Una solución ibérica para Europa | Opinión
Europa conoce bien los estragos que provocan las crisis energéticas. Basta con echar la vista atrás cinco años para recordar qué sucede cuando la reducción en la oferta de gas dispara su precio y ese encarecimiento se traslada de inmediato a los mercados eléctricos, donde las centrales de gas siguen siendo determinantes en la fijación de precios. El aumento de los costes energéticos impulsa la inflación –también la subyacente– y acaba haciendo inevitable el endurecimiento de la política monetaria.
No queremos que la historia se repita, tampoco en materia energética. Las soluciones estructurales deberían partir de un diagnóstico claro. En el origen del encarecimiento de la energía está, por un lado, la dependencia de los combustibles fósiles y, por otro, un diseño del mercado eléctrico todavía demasiado dependiente de los mercados de corto plazo, que proyectan sobre el conjunto de las tecnologías de generación eléctrica los costes de la tecnología más cara.
Por ello, las soluciones estructurales deberían pasar por acelerar el despliegue de las inversiones en renovables, almacenamiento, redes, y electrificación, todas ellas imprescindibles para eliminar los combustibles fósiles de nuestra dieta energética. Y también deberían pasar por una apuesta más decidida por las subastas de contratos de energía a largo plazo, que permiten reducir el coste del despliegue renovable, evitando que los precios de la electricidad queden contaminados por las oscilaciones de los combustibles fósiles, al compás de los vaivenes geopolíticos. Descarbonizar no es sólo un objetivo climático: también es competitividad, y autonomía estratégica.
Pero, ¿qué hacer mientras tanto para evitar una nueva espiral de precios? España y Portugal ya mostraron el camino durante la pasada crisis energética. Cuando se trata de responder a una emergencia, las mejores políticas no son necesariamente las mejor diseñadas, sino las más eficaces. Y la solución ibérica fue eficaz porque atacó el problema donde realmente se genera: recortó de facto la sobreretribución de tecnologías como la nuclear, la hidráulica o las renovables que venden a mercado, que no consumen combustibles fósiles, pero sí se benefician de unos precios eléctricos inflados por la subida del gas y del CO2. Además, gracias a la solución ibérica, la reducción del precio de la electricidad no solo contribuyó a contener la inflación en España, sino que además tuvo efectos distributivos positivos, aliviando relativamente más a los hogares de menores ingresos. Por el contrario, intentar solucionar el shock energético sólo con gasto público o rebajas fiscales reduce los recursos del Estado y desplaza el coste hacia los contribuyentes, sin resolver el verdadero problema de fondo.
La solución ibérica también tuvo un efecto colateral: al reducir el precio de la electricidad en España, aumentó las exportaciones a Francia, elevando la generación eléctrica con gas en nuestro país y beneficiando a consumidores franceses que accedieron a una electricidad cuyo precio estaba siendo parcialmente subvencionado por los consumidores españoles.
Una solución ibérica para toda Europa evitaría subsidios cruzados entre países, reduciría la presión inflacionaria en el conjunto del continente y el riesgo de subida de tipos de interés, ayudaría a proteger la competitividad de la industria europea en un momento clave, y quitaría presión sobre el debilitamiento de las políticas climáticas como vía para reducir los costes energéticos.
Europa se enfrenta hoy a una decisión estratégica. Puede optar por respuestas nacionales que alivien temporalmente la presión de los costes energéticos, pero que fragmenten el mercado y distorsionen los intercambios de electricidad. O puede adoptar una solución común que, sin comprometer recursos públicos, evite que la electricidad se encarezca como consecuencia de una dependencia aún excesiva de los combustibles fósiles y de un diseño de mercado que amplifica sus efectos adversos sobre empresas y hogares.
Mientras dure la guerra, y mientras Europa avanza hacia la descarbonización de su economía–un objetivo que difícilmente podrá alcanzarse sin una reforma de la regulación eléctrica–, apostemos por una solución ibérica para toda Europa.
