícil de acordar en plena desaceleración económica, tras un informe largamente esperado que se conocerá dentro de un par de meses. También lo será un plan integral que asuma la necesidad de una política migratoria sensata para un país con una fuerza laboral en declive, soplen como soplen los vientos electorales.
Hace más de 20 años, en una época en la que el país era conocido como el “enfermo de Europa”, un Gobierno socialdemócrata encabezado por Gerhard Schröder puso en marcha un conjunto de medidas radicales de reforma del mercado laboral que reactivaron la economía. Las reformas de 2003 a 2005 fueron tan profundas que Schröder perdió el cargo pocos meses después a manos de Angela Merkel, que aprendió la lección y evitó agitar las aguas durante sus 16 años como canciller. Merz y sus socios de coalición deben ahora elegir entre el riesgo político de reformar y el peligro económico de un estancamiento permanente.
Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías
