Wall Street declara la guerra al fisco: un billón de euros busca cómo pagar menos | Negocios

A David Hauser le encanta invertir en índices que replican el comportamiento de las Bolsas. Tiene poca confianza en que los gestores profesionales puedan batir al mercado. Sin embargo, por una vez ha traicionado esta convicción y le ha entregado cinco millones de dólares a un profesional que utiliza técnicas de inversión cuantitativas.

Lo que busca Hauser no es solo generar alfa tradicional para su dinero —obtener un rendimiento por encima de la media—, sino también lograr alfa fiscal, es decir, ser capaz de reducir la factura impositiva y, con ello, aumentar el valor de su cartera. ¿Cómo lo hará el gestor que acaba de contratar? Con una mezcla de posiciones largas —apuestan porque un determinado valor subirá— y cortas —se benefician si esas mismas acciones caen—. Con ello, si acierta, no solo obtendrá beneficios, sino que compensará las posibles ganancias con las pérdidas a la hora de hacer la próxima declaración de la renta.

“Cuando me lo propusieron, pensé que hacerlo sería imposible sin aumentar considerablemente el riesgo de la posición global de la cartera, pero cuando lo analicé con detalle la volatilidad que asumía me pareció más razonable”. Hauser, residente en Las Vegas, no está solo. Después de tres años muy alcistas en Wall Street, han proliferado las estrategias de inversión que prometen optimización fiscal a los estadounidenses más adinerados. En la actualidad, hay más de un billón de dólares invertidos con esta finalidad a través de fondos de cobertura, fondos cotizados (ETF, según sus siglas en inglés), cuentas individuales y otras estrategias. “El denominado alfa fiscal es, ahora mismo, la mayor fuente de rentabilidad que se puede ofrecer a los clientes”, destaca Samuel Harnisch, fundador de Quantitative Financial Strategies.

Como cada dólar que ahorran los inversores supone un dólar menos para las arcas del Gobierno, el crecimiento exponencial de estas técnicas de ingeniería fiscal aplicadas a las inversiones genera una preocupación creciente en determinados ámbitos financieros y políticos, especialmente en un momento de gran desigualdad económica y aumento del déficit fiscal. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos se dispone a intensificar el escrutinio de al menos una de estas tácticas, aunque los críticos argumentan que las autoridades deben ir mucho más allá para erradicar estas prácticas, que además exponen a los inversores a nuevos riesgos por su complejidad.

Las estrategias de generación de alfa fiscal varían en cuanto a objetivos, complejidad y agresividad. En el lado más conservador están los ETF que programan la venta de acciones para evitar el pago de dividendos, reduciendo así la base imponible del fondo. En el otro extremo, algunos hedge funds generan gastos que pueden compensarse fiscalmente tanto con los salarios de los clientes como con ganancias a través de otras inversiones.

Frec es la firma elegida por Hauser para tratar de optimizar fiscalmente sus inversiones. Se trata de una start-up con sede en San Francisco. Su fundador, Mo Al Adham, considera que la proliferación de este tipo de estrategias representa una democratización de las finanzas, una industria donde hace un lustro las tácticas de inversión más complejas estaban reservadas solo a los grandes patrimonios.

Al Adham, exempleado de Twitter e Instacart, nunca había trabajado en finanzas, pero se inspiró para lanzar Frec en sus propios intentos de diversificar su sueldo, que contenía un alto porcentaje de la retribución en la entrega de acciones. La fortísima revalorización de la Bolsa estadounidense en menos de una década, impulsada en gran medida por el crecimiento de las empresas tecnológicas, significa que hay muchos más inversores cuyo patrimonio está concentrado en unas pocas acciones. Al igual que Al Adham, muchos trabajaban en Silicon Valley y recibían acciones de las empresas en las que trabajaban como salario.

Un caso similar al de Al Adham es el de Srikanth Narayan. Este exempleado de Uber y Waymo creó Cache. En un principio, lo hizo para gestionar su patrimonio personal, muy concentrado en acciones de estas dos empresas tecnológicas. Ahora, su firma administra cerca de 1.500 millones de dólares de terceros después de dos años en funcionamiento. En febrero, Waymo empezó a comercializar entre sus clientes una estrategia con posiciones cortas y largas, que se suma a su oferta principal, que incluye la operativa conocida Box spread (el cliente pide un préstamo avalado por su cartera mediante opciones, lo cual genera liquidez sin tener que vender ningún activo y genera deducciones fiscales por pérdidas de capital), y la denominada Exchange funds o fondos de intercambio (varios clientes ponen en un mismo fondo sus acciones para diversificar la cartera y beneficiarse de las exenciones que conlleva la inversión colectiva).

Cambio de paradigma

Este tipo de atajos existen desde hace décadas, pero hasta hace poco eran habituales entre la élite de Wall Street, es decir, grandes bancos como Morgan Stanley y Goldman Sachs. Sin embargo, el umbral de entrada era alto —normalmente, un millón de dólares en activos—, lo que los hacía inaccesibles para la mayoría de los inversores. Gracias a la tecnología, empresas como Cache han reducido ese umbral a 100.000 dólares, con comisiones más bajas. “Los costes están bajando y la demanda de estrategias con un fin fiscal está aumentando”, reconoce Wes Gray, consejero delegado y fundador de Alpha Architect. Su firma se ha consolidado como pionera en inversiones con optimización impositiva, aprovechando frecuentemente la eficiencia de los ETF para este fin.

