Von der Leyen dice: no llorar sobre la leche derramada | Opinión

¿Qué hacen, además de bellos discursos, los críticos de Von der Leyen, defensores del derecho internacional y las reglas pactadas, cuando estas se han roto? ¿Qué hacen, quienes no quieren ver que las bases sobre las que se construyó la UE han saltado por los aires e, incapaces de hacer nada en la línea marcada por Letta y Draghi, somos el cordero en un mundo de lobos, donde tanto Rusia, como China, como Trump han impuesto la fuerza frente a las reglas? ¿Qué hacen, quienes, llorando sobre la leche derramada, se centran en el marketing electoral nacional, en vez de intentar gestionar una realidad que no es la que había, ni la que nos gusta, pero que es la que hay? Una nueva realidad en la que es obligatorio “preparase para lo impensable”, como dijo la directora gerente del FMI.

Afortunados los socialistas españoles porque tenemos como presidente a un “superhéroe de la paz” (ministra Redondo dixit). Ante esto, Feijóo ríndete, que no tienes nada que hacer. Que Meloni, Macron y otros líderes europeos se hayan manifestado también en contra de la guerra no importa porque el nuestro fue el primero, aun quedándose solo en lugar de intentar, antes, una posición común española y europea. Tengo que reconocer que, en un mundo donde la nostalgia de un pasado que nunca existió determina muchos comportamientos políticos de los ciudadanos, los expertos en marketing de La Moncloa han estado avispados al desempolvar con rapidez el “no a la guerra” que, de entrada, moviliza, porque nos rejuvenece 20 años y nos transporta a aquella batalla electoral que ganamos frente al “malvado” Aznar.

El problema, como decía la filósofa e histórica feminista del PSOE Amelia Valcárcel en una reciente entrevista, es que “el no a la guerra es como decir no al cáncer. El problema es qué haces si tienes cáncer o si hay guerra”. En nuestro caso, ya lo sabemos: enviar nuestra mejor fragata a la zona de conflicto, acompañando a la flota francesa. Sin duda, es lo que hacen los superhéroes: a dios rogando y con el mazo dando.

Esta entrada no me sitúa, conviene decirlo, ni a favor de la guerra, ni al lado de ese Nerón del siglo XXI que saldrá de la Casa Blanca antes y peor de lo que su ego cree. Mientras tanto, habrá dejado el mundo, de la mano de su aliado Netanyahu, lleno de muertos y destrucción, la democracia americana seriamente dañada, el orden mundial roto, Europa debilitada y China avanzando posiciones. Y crisis, crisis económicas sucesivas, que profundizarán la desigualdad internacional de riqueza, asentarán el poder de los tecnooligarcas y revertirán la lucha contra el cambio climático.

De momento, ya se ha producido una subida del precio del gas y del petróleo que, a poco que se prolongue como parece, volverá a disparar la inflación en países altamente dependientes como España, traduciéndose en pérdida de poder adquisitivo de unas familias que todavía no han recuperado el nivel de antes de la crisis de 2008 y en subida de tipos de interés, al menos en Europa, salvo que Trump imponga su política al nuevo presidente de la Reserva Federal. Y, en paralelo, incremento del gasto público en defensa, con las consiguientes repercusiones sobre la estructura productiva y, sobre todo, sobre la deuda pública.

Para un país como España, el escenario que se dibuja, de continuar la guerra en Irán, es claramente peor que el anterior: no se prevé que el PIB supere el 2% de crecimiento (2,8% en 2025), y la inflación superará el 3% (2,7% en 2025). Así dicho, no parece, ni es, una crisis grave (con las hipótesis que barajamos hoy), pero, de nuevo, lo importante es que el reparto entre grupos sociales será desigual dentro de este modelo de crecimiento que hemos llamado en forma de K, donde unos van en cohete y otros no llegan a fin de mes. Y siempre que no se materialice ese temido pinchazo de la burbuja de renovables que retraería la inversión y subiría el precio de la luz.

El Gobierno ha adelantado que, en una situación como esa, recuperará las medidas que ya puso en marcha en la anterior crisis de la inflación y que consisten, sobre todo, en subvencionar precios para todos (vía rebaja del IVA, por ejemplo) y algunas ayudas específicas para familias vulnerables en el recibo de la luz, por ejemplo. En el tercer año sin Presupuestos, esas medidas vendrán a sumarse a los compromisos ya adquiridos en incrementar el gasto en defensa (si consiguen aclarar el lío que han organizado en torno a Indra), las renovadas promesas de construir vivienda social (compromiso de 184.000 viviendas asequibles), la imperiosa necesidad de inversión en mantenimiento de infraestructuras básicas, mayor gasto en intereses de una deuda pública creciente con tipos al alza, inversiones públicas en digitalización, IA y ayudas a gigafactorías, así como todo aquello a lo que el Gobierno ha dicho que se apuntaba (financiación autonómica, revalorización de las pensiones, etc.) en un año complicado desde el punto de vista presupuestario, y con la vicepresidenta responsable haciendo campaña en Andalucía. Todo ello augura que las imprescindibles medidas para luchar contra la pobreza infantil, precariedad laboral, paro estructural y salarios que no te sacan de pobre quedarán, de nuevo, para otro momento.

Hay consenso, no obstante, entre los expertos, respecto a que nuestra economía está hoy mejor preparada para hacer frente a una eventual desaceleración. Cinco datos lo avalan: reducido endeudamiento de familias y empresas; sistema financiero más robusto y supervisado; menor dependencia de un solo sector económico; incremento del tamaño medio de nuestras empresas (las grandes, más de 250 trabajadores, emplean hoy al 43% del empleo, cuando, en 2007, solo lo hacían con el 37%) y, sobre todo, la fuerte diversificación hacia servicios no turísticos (tecnología, finanzas, consultoría, transporte de mercancías…), que representan el 7% del PIB, aportan mayor valor añadido, superan al turismo en dinamismo exportador y son más resilientes.

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