Quim Salarich sobrevive con nota en el eslalon que hace de oro al suizo Loic Meillard | Deportes

Actúan las tinieblas y el sol en la misma mañana en el cambiante Stelvio, donde el eslalon castiga el brillo de Lucas Pinehiro, icono pansexual de los Juegos, y premia la solidez aburrida de Loic Meillard, el suizo que tras la plata en la combinada por equipos y el bronce en el gigante se cuelga el oro. Es el tercero para el país helvético en el esquí alpino, donde al dios caído Marco Odermatt le suceden rápido Franjo von Allmen (descenso y superG) y Meillard. Francia descubre sobresaltada que todos los días no es Navidad (su campeón olímpico en Pekín, Noël Clement, hizo un buen caballito en la segunda manga y ahí se quedó), y España se convence de que quizás no vuelva a nacer un Paquito Fernández Ochoa, pero que Quim Salarich (19º: finalmente, a los 31 años y en sus terceros Juegos, el esquiador de La Molina termina un eslalon olímpico) puede pelear muy dignamente con los mejores. Saliendo con el dorsal 33, el abanderado del equipo español en el desfile inaugural terminó 21º en el primer recorrido, y en el segundo no llegó a perder ni un segundo (98 centésimas exactamente) con los dos mejores: Meillard y el medallista de plata, el austriaco Fabio Gstrein. Los hombres españoles se acercan un poco al listón tan alto fijado por las esquiadoras alpinas, Blanca Fernández Ochoa, María José Rienda, Carolina Ruiz…

Todos los que superaron la primera parte, menos de la mitad de los que la disputaron, adquirieron el derecho a sentirse supervivientes, casi héroes. Así se portó el Stelvio sobre Bormio.

Allí donde Alberto Tomba bailaba, los mortales caen. Nieva en el Stelvio a las 10 de la mañana y una nube envuelve la ladera baja. Sobre la capa dura de las nevadas de otros días la nieve fresca ha creado una película que se mezcla. En la bruma, la luz es plana, no se ve el terreno, solo los palos flexibles que a veces se tragan, azul, rojo, azul, rojo. El esquiador pierde la sensación de control, de saber por qué terreno se desliza. El agarre de los esquís, explica el director deportivo español, Olmo Hernán, es inestable, cambiante. “Ello dificulta muchísimo el equilibrio porque los deportistas pierden mucha confianza”, dice, y no valen los dedos de la mano y de los pies de dos personas para contar cuántos de los mejores esquiadores del mundo se han caído o se han saltado una puerta en la primera manga del eslalon. “No recuerdo ninguna Copa del Mundo con tantos DNF (did not finish, no terminó)”.

A 1.432 metros de altitud, por el portillón de salida, partieron 95; solo 44 (un 46%, menos de la mitad) cruzaron la meta 203 metros más abajo, después de zigzaguear, una banana para romper el ritmo, un triple para mover las caderas, un doble, alrededor de 72 puertas. Se queda a mitad el vibrante brasileño Lucas Pinheiro, el ganador fantástico del gigante en la misma ladera, unos metros más arriba, y también más favoritos: el francés Paco Rassat o el trentino Alex Vinatzer, hijo de escalador dolomítico, el hombre del terreno. Aunque a veces pierde el apoyo, le vibra un poco el pie exterior y sufre algún problema de agarre, como todos, sobrevive, o más, tan bien lo hace, prudente –pasa el 21º, con los más importantes, a la segunda manga–, el catalán Quim Salarich, que no teme a la niebla (es de Vic, la tierra de la boira), ni se pierde en sus tinieblas, y después de Adur Etxezarreta, 17º en el descenso de Pekín 22, es el segundo español que lo consigue desde los tiempos en los que Paquito Fernández Ochoa, el oro de Sapporo en el 72, dominaba el mundo.

Más de tres horas después, sobre la nieve brilla el sol, despedida la nube. Los 72 palos tienen otra disposición, plantados, por sorteo, por el técnico francés Romain Velez, que conoce las características de los suyos, de Noël, los trazados que mejor le van, pero lamenta, ¡ay, Stelvio, que buen eres para los descensos verticales y diabólicos, qué complicado para el eslalon, no es lo tuyo! El lamento se hace llanto cuando Noël, su esperanza, cabalga sobre un bastón nada más comenzar, en la parte más técnica, y las lágrimas encuentran eco en el campamento noruego cuando el último que sale, su Atle Lie McGrath, el primero en la primera manga, también se traga una puerta nada más comenzar. Lo tenía todo para ganar: salía con más de medio segundo de ventaja sobre Meillard, sabía esquiar (este invierno ha ganado dos Copas del Mundo, y hace un año fue subcampeón del mundo: tiene 25 años, es la juventud que llega). El error le golpeó como a nadie. Agarró los bastones y los lanzó lejos, por encima de la red que delimita el recorrido, y luego se tumbó sobre la nieve, solo, alejado de todos. Un sueño desvanecido en dos segundos.

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