Además de las grandes entidades de banca privada y las empresas financieras emergentes, grandes gestoras de activos como BlackRock o Vanguard están acelerando en el campo de los servicios fiscales, bien de forma orgánica, bien adquiriendo empresas especializadas. Una de las herramientas más habituales son las denominadas cuentas gestionadas individualmente (SMA, por sus siglas en inglés). Esta modalidad consiste en que el inversor compre directamente los valores de un índice como el S&P 500, en lugar de hacerlo a través de un fondo, lo que facilita la recuperación de pérdidas mediante la venta de valores en los que se acumulen minusvalías. Según la consultora Cerulli, en septiembre de 2025 había 1,1 billones de dólares invertidos según este tipo de indexación directa.

Como era de esperar, el complejo de optimización fiscal suscita numerosas críticas. Existen claros argumentos éticos en contra de reducir la carga fiscal de los ricos a expensas de los ingresos públicos, especialmente cuando los más adinerados tienden a ser los que más se benefician, lo que agrava la desigualdad.

“La ingeniería financiera no ha hecho más que sofisticarse”, afirma Steve Rosenthal, exsocio del bufete de abogados Ropes & Gray LLP y asesor legislativo del Comité Conjunto de Impuestos. “Los ordenadores son más grandes y potentes. La IA está a la vuelta de la esquina. Así que tenemos un sistema tributario anticuado y obsoleto que intenta adaptarse a los tiempos modernos caracterizados por el uso ingente de la tecnología para diseñar una ingeniería financiera cada vez más eficiente”, añade.

A pesar de que estos desafíos requerirían una respuesta urgente, reguladores y supervisores no están teniendo demasiada prisa por atajar el agujero en las cuentas públicas. En uno de los pocos intentos de reducir algunas de las lagunas legales Ron Wyden, el principal demócrata en el Comité de Finanzas del Senado, propuso un proyecto de ley. Su iniciativa restringiría los beneficios fiscales de los fondos de intercambio y de las conversiones 351 (un mecanismo fiscalmente eficiente en EE UU que permite a los inversores transferir acciones individuales o carteras diversificadas con grandes plusvalías a un nuevo ETF, sin generar impuestos inmediatos sobre las ganancias de capital). Es extremadamente improbable que la propuesta —una versión actualizada de una presentada por Wyden hace cinco años— se convierta en ley sin que los demócratas tomen el control del Congreso y la presidencia. La mayoría de los republicanos prefieren reducir aún más los impuestos, por ejemplo, eliminando los gravámenes sobre sucesiones, en lugar de cerrar los paraísos fiscales.

Pasividad del Congreso

“El Congreso ha aprobado numerosas políticas fiscales para fomentar iniciativas como el ahorro para la jubilación y los seguros de vida asequibles para las familias de clase media, pero nunca tuvo la intención de que la evasión fiscal se convirtiera en una estrategia de inversión fundamental para los ultrarricos”, afirma Wyden por correo electrónico. “El Congreso no ha hecho lo suficiente para frenar a los abogados y contables que se dedican a explotar las lagunas legales”, añade.

El Departamento del Tesoro está en conversaciones preliminares para ejercer un mayor escrutinio de las conversiones 351, según adelantó Bloomberg en febrero. Esto podría significar que queden calificadas de “transacciones de interés”, lo que significa equipararlas con una actividad con potencial para la evasión fiscal; y eso requiere permisos adicionales al Servicio de Impuestos Internos (IRS). Pero esto se produce en un contexto de erosión de los mecanismos de cotrol fiscal. El IRS, que hace cumplir la ley tributaria estadounidense, ha sufrido una fuerte reducción de su personal, recortes presupuestarios y frecuentes cambios en la cúpula de la entidad. “Tenemos al Congreso, al IRS y al Tesoro sentados de brazos cruzados mientras todo esto sucede”, dice Bob Lord, asesor principal de política fiscal en Patriotic Millionaires, un grupo de personas con alto patrimonio que abogan por políticas fiscales progresivas y equidad económica. “No se han realizado auditorías para cuestionar las estrategias de control. No se han emitido nuevas leyes para adaptar la regulación al nuevo contexto tecnológico y el Congreso tampoco ha tomado medidas”, añade Lord.

Mientras tanto, después de años en los que se aconsejaba a los inversores que invirtieran en los fondos indexados más baratos y sencillos posibles, el alfa fiscal representa un peligro potencial porque asemeja las estrategias de productos aparentemente de bajo riesgo como los ETF con estrategias propias de los hedge funds. Jonathan Treussard, que dirige una empresa de gestión patrimonial homónima en Newport Beach, California, advierte que los clientes pueden subestimar los riesgos del uso del apalancamiento en algunas de estas estrategias complejas para lograr una mejor optimización fiscal. “Se basan en una ingeniería financiera tan sofisticada como delicada”, afirma Treussard. “Sin duda, estos mecanismos tienen una propuesta de valor, pero suponer que es un regalo del cielo donde nada puede salir mal parece un tanto ingenuo”, añade.

Si hay una clara ganadora de esta carrera por ahorrarse hasta el último dólar en impuestos, esa es la industria financiera. Muchas de las estrategias de optimización fiscal se basan en el aplazamiento del pago, no en la evasión. Por tanto, cuando un inversor finalmente liquida su cartera, aún debe pagar los impuestos sobre las ganancias acumuladas desde que realizó sus inversiones iniciales. Por eso, las estrategias de alfa fiscal son una mina de oro para la mayoría de los gestores de fondos. Suelen retener a los clientes, quienes normalmente no pueden salir de estos programas sin pagar impuestos. Por ejemplo, para evitar una obligación tributaria inmediata, un inversor en un fondo cotizado (ETF) debe esperar siete años antes de poder retirarse. Además, para los inversores, las ventajas del aplazamiento suelen justificar cualquier coste de gestión adicional que le cobren sus asesores financieros.

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