No solo Mondo Duplantis ilumina el atletismo, también resplandece Keely Hodgkinson | Deportes

En un Mundial de tres días cada jornada se mezclan resacas e impaciencias, y los domingos se junta todo en marasmo. Es domingo de resaca y podio de campeones. “Nuestro negocio es el entretenimiento”, jura Sebastian Coe, presidente de una federación de atletismo que ha vendido su alma y promete hacer ricos a sus deportistas. Premiará con 150.000 dólares a cada uno de los ganadores en una nueva competición, el Ultimate Championship (en septiembre, junto al Danubio de Budapest) y pagará una cantidad no declarada a Mondo Duplantis, pertiguista y músico, por componer su himno. Duplantis, nadie como él en la historia del atletismo, es la estrella del espectáculo, pero aún tiene alma (y afán, sigue batiendo récords y ganando mundiales) y expresa más elegantemente el compromiso. “La música y el deporte son los elementos culturales que más unen a la gente de todo el mundo”, dice el sueco, convertido en la mascota siempre sonriente del atletismo, siempre disponible, pese a que le duela todo el cuerpo después de la batalla sobre 6,25m con su amigo griego Manolo Karalis en la pista en la que batió hace seis años el primero de sus 15 récords del mundo (6,17m). “Y ambos son mi pasión, aunque mis padres me digan que pierdo mucho tiempo con la música”. Su mánager, el sueco Daniel Wessfeldt, relativiza: “La música es su terapia”.
En el firmamento del atletismo caben millones de estrellas, de más o menos esplendor, y constelaciones, y entre ellas brillan radiantes atletas españoles, que disfrutan compitiendo, luciendo su talento, la elegancia de sus movimientos, la perfección de sus gestos técnicos, un regalo para la vista que hace las paces, gracias a la belleza fulgurante, con un mundo horroroso, y a veces hasta ganan y la emoción se multiplica.
Sol en la calle, leds en el pabellón, sin sombras, Anna Hall hiperactiva salta a la comba, largas piernas, agilidad de boxeador, mariposas bailarinas rítmicas en los pies calzados verde flúor, y calcetincitos. Compite en el pentatlón (vallas, altura, peso, longitud y 800 metros), y pelea duro con la neerlandesa Sofie Dokter por el oro, y pierde, como lo hace para ganarle por cinco centímetros el salto de longitud a Larissa Iapichino (6,92m frente a 6,87m), sin perder la frialdad hierática de escultura de mármol, la portuguesa de Santo Tomé Agate de Sousa, alumna del entrenador José Barros, que aprendió el atletismo del sentimental soviético Roberto Zotko, melancólico como un fado en un chupito de vodka. Ni una exclamación, ni una horquilla se le mueve en el moñito. “No soy fría”, se revuelve después de bajar del podio. “Solo tímida. Tengo que acostumbrarme a estos ambientes”. Y hasta las moles de los lanzadores de peso, tan veloces y coordinados sus giros que lanzan bolas de más de siete kilos a más de 20 metros, componen un ballet sin más música que sus gritos.
En el podio de plata Yulimar Rojas muestra a las cámaras un mensaje escrito a Bic azul en la parte de atrás de su dorsal. “No eres lo que te pasó. Eres lo que decidiste hacer después. Y eso lo cambia todo”, se lee, y después la firma de la gran triplista que aún no se ha recuperado del todo de la rotura del tendón de Aquiles hace dos años y aprovecha para aprender inglés: “The Queen has spoken”. “La reina soy yo, por supuesto”, dice la estrella venezolana exuberante. “Ya lo veréis este verano”. Y Quique Llopis, tan sereno hasta en el podio de su primera medalla mundial, también promete un verano de brillos, chispas y dinamita. “Claro que pienso en correr en menos de 13s los 110m vallas”, dice, sin sombra de fanfarronería el gigante de Bellreguard. Si he hecho 7,42s en los 60m, es lo que valen”.
Cuando se mete el sol, nace Keely Hodgkinson, de 24 años, la estrella más brillante de la competición de Torun, y hasta le roba esplendor a Mondo, ya más actor que se debe a sus patrocinadores que competidor. Son las 19.53, tan pronto anochece en el Este. La pista está caliente, preparada, activa, como si aún resonara en ella el eco de los pasos de la masterclass 70 minutos antes de Mariano García, que, forjado en las tierras sedientas de Murcia, Balsa Pintada y alrededores, ha corrido los 1.500m como solo lo saben hacer los atletas neozelandeses y australianos endurecidos en las dunas de sus playas, o los escandinavos que crecieron en los bosques de Volodalen o en los fiordos noruegos. Si el chaval de Cuevas de Reyllo hace un frontrunner progresivo a lo Ingebrigtsen bien podría afirmarse que Hodgkinson, inglesa de Manchester, gana los 800m a lo Mariano, carrera en cabeza, la extraordinaria suiza Audrey Werro, largas piernas, paso corto, siguiéndola de lejos (y eso que batió el récord helvético con 1m 56,64s), y un plus, una marca extraordinaria. Pasó los 200m en 27,26s, los 400m en 56,95s y los 600m en 86,46s antes de cruzar la meta en 1m 55,30s, un tiempo que solo ha sido superado una vez en pista cubierta en toda la historia, y fue la propia Hodgkinson la que lo hizo, hace un mes, cuando estableció el récord mundial de 1m 54,87s en Liévin.
Tres cuartos de hora después, sin tiempo ni para ducharse ni, casi, para lavar el lactato de su sangre, la inglesa volvió a la pista para hacerle los coros a las golden bubbles de su admiradora complutense Rocío Arroyo, cuerpo de 400m, alma de 800m, uñas naranjas, y gotita roja, en la manicura del barrio, en el 4×400. Su Reino Unido, quinto, siempre estuvo lejos de la España que ganó el bronce, pero no fue por culpa de la fabulosa mediofondista rubia, que en la cuarta posta británica logró la mejor marca de las 24 atletas que corrieron, 50,10s, una marca que, aún corregida por haber salido en carrera, le habría dado el oro en una prueba individual de 400m que ganó la checa Lurdes Manuel con 50,76s. “Han pasado muchas cosas en la última hora; todo me parece un poco borroso”, dijo. “Se siente una tan, tan bien por poder correr y ganar… Acabo de correr un 400m en 50 segundos en el relevo y, la verdad, estoy muy impresionada conmigo misma por eso”.
Pasada la primavera recién llegada, en el verano llega el aire libre, el Europeo de Birmingham, y desde la oscura ya Polonia todos los atletas hablan de la luz, como Moha Attaoui de bronce, un atleta que no necesita dominar la prueba como lo hizo Mariano García, sino que espera, reacciona y ataca, y quiere ya por fin salir de la sombra en la que le sumió el fenómeno adolescente Cooper Lutkenhaus, 17 años y tres meses, que corrió a lo murciano, tan maduro compitiendo ya, ganó los 800m, y ya se afirmó en el firmamento estelar. El cántabro piensa ya en levantar los brazos en Birmingham, y Hodgkinson en lo mismo, y en algo más, incluso en batir el récord mundial anabólico e imposible de los 800m al aire libre, 1m 53,28s de la checa Jarmila Kratochvilova.
Coe piensa en el show business, el that’s entertainment de Hollywood en una pista de tartán, y en los Juegos de Los Ángeles; los atletas, Hodgkinson, también Anna Hall, Mondo, Mariano García, Yulimar, Attaoui…, su alma, en volver a la inocencia, a competir por el gusto de correr, por el placer de ganar, y hasta de perder, como jugadores de cartas.
