La realidad física altera la torre de marfil de los mercados | Opinión

En los dos últimos años Israel (con y sin Estados Unidos) e Irán han intercambiado ataques aéreos por salvas de misiles en varias ocasiones. En cada una de ellas, el impacto sobre el mercado petrolero ha sido prácticamente nulo; medido no en días sino en horas. La relativa resiliencia de los mercados ante otros ciclones invocados por Donald Trump ha incentivado, también, una cierta circunspección en el mercado tras el ataque de hace una semana. La subida en el precio del petróleo ha sido más paulatina que explosiva; el mercado ha preferido cotizar los profundos riesgos que implica el cierre del estrecho de Ormuz de forma progresiva y a medida que fueran ganando verosimilitud… Es decir, al contrario de lo que suele hacer.

Llama la atención que el gran subidón en el precio no haya llegado con el inicio de los bombardeos o el bloqueo marítimo, sino este fin de semana, sobre todo tras el nombramiento del nuevo líder iraní. Entre el escepticismo y la complacencia hay una fina línea, y cabe pensar que muchos inversores temían tanto a la crisis energética como a quedarse atrapados en posiciones bajistas si el viento cambiaba de repente. No ha sido así y, de hecho, el discurrir de los acontecimientos ha seguido el curso que cabía esperar, a la luz tanto de las palabras de Trump como de la paradójica situación en que ha quedado el régimen de Teherán: demasiado debilitado como para tener incentivos a sentarse en una mesa, pero aún con capacidad suficiente como para castigar infraestructuras y tráfico petroleros.

Los escenarios a partir de aquí son una quimera, porque el comportamiento del mercado no es lineal: la percepción de escasez siempre agudiza la propia escasez y, en situaciones de estrés, las reacciones son particularmente imprevisibles. El Ibex está registrado oscilaciones intradía del 3% casi en cada jornada, y el petróleo del 15%. El mercado, también, está demasiado tocado como para adoptar una tendencia clara, pero no tanto como para entrar en pánico.

Al final, tenderá a imponerse la realidad física, y no es muy esperanzadora, a menos que empiecen a pasar barcos por Ormuz. La solución de los oleoductos es un mal arreglo (en términos cuantitativos y cualitativos) y, cuanto más dure el conflicto, más difícil será recuperar la normalidad y más probable es que se vean afectadas infraestructuras críticas. La salida de la crisis energética (real o larvada) no vendrá de dinámicas financieras, sino geopolíticas. Teniendo en cuenta que no están claros los motivos ni el objetivo de la guerra, se antoja un tanto difícil vislumbrarla.

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