La inflación se mantiene en el 2,3% en febrero, a la espera de una gran revisión en marzo | Economía

La inflación se mantuvo estable en febrero en el 2,3% interanual, según ha confirmado este viernes el Instituto Nacional de Estadística (INE), que ratifica así el dato adelantado a finales del mes pasado. El índice de precios al consumo (IPC) repite la tasa registrada en enero y consolida, al menos sobre el papel, una fase de relativa estabilidad tras las oscilaciones registradas a lo largo de 2025. Sin embargo, la lectura de este dato llega ya condicionada por la guerra que ha estallado en Oriente Próximo. El ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, y el consiguiente repunte de los precios energéticos, amenazan con alterar rápidamente el panorama inflacionario. Distintos analistas advierten de que las cifras de febrero ofrecen una fotografía de una economía previa al nuevo shock energético y que, por tanto, podrían quedar pronto desfasadas.

En febrero, la moderación de los precios se debió, fundamentalmente, a la caída del precio de la electricidad, que compensó el encarecimiento de algunos servicios vinculados al consumo cotidiano, como la restauración, así como al alza de determinados alimentos. Este equilibrio entre fuerzas contrapuestas permitió que el índice general permaneciera prácticamente sin cambios. La inflación subyacente —que excluye energía y alimentos no elaborados por su mayor volatilidad— también se mantuvo en febrero en el 2,7%, una décima por encima del registro de enero. Este indicador, que suele utilizarse para medir la tendencia estructural de los precios, refleja la persistencia de ciertas tensiones en los costes de servicios y bienes más ligados al ciclo económico.

El comportamiento del IPC en el segundo mes del año refleja el equilibrio entre presiones contrapuestas. Por un lado, los precios energéticos ejercieron un efecto a la baja, en especial la electricidad, cuya evolución amortiguó el impacto de otros componentes más ligados a la demanda interna. Por el otro, el encarecimiento de la restauración ―que registró un incremento interanual del 4,8%― y de algunos productos alimentarios ―el grupo en conjunto repuntó un 3,2%― empujó al alza el índice general, aunque sin suficiente intensidad para alterar la tasa global.

La variación más drástica se observa en la recogida de basuras, con un alza del 28,6% que coincide con la entrada en vigor del nuevo sistema de tasas que obliga a los contribuyentes a cubrir el coste real de la retirada y posterior gestión de los residuos. Le siguen la joyería y relojes de pulsera, que escalaron un 27,5% debido a la revalorización del oro. El sector del transporte también se ha encarecido, en particular el tren, con un repunte de casi el 14% respecto a hace un año.

En lo que respecta a la cesta de la compra, el componente que más ha subido respecto a febrero del año pasado es el café y sus sucedáneos, con un encarecimiento del 8,3%. Le siguen los productos lácteos y huevos (6%), las frutas (5,9%) y la carne (5,4%). En el extremo opuesto, los aceites y grasas han experimentado una notable corrección, cayendo un 13,1% respecto a 2025. Si se mira más a detalle, se observa que los huevos han sido el producto que más se ha encarecido, con un incremento interanual del 30%. Por contra, el aceite de oliva se ha abaratado casi un 17%.

El impacto de la guerra

Aunque el índice de precios se mantuvo en línea con el objetivo del Banco Central Europeo, desde el Ministerio de Economía han evitado presentar la cifra como una señal concluyente de estabilización inflacionaria. La cautela responde al cambio de escenario provocado por la guerra en Oriente Próximo y el repunte de los precios energéticos que ya se está trasladando a los mercados internacionales, con el Brent por encima de los 100 dólares. El golpe a los precios es tan previsible que el Gobierno ha avanzado esta semana un paquete de medidas fiscales dirigidas al campo y el transporte, a fin de contrarrestar los efectos nocivos de la crisis bélica.

La prudencia institucional coincide con la lectura que hacen buena parte de los analistas. Para ellos, la aparente estabilidad reflejada en los datos de febrero corresponde a una economía anterior al actual shock energético. La atención del mercado se ha desplazado así hacia el comportamiento de los precios en marzo, mes en el que se podrá percibir con claridad el impacto del conflicto en Oriente Próximo. Miguel Cardoso, economista jefe de BBVA Research, considera que la previsión provisional del 3,1% para ese mes se ha convertido en un “suelo” tras el fuerte encarecimiento de los carburantes registrado en las últimas semanas.

Según explica, el repunte de los combustibles tendrá un impacto inmediato en el IPC, debido al peso que tienen en la cesta de consumo. Otros efectos derivados del encarecimiento energético podrían tardar más en trasladarse al consumidor final. Entre ellos figuran el precio de la electricidad o el coste de los alimentos, especialmente aquellos más dependientes del uso intensivo de fertilizantes, cuyo precio está estrechamente ligado a los mercados energéticos.

Una visión similar mantienen el economista jefe para Europa de Oxford Economics, Ángel Talavera, y Raymond Torres, director de Coyuntura de Funcas, quien advierte de que el encarecimiento energético ya empieza a filtrarse al conjunto del tejido económico. Torres señala especialmente la evolución de los alimentos frescos, que partían de tasas superiores al 6% y que, según sus estimaciones, podrían superar el 7% interanual durante marzo. “Esto nos llevaría a una inflación por encima del 3% en marzo, posiblemente entre el 3% y el 3,5%”, apunta el economista.

Más allá del posible repunte puntual, la cuestión clave para los economistas es la persistencia de la inflación. Torres subraya que el tejido económico es hoy mucho más sensible a los movimientos de precios que hace cuatro años, cuando el estallido de la guerra en Ucrania coincidió con la reapertura de las economías tras la pandemia y con una fuerte desorganización de las cadenas globales de suministro.

Europa se enfrenta, a su juicio, a una economía más debilitada. Y aunque España mantiene un crecimiento relativamente sólido en comparación con sus socios comunitarios, los indicadores comienzan a mostrar cierta moderación. Ese enfriamiento del consumo podría actuar como un freno natural para la inflación subyacente, evitando por ahora un impacto estructural más profundo a través de los llamados efectos de segunda ronda, es decir, el traslado generalizado de los aumentos de costes a salarios y precios, alimentando una espiral.

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