Que alguien desordene esto | Fútbol | Deportes

La inteligencia estadística amenaza con empujar al fútbol hacia una versión más burocrática, donde lo previsible gane terreno y lo diferente sea reducido a la mínima expresión. No lo tendrá fácil.
La Champions nos lo recordó esta semana. Hemos visto partidos intensos, entre equipos solidarios y con un alto grado de organización. Pero cuando el Real Madrid parecía al borde del colapso, la esperanza no residía en el sistema, sino en Vinicius atacando defensores o en Mbappé atacando espacios. Ahí, en esa excelencia, ponía su fe el madridismo.
Algo parecido ocurría con el Bayern de Múnich. Una orquesta afinada, una maquinaria precisa, pero que alcanzaba otra dimensión cuando el balón le llegaba a Olise. Entonces, la amenaza se convertía en terror. Qué sofisticación la del fútbol colectivo bien ejecutado. Pero qué hechizo el de los individuos capaces de romperlo todo.
Diego Maradona fue la encarnación máxima de esa diferencia. Era fascinante, una especie de estrella del rock que emergía por encima de la obra colectiva para embellecerla y elevarla. De él lo sabemos todo: su genio, su magnetismo, su caída. Fue imposible acompañarlo hasta cualquiera de sus dos destinos: ni allá arriba ni allá abajo era alcanzable. Tenía la energía de un titán y, como los titanes, no tenía límites, de modo que terminó siendo vencido por él mismo.
No se trata de encender el fuego frotando dos palos, sino de reconocer que el fútbol, incluso en su era más analítica, sigue necesitando el impulso esencial de individuos especiales. Como ocurría con Maradona, ocurre ahora con Lamine Yamal.
En el Barcelona-Atlético, primero fue Julián quién hizo la revolución con un tiro libre al alcance de pocos. Luego tocó examinar a Lamine. Y asomó sobre la frustración de su equipo con su aura de dominio, reclamando el balón, erigiéndose en protagonista, chocando contra una pared, pero insistiendo una y otra vez. Es en esa porfía donde se rebela el orgullo competitivo de los genios, un inconformismo, incluso una vergüenza, que los empuja a hacerse cargo del partido. Como si dependiera más de ellos que del equipo. Es heroico que ese peso lo asuma un chico de 18 años en un estadio tensionado por la adversidad.
“No hay arte sin obsesión”, escribió Cesare Pavese. En Lamine queda demostrado. Su fútbol tiene algo de ingenuidad luminosa. Lo hace con la perfección de un pensamiento convertido en obra, como si su pie resolviera con la precisión de una mano.
Los diferentes lo son porque liberan el instinto, que no es otra cosa que pensamiento con prisa. Las soluciones instintivas son veloces, originales, irrepetibles. Hay una belleza casi animal en cada intento, que reconcilia con la esencia de este juego. El libreto del entrenador lo respeta con disciplina. Pero lo que le entrega a la afición es un fútbol enriquecido por su inspiración y habilidad. La disciplina sostiene, la inspiración eleva. Vuela.
Como todo grande de la historia, Lamine empieza a interpretar a las multitudes. Pero hay rituales que aún maneja con cierta inmadurez. Frente al Atlético, en Liga, cuando Robert Lewandowski marcó un gol decisivo, él permaneció distante, atrapado en un enfado menor. Son gestos que delatan una falta de proporción comprensible, pero no irrelevante. Un gol de esa importancia, consagratorio para todo el equipo, no puede ser condicionado por distracciones emocionales.
Aún está aprendiendo a convivir con su descomunal talento y con su fama planetaria. Pero es precisamente esa condición, tan inmadura como extraordinaria, la que le convierte en imprescindible.
Porque el fútbol, por mucho que avance hacia el control, necesita como nunca a los que rompen el guion. Para recordarnos que solo lo impredecible vencerá el aburrimiento.
