La ruptura del sistema económico internacional | Negocios

La desconfianza es muy costosa. El mecanismo de mercado, en su dimensión mas pura, implica que siempre habrá un precio al que se puedan realizar transacciones, con la confianza de que no habrá restricciones de cantidades. Esta ha sido la base del proceso de apertura económica, la llamada globalización, de los últimos cuarenta años. El comercio se basa en la confianza de beneficiarse del mecanismo de la ventaja comparativa por el cual cada uno se especializa en lo que hace relativamente mejor, y todos salimos ganando.
Hasta que empiezas a desconfiar de que lo que producen los otros estará disponible cuando lo necesites. Y, a partir de ahí, se produce, primero gradualmente y luego de repente, la ruptura del sistema.
Esta desconfianza puede derivarse del impacto de shocks externos. El primer punto de inflexión tuvo lugar cuando los mercados financieros se griparon en 2007. A raíz del reventón de la burbuja inmobiliaria estadounidense —y la de varios países europeos, como España— y de la crisis del euro, la confianza de que siempre habría financiación disponible, al precio que fuera, dejo de existir para algunos sectores del mercado y para algunos países. Los bancos centrales tuvieron que ocupar ese espacio para dar liquidez y corregir las discontinuidades. Desde entonces, nada ha sido igual: la financiación interbancaria sin colateral ha prácticamente desaparecido —ya nadie se fía de nadie—, los bancos centrales se han instalado en un papel de intermediación permanente, y los países que sufrieron la crisis del euro han aumentado su ahorro. Otro punto de inflexión fue el terremoto de Fukushima, que dejo durante un tiempo sin componentes críticos a la industria automovilística mundial y sirvió para poner en evidencia que tener unas cadenas de suministro largas —depender de un solo proveedor a larga distancia— podía ser más eficiente pero no robusto frente a shocks inesperados. Desde entonces, las cadenas de suministro se han acortado y las redundancias han aumentado.
La desconfianza también puede surgir a raíz de decisiones de política económica. Cuando China, allá por 2010, racionó las exportaciones de tierras raras a Japón tras un conflicto por las disputadas islas Senkaku —o Diayou en chino—, fue una primera llamada de atención sobre un proceso instrumentalización —weaponization, en inglés— de las interdependencias económicas que no ha hecho mas que crecer. El uso creciente de las sanciones financieras por parte de EE UU ha supuesto una instrumentalización del dólar que ha generado un proceso de diversificación de canales de pago, con países como Rusia, China o Brasil desarrollando sus canales independientes. El papel fundamental de internet en la infraestructura económica e informativa mundial ha llevado a una segmentación de internet entre occidente y China para evitar su instrumentalización estratégica. El uso agresivo de los aranceles durante la reciente guerra comercial ha supuesto una instrumentalización del comercio internacional que ha vaciado del contenido el sistema de reglas de la Organización Mundial del Comercio y los tratados comerciales. El uso agresivo de los controles de exportación de las tierras raras por parte de China, y de los microchips por parte de EE UU, ha puesto en jaque partes clave de los procesos manufactureros mundiales. Las dudas sobre el sistema de alianzas militares, dentro y fuera de la OTAN, han abierto un debate sobre las estrategias de defensa y la proliferación nuclear. El control iraní del paso por el estrecho de Ormuz ha sido un recordatorio de la fragilidad del comercio de materias primas —y de la necesidad de asegurar el suministro de energía— a nivel mundial.
El efecto acumulado de todos estos eventos puede erosionar también el papel del dólar como moneda de reserva y ancla del sistema. La costumbre de denominar el precio del petróleo en dólares se deriva de que, cuando los precios del petróleo se dispararon en 1974, EE UU llegó a un acuerdo con Arabia Saudí para que reciclara los beneficios del petróleo en compras de bonos del Tesoro americano y así contribuyera a financiar el creciente déficit fiscal estadounidense. Pero a medida que el dólar se depreciaba, el acuerdo era cada menos beneficioso para los productores de petróleo, y en 1975 la OPEC decidió cambiar de estrategia y denominar el petróleo en una cesta de monedas. El Tesoro americano reaccionó con rapidez ante lo que hubiera supuesto una pérdida de la supremacía del dólar como moneda de reserva y ofreció a Arabia Saudí un aumento de sus derechos de voto en el FMI a cambio de mantener el precio del petróleo en dólares.
La ruptura del sistema puede estar poniendo en riesgo el atractivo del dólar, como se ha visto en el rápido aumento de la demanda de oro como activo de reserva, o amplificando el creciente uso del renminbi como instrumento de pago —y por tanto de ahorro— en la zona de influencia china. La estrategia iraní de requerir el pago del petróleo con yuanes en lugar de dólares como condición para transitar por Ormuz puede suponer un punto de inflexión.
Si se deteriora la confianza solo hay dos opciones: un retorno gradual hacia una relativa autarquía, donde cada país sea autosuficiente en sectores críticos, con un alto coste para el crecimiento económico; o crear un sistema de coaliciones para reconstruir la confianza. Ese es el panorama al que se enfrenta la economía mundial.
En este rediseño del tablero de alianzas los países, o las regiones, que produzcan materiales críticos, ofrezcan más garantías, y tengan capacidad de financiación para invertir en los sectores estratégicos, saldrán beneficiados. Europa, con un sistema de reglas transparente y creíble, podría beneficiarse de este rediseño si ofrece lo que demanda el resto del mundo: un mercado único, tanto de bienes como de capitales, sin barreras internas y con un sistema regulatorio eficiente; y un activo seguro —eurobonos— donde los países puedan invertir sus reservas. También debería contemplar imponer el euro como moneda de transacción en los acuerdos comerciales, siguiendo el modelo de los petrodólares —y, ahora, los petroyuanes—. El euro no será una moneda de reserva global —y no se beneficiará de sus ventajas— si no es necesario, como lo son el dólar y el yuan, como medio de pago para acceder a su mercado o para comprar activos estratégicos.
La ruptura del sistema va a dictar las nuevas alianzas que gobernarán la economía de las próximas décadas: la inercia determina que una vez que se reordene el tablero será difícil modificarlo. Europa no se puede permitir atascarse en rencillas internas o en procesos burocráticos —no, no puede esperar hasta el próximo presupuesto europeo de 2028—. Para entonces ya habrán pasado las oportunidades o, lo que es peor, cada país europeo habrá ido por su cuenta, consolidando las divergencias internas y la pequeñez de cada país. El momento de crear más Europa para conseguir la autonomía estratégica es ahora.
