Marc Márquez, la expresión más perfecta del ‘carpe diem’ | Motociclismo | Deportes

No acierta a hablar sin romperse. “Hoy estoy en paz”, dice. El deporte le celebra. Aplaude la gesta de un piloto que vuelve a ganar cinco años y cuatro operaciones después, que ha conseguido lo impensable, lo inaudito. Él solo puede pensar que sí, que valió la pena. Que podrá descansar en paz.
Marc Márquez, culé de cuna, decía hace pocos días que no recordaba cuántos balones tiene Leo Messi, pero sí sabe “lo que ha significado para el fútbol”. Él aspira a trascender, pero su deseo nunca fue ser eterno, sino disfrutar mientras el cuerpo aguantara. El carpe diem define sus carreras, sus triunfos y, también, sus mayores errores. El cuerpo le aguantó unos años. Y le dio un aviso cuando estaba en la cúspide de su carrera. Cuando nadie podía hacerle sombra ni rebatirle en la pista. La sombra se la acabó haciendo él mismo. Exceso de confianza, una caída, una fractura, una operación y un regreso apresurado. Cuando uno se siente un superman tomar la decisión correcta no siempre es fácil. Menos si a tu alrededor también te ven como un superhéroe, tan incapaz de hacerte demasiado daño como capaz de volver a volar acortando los plazos de recuperación hasta lo imposible.
Y como, efectivamente, fue imposible, no pudo volar más durante un tiempo. Y aquella mala decisión —auspiciada por los médicos y por el entorno— le pesó más que cualquier otra. El resto es historia. Hasta hoy, en que la Historia —con mayúscula, sí— se inclina ante un deportista excelso que ha sumado a su magia y su técnica la tozudez y el aplomo que solo aglutinan unos pocos. Porque para resistir cuatro años de operaciones y más lesiones, de no levantar cabeza, de crisis deportiva, de pérdida de confianza, de sentirse solo en aquella cúspide, hay que ser de una pasta especial. Márquez no solo resistió. Maduró. Y aprendió a tomar sus propias decisiones. Y a jugársela. Y prefirió perder una cantidad insana de dinero de un contrato que tenía firmado y aseguraba su jubilación por competir en un equipo privado, con una moto de segunda —de la mejor fábrica, sí, pero sin apoyo oficial, ni actualizaciones, ni los recursos que tenían muchos de sus rivales— para volver a sentirse piloto.
Márquez, talento a borbotones, solo necesitó un año para recuperar la confianza perdida. Para volver a sacar los chascarrillos ante los micrófonos y los bailes en el podio. Recuperar aquella sonrisa era solo un aviso de lo que se nos venía encima. Arrasar en una temporada como lo ha hecho el piloto español este año tiene tanto de valeroso como de insano.
Los pilotos, especialmente los pilotos como él, tienen un punto de locura. De no pensar demasiado encima de la moto. Para subirse a ese caballo siendo consciente de lo que implica ponerse a 360 Kilómetros por hora —366,1 km/h en la recta del circuito de Mugello, en Italia, para ser más exactos—, con el recuerdo de los accidentes sufridos, el hormigueo de las cicatrices que recorren el cuerpo, o la memoria las vidas que se han perdido en el asfalto, hay que dejar de lado la cordura. Ni que sea por unos minutos. Mientras uno rueda una y otra vez por una pista sinuosa, con curvas, subidas, bajadas, zonas peraltadas y cambios de rasante. Y esa locura nos ha devuelto este año al mejor Márquez. Capaz, por la combinación de una magnífica técnica —casi tan buena a sus 32 años como la tenía a los 22— y por la gestión de las carreras —más acertada hoy que entonces, de algo deben servir las cicatrices—, de ponerse la corona de flores cuando todavía quedan cinco carreras para el final de la temporada.
Ya cuenta, por cierto, nueve títulos mundiales, tantos como Valentino Rossi.
