Carolina Marín, el cuento imperfecto es más bello | Deportes

El triunfo encierra su propia ruina. El ascenso imparable aboca al vacío. Y es bello que así sea. Es hermoso que la épica de Carolina Marín escape a su final más plano y previsible, ese final aburrido de las historias redondas como las de Jordan, Federer o Messi. Es sublime –porque es trágico, y solo lo trágico es sublime en el deporte– que la épica no dependa de algo tan vulgar y poco humano como ganar o perder. Y ahí está la grandeza del final de este cuento, su extraordinaria potencia narrativa.
Esa niña de Huelva que empuña una raqueta de bádminton donde lo normal era coger una de tenis y consigue ganar el oro olímpico, tres mundiales, siete europeos y pasar a la historia, más que por todo eso, por un grito. Por ese grito de dolor, rabia y frustración –esa metáfora de todo lo humano– que lanza al cielo de París tras caer lesionada y abatida a un paso de la final olímpica, de la gloria deportiva.
Ese instante, que sin ella saberlo era su retirada del deporte al que había consagrado toda su vida, es el final más bello –con perdón– para su carrera. Duele verla en el vídeo de ayer vestida de civil, sin rastro de felicidad en el rostro, interpretando el papel del soldado que regresa del frente con la mirada de las mil millas tatuada en el rostro por mucho tiempo. Ha visto demasiado, sus facciones asoman a traumas no sellados. También duele oírla decir que hubiera preferido marcharse en la pista pero que eso ya no será posible. Que su tercera rodilla maltrecha ha impedido el cuento de hadas de los héroes olímpicos: la atleta que regresa al campo de batalla, venga su honor y revierte su destino para coronarse de laurel. Y sin embargo, es muy poco humano ese relato de gloria deportiva y miel eterna en los labios. Hay derrotas que engrandecen una historia. A veces, cuando todo se rompe, ese instante dota de un sentido mucho más profundo el camino recorrido hasta ese grito.
Ese grito de dolor es la cima heroica de Carolina Marín. Su final nietzscheano. No era en el podio donde más podía brillar su leyenda. Era en el suelo, en mitad de las sombras del dolor físico, el fracaso competitivo y la rotura anímica, donde más brilla este cuento tan abrupto y hermoso en su dureza final. Ella, que con tantas chinas y coreanas se batió, seguro que termina apreciando El elogio de la sombra de Junichirô Tanizaki. El escritor japonés hablaba de la belleza que anida en lo incompleto. En la belleza sublime de lo que no acaba de brillar con plenitud. En la hermosura creada con el juego de sombras. La fuerza estética de las penumbras.
Así ha terminado Carolina Marín: sin una última victoria. Pero la épica no necesita victorias. Necesita gesto, forma. En el grito estuvo el gesto. En su terquedad para mantenerse en la pista de París estuvo la forma. Ese es el final, en diferido, de Carolina Marín. Se rompió y dejó suspendida la historia. Sin cerrar. Sin encajar. Con las tripas abiertas para asomarse al auténtico vacío: el que dejan los límites humanos. No hay medalla que iguale ese recuerdo. Y la mayor victoria de un héroe es la de ser recordado. No recordamos a Filípides porque llegara a Atenas desde Maratón. Sigue vivo porque murió.
