Telefónica y su caso de destrucción de valor en Latinoamérica | Opinión

El 22 de enero pasado Telefónica Brasil superaba en valor en Bolsa al conjunto del grupo Telefónica, lo que da idea del problema de valoración y percepción de mercado con que se encuentra la que otrora fuera la enseña del empresariado español. La filial en Brasil tiene un valor bursátil de 22.200 millones de euros y el grupo no llega a 21.000 millones. Si el mercado fuera perfecto, esto querría decir que de Brasil aporta 17.100 millones a la capitalización del grupo (pose el 77% del capital de la filial brasileña) y el resto de Telefónica (España, Alemania, Reino Unido y lo poco que le queda por vender en Latam) menos de 4.000 millones de euros. Es el sorprendente retrato de una compañía que hace menos de 20 años, tenía un valor bursátil de 162.000 millones (noviembre de 2007), que la situaba cómo líder de la Bolsa española, 32 del mundo y cuarta teleco del planeta por capitalización, y hoy no está ni en el TOP 15 de la bolsa española.

Telefónica presentó esta semana los primeros resultados de la era Marc Murtra, presidente de la compañía desde el 18 de enero de 2025, que arrojan unas pérdidas de 4.138 millones de euros. Estos resultados son el inicio de la dura reconversión que el ejecutivo catalán está aplicando a la compañía a la que llegó de la mano del Gobierno (la SEPI tiene un 10% del capital), la Fundación La Caixa (10%) y Saudí Telecom (9,9%). En su primer año ha cerrado un ERE que implica la salida de 5.500 personas y está cerca de culminar la salida de la Iberoamérica de habla hispana, solo le queda la venta de México y Venezuela.

El plan que está ejecutando Murtra, salida total de Latinoamérica, con la única excepción de Brasil, y apuesta por formar parte de una de las grandes telecos que quede en Europa, es una enmienda al plan de expansión de la compañía de los últimos 30 años. Este plan arrancó en 1990, cuando la compañía estaba de hecho y derecho controlada por el Estado, con Felipe González de presidente del Estado y Cándido Velázquez-Gaztelu de la compañía, y continuó bajo los gobiernos de Aznar, Zapatero y Rajoy.

En 1990, Telefónica compró la primera empresa en Latinoamérica, concretamente en Chile. Ahí comenzó una carrera inversora en la región que continuaron los siguientes presidentes, Juan Villalonga, Cesar Alierta y José María Álvarez-Pallete, quien entró en la compañía como director financiero en 1999 y fue responsible directo de Latinoamérica una década (2002-2011). El resumen de la apuesta de Telefónica por la región es una inversión directa en empresas por importe de alrededor de 146.000 millones, de los que algo más de 40.000 millones han ido a parar a Brasil. Las cifras exactas son muy difíciles de rastrear y traerlas a los precios presentes, ya que Telefónica ha ido realizando provisiones a medida que esas inversiones iban perdiendo valor, como exige la normativa contable, de manera que solo la empresa tiene la trazabilidad real de todas las compra-ventas y es obvio que no tiene ningún incentivo para contarlo.

En todo caso, a estas alturas es evidente que la expansión de Telefónica en Latinoamérica está terminando como un caso claro de destrucción de valor para los accionistas de la compañía que seguramente se estudiará en las escuelas de negocios. Eso sí, los países la deberían recordar con aprecio, ya que la infraestructura de telecomunicaciones que disfrutan hoy se la debe en grandísima medida a los recursos y saber hacer puestos por Telefónica.

La compañía, que nació en 1925 como un monopolio público en España, realizó un despliegue único durante treinta años, que la llevó a estar presente de manera muy activa en todos los países de Latinoamérica, con las únicas excepciones de Bolivia, Paraguay y las islas del Caribe. Sin embargo, todo cambio a finales de la década pasada, cuando la competencia de pequeños operadores le hizo perder cuota de mercado y cambio el paradigma de las telecos. Latinoamérica pasó de ser el motor al lastre. Fue el propio Álvarez-Pallete quien en 2019 empieza la retirada de Latinoamérica, con el comienzo de la venta de las compañías en Centroamérica y la creación de Telefónica Hispam, una sociedad de cartera para aparcar lo que no interesaba.

En dos años (2019 y 2020), Pallete vende las compañías de El Salvador, Costa Rica, Guatemala, Panamá y Nicaragua por 2.025 millones de euros, y no avanza más porque los precios que le ofrecen le parecen de derribo y eso duele más cuando has sido el comprador y constructor de esas franquicias. Quizás por eso la llegada de Murtra ha acelerado las ventas, ya que para él no media componente emocional. El caso es que en su primer año se ha desprendido de Argentina, Chile, Uruguay, Colombia, Ecuador y Perú por 3.254 millones, importe que suena a regalo comparado con los precios de Centroamérica, países muy pequeños en tamaño de población y PIB. Ingresar 5.279 millones por el negocio de once países parece realmente ridículo, pero es lo que hay y está muy lejos de las inversiones que ha realizado. Solamente la entrada en Colombia en 2006 le costó casi 2.500 millones de euros, de donde se va ahora por unos pírricos 182 millones.

Con frecuencia se argumenta que la caída de Telefónica en resultados y en Bolsa es una cuestión meramente sectorial, cuando no es del todo cierto. En Europa hay un ejemplo muy diferente, pese a que el origen es parecido, de un monopolio estatal. Se trata de Deutsche Telekom, que en cinco años ha subido en Bolsa un 125%, mientras que Telefónica sigue plana en 3,6 euros. ¿Dónde está la diferencia? En las apuestas estratégicas: Telefónica apostó por Latinoamérica y Deutsche Telekom por Estados Unidos. Por tanto, el devenir no es un accidente, es una elección. Y la nueva apuesta de Telefónica es Europa.

El deterioro de Telefónica va más allá de su balance y cuenta de resultados, como queda evidenciado el hecho inaudito de que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, haya publicado un tuit insultante para la compañía, pese a que su gestión ha estado comandada por hombres puestos por el PP desde 1996 a 2024, el mayor periodo de expansión. Las críticas de Ayuso reflejan su conocido frenesí verbal y falta de sentido institucional, pero también la pérdida de peso e influencia de la que fue gran empresa de España.

